Opinión

Catarsis

   
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economía

La economía sigue dando señales muy mezcladas. Por un lado, las ventas al menudeo siguen aumentando, y en el caso de los automóviles alcanzan 20 por ciento de crecimiento. Por otro, el indicador adelantado que publica el Inegi parecería apuntar a una recesión. Los consumidores creen que las cosas van a estar mal en el país, pero bien para ellos en los próximos 12 meses, y los empresarios afirman que este momento no es el ideal para invertir, aunque perciben que sus empresas estarán mejor en el año.

El mal ánimo en la economía parece concentrarse en un puñado de asuntos. Primero, desde octubre de 2013, la reforma fiscal, que muchos siguen insistiendo en que desincentiva la actividad económica, aunque no queda muy claro por qué. Indudablemente el invento del impuesto especial por las calorías de los alimentos es una tontería, y el incremento en derechos para la minería no fue nada adecuado, especialmente en el entorno de caída de precios de metales. Pero más allá de esto, no hubo nada que implicara impactos serios, salvo la mayor vigilancia y la posibilidad de cuadrar cifras con bancos y tarjetas de crédito, gracias en parte a la reforma financiera y a la implementación de la ley contra lavado de dinero. Pero eso sólo significa que se obligará a pagar a quien debía hacerlo desde hace décadas. A lo mejor eso es lo que molesta.

El otro elemento que afecta las expectativas es la mayor “movilidad social”, como le dicen en los círculos de vigilancia. Más manifestaciones, muchas de ellas violentas, y cruces con el crimen organizado que han tenido como mayor drama el asesinato de estudiantes normalistas en Iguala. Y a partir de octubre del año pasado, una gran caída en el ánimo nacional.

De origen plenamente económico, la caída en el precio del petróleo y el debilitamiento del peso, ambos eventos asociados al reposicionamiento de Estados Unidos en la economía mundial, y por lo mismo ajenos a nuestras decisiones, pero igual pegan, y más cuando todavía hay muchos que recuerdan los años setenta y ochenta, cuando esas dos variables, precio del crudo y dólar, determinaban nuestra vida. Ya no es así, pero las percepciones cambian a diferente ritmo.

Finalmente, y no menos importante, el alud de propiedades de miembros del gabinete federal, o incluso de la familia presidencial, cuyo origen es, por decirlo suavemente, dudoso. Aunque no es la primera vez que eso ocurre, sí es la primera en que se discute durante el mismo sexenio. El impacto ha sido de lo más prometedor, puesto que eso permitió obligar al gobierno a aceptar nuevas leyes que verdaderamente tienen dientes contra la corrupción. Como siempre, sus efectos van a tardar, pero el sólo hecho de promulgar esta regulación es histórico.

En este entorno de sufrimiento, que no es sino resultado de un cambio en verdad profundo de nuestras relaciones sociales, las elecciones no han provocado mayor interés. Si acaso, temas como anular el voto, expulsar a un partido político, o demostrar que el contrincante es más ratero que uno, han sido las constantes. Podía uno quejarse de que no estemos aprovechando la oportunidad para discutir los grandes problemas nacionales, pero sería una queja inútil y absurda. Inútil porque esos grandes problemas no se resuelven simplemente con elecciones. Absurda, porque es precisamente resultado de las decisiones acerca de los grandes problemas que el sufrimiento ha crecido. Y también es por eso que hay tantos enojados, desde muy grandes empresarios a los criminales disfrazados de maestros. Creo que antes le decían catarsis a esto.

Twitter: @macariomx

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