Opinión

Carta a José Luis Cuevas, donde quiera que estés

 
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José Luis Cuevas

Seguramente estás muy contento, en nueve diarios apareciste en primera plana, front page, como lo hubieras dicho en medio de algarazos y bueno, muchos comentarios en noticiarios de radio y tv, incluso de gente que ni sabía quién eras. No importa, estarás feliz.

Fotos aquí y allá, sobre todo de cuando eras el Gato Macho, el más galán del universo. Aunque te parezca increíble o grotesco, tus cenizas fueron a parar a Bellas Artes. No, no te burles, te juro que es cierto. Ahí está muy cerca para decírtelo Monsiváis o Emilio García Riera y por aquí, todavía podrás leerlo en la elegante prosa de Pepe de la Colina.

Sí, ya no se te podía ver, Beatriz tu segunda esposa contestaba seca y cortante el teléfono; la última vez que te vi estabas muy decaído y tu rostro revelaba que estabas estragado. Como devorado por dentro. Te dije que haríamos juntos una emisión para Canal 22.

Sonreíste con amargura. Me preguntaste algo que como respuesta nos llevó a las comidas en “El Perro Andaluz” de la Zona Rosa. Así bautizaste el barrio porque si bien no había putas en las esquinas, las posibilidades de entonces eran infinitas, sobre todo para ti que lucías en todo tu esplendor. Así te lo dijo Manolo Barbachano, quien te invitó a inaugurar dos de sus emisoras de Telecadena en la que colaboraba la insurgencia intelectual a principios del reinado de Luis Echeverría. ¿Te acuerdas? Carlos Fuentes ya como embajador en París desentonaba [“Echeverría o el fascismo”] y Carlos Velo callaba ante sus palabras. El inmenso poeta Tomás Segovia acomodaba la vida a sus páginas rociadas de hondura y magnificencia. El otro Tomás, Pérez Turrent nos ofrecía la extraordinaria gama del cine europeo y motivaba que acudiéramos al cine París en Reforma. Alberto Isaac rivalizaba contigo, “la saeta de Colima” decía ser mejor conquistador de mujeres que tú.

Alto y güero nos hablaba de una tras otra, te carcajeabas y sin apuro comías un poco molesto. Tú eras el rey de la seducción, y así lo escribías en tu columna en el Buho que dirigía tu querido René Avilés Fabila en Excélsior, luego te fuiste a El Universal. Al regreso de tus éxitos en Los Ángeles, cuando vendiste obra que te permitió dejar tu departamento en la Colonia del Valle para comprar casa en San Ángel, nos reunimos otra vez en “El Perro”. Raro, te hiciste acompañar de Bertha, quien siempre apoyó todo en ti, incluso tus frivolidades y tú que no bebías, moderadamente lo hiciste acompañado de Julián Pastor, la dulce y bella Diana Bracho y ¡oh sorpresa, apareció Manolo Barbachano acompañado por ese gigante llamado Luis Buñuel. Ahí le dijiste y repetiste porqué no te gustaban los muralistas consagrados, Diego Rivera, Orozco y Siqueiros, afirmaste eran propagandistas pero no pintores.

Te extendiste ante Silvia Pinal y Eduardo Mata, quien acaba de ser nombrado director de la sinfónica de Dallas. Con nostalgia, volvimos a brindar por tu mural efímero y por tu exposición en Nueva York. Estabas radiante. Me regalaste el primer grabado con una dedicatoria muy cariñosa. ¿Y recuerdas cuando en casa te mostré la entrevista que le hice en París a Salvador Dalí? Yo tenía sólo 25 años. Me acorralaste a preguntas y me diste un abrazo admirativo. Telecadena Mexicana que debió haber sido la cadena cultural privada de tv, comenzó a languidecer, como precandidato, había impulsado a Emilio Martínez Manatou a la Presidencia de la República y Echeverría no lo perdonaba. Había ocasiones en que Héctor Mendoza, encargado de la parte teatral y el más grande enciclopedista del cine mexicano, Emilio García Riera, se lamentaban hasta deprimirse. Corría el vino tinto que tú no ingerías y nos alegrabas con tus aventuras amorosas y de trabajo. Resultabas incansable en esas dos ramas de tu ser.

Te llenaba de orgullo haber hecho La Giganta, esa enorme escultura que nunca me gustó y me dijiste, “te hace falta ver a la fealdad como la belleza de la naturaleza”. Al morir Bertha, algo de ti también falleció. Comenzaste a perder pelo y también vitalidad, me decías envidiar mi juventud y eras mayor que yo solamente 14 años, pero parecían treinta. Tus últimos tiempos fueron errantes, dispersos. Tu segunda mujer rechazaba visitas y hasta llamadas por teléfono. Pensé, desde ese tiempo, te recordaría ensimismado en tu taller y también rodeado de amigos en medio de carcajadas. Espero pronto volvamos a encontrarnos, será muy grato.

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