Opinión

Carta a gobernantes recién llegados

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El Bronco. (Cuartoscuro)

En términos generales, los comicios el 7 de junio incluyeron uno de los elementos fundamentales en elecciones democráticas: resultados que antes de las campañas hubieran sido difíciles de predecir.

Entre otras sorpresas tuvimos la ola naranja que prácticamente expulsó al PRI de la zona metropolitana de Guadalajara, arrinconando incluso al tricolor en el Congreso de Jalisco; la singular cabalgata del Bronco que avasalló dos a uno al tradicional bipartidismo neoleonés; la derrota del PRD en la capital, pues no sólo perdió ante los Morenos; el triunfo de Manlio Fabio y su candidata en Sonora, etcétera.

Todo contó en las campañas, lo bueno y lo malo. Y esa es la mejor noticia. En suficientes espacios de cuantos estuvieron en juego, la incertidumbre fue reivindicada. Si no que le pregunten a los candidatos triunfantes en las gubernaturas de Campeche y de Colima, lo que se calificaba como un triunfo seguro para el partidazo de repente devino en competencia verdadera.

Por una de esas cosas singulares de nuestro sistema político, es apenas ahora cuando la mayoría de quienes resultaron electos tomarán posesión de algo votado hace más de 100 días.

Llegó la hora de la verdad. El tiempo de comenzar a ajustar expectativas, y promesas, con la realidad. De mostrarse capaces.

De cuantos resultaron electos, hay algunos que tendrán encima el ojo mediático. Lo que haga o deje de hacer Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, en Nuevo León, o Enrique Alfaro, en Guadalajara, tendrá eco en la prensa nacional. Lo mismo pasará con Xóchitl Gálvez (PAN), de Miguel Hidalgo, o Ricardo Monreal y Claudia Sheinbaum (Morena), de Cuauhtémoc y Tlalpan, respectivamente, en la capital.

Estos últimos surgen de procesos de alternancia, y son muchos los interesados en que fracasen, en desacreditar la decisión ciudadana, el que los electores hayan apostado a “experimentos” (a un independiente, a un partido nuevo, a una candidata dos veces perdedora, etcétera).

Paradójicamente, ninguno de estos que he mencionado dos párrafos antes, es un recién llegado a la política. Sin embargo, su retorno está marcado por un denominador común: el hartazgo ante partidos y/o administraciones corruptas, ineptas y, necesariamente, indolentes.

El Bronco, Alfaro, Xóchitl, Sheinbaum y Monreal no podrán alegar desconocimiento o curva de aprendizaje. Han vivido la administración pública, conocen muchos de sus vericuetos, el letargo de la burocracia, la gangrena de la grilla y, demasiado bien, que el cargo tiene más límites de los que se cree.

Los ciudadanos son más bien ajenos a la dimensión de esas sombras de los pasillos del poder. Además, esos votantes no están, ni remotamente, listos para comenzar a escuchar explicaciones o, mejor dicho, justificaciones por parte de los recién llegados.

Quedan faltantes y transas por descubrir, amargas sorpresas ocultas en expedientes y deudas, pero los nuevos gobernantes deben tener muy claro que en ellos está depositada –aunque suene cursi— la esperanza de que otra forma de hacer política es posible, de que el catálogo de simulaciones del tripartidismo son evitables.

Transparencia real, gestión efectiva de crisis y problemas, información oportuna, diálogo permanente y, sobre todo, cero impunidad frente actos de propios y extraños, es lo que se espera de todos los nuevos gobernantes. ¿Suena obvio? Es justo lo que no hay hoy. Los cinco mencionados serán aún más exigidos que el resto de presidentes municipales, delegados y gobernadores que van llegando.

Ninguno de esos cinco debe olvidarse de alguna aspiración futura. Sobre todo no deben olvidar que la viabilidad de esa ambición reside en que no le fallen a quienes los han puesto en el arrancadero. Buena suerte. La van a necesitar. 

Twitter: @SalCamarena

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