Opinión

Carstens, el apostador

Difícilmente se puede imaginar a Agustín Carstens como un jugador de altos vuelos en Las Vegas, sea tirando dados o escudriñando gravemente las cartas que le entregó el croupier. Pero su juego monetario muestra a un verdadero apostador.

Y es una apuesta muy personal. A diferencia de George Clooney en La Gran Estafa (Ocean’s 11), Carstens encabeza a un equipo dividido, con la mitad del resto de la Junta de Gobierno del Banco de México (dos de cuatro miembros) en desacuerdo con la apuesta: recortar la tasa de interés en medio punto porcentual, llevándola a un mínimo sin paralelo en la historia moderna (3.0 por ciento). Lo ideal en esos casos es tener al equipo completo en la misma sintonía, por difícil que sea imaginar a Matt Damon como el subgobernador Manuel Sánchez o a Brad Pitt en el papel de Manuel Ramos Francia.

Los actuales banqueros centrales tienen entre sus más estimadas reglas ser conservadores y predecibles. En días recientes el otrora alto funcionario del FMI no ha sido ni uno ni otro. Decir que la rebaja tomó por sorpresa a los mercados es quedarse corto. La desaceleración económica de meses recientes llevó a un curioso debate sobre si la economía estaba en recesión, pero nadie esperó que el banco central decidiera reaccionar reduciendo todavía más la tasa de interés.

Ciertamente varios bancos centrales tienen sus tasas casi en cero, pero no enfrentan una inflación claramente superior a su objetivo. Por el contrario, en más de un caso se teme que la economía respectiva caiga en deflación. En cambio, el Banxico se propuso alcanzar desde fines de 2003 una inflación de 3.0 por ciento con un margen de un punto porcentual en ambas direcciones. En los 126 meses transcurridos desde entonces se ha tocado esa meta exactamente en tres ocasiones (la última en marzo 2011), mientras que en 67 meses la inflación ha superado el límite superior de la banda. Oficialmente se espera llegar a la ansiada meta en 2015.

Carstens apuesta a que la política monetaria puede ayudar a reavivar el crecimiento y además alcanzar el ansiado 3.0 por ciento. Pero el peligro reside en que la reducción impulse más a una economía ya en aceleración –descarrilando una vez más la trayectoria inflacionaria. Y, por supuesto, siempre está la imprevisible economía internacional. Puede argumentarse que sólo economistas obsesivos consideran que hay una gran diferencia entre una inflación de 3.0 y una de 4.0, pero se supone que los del Banxico se toman en serio su meta.

Hay otra posibilidad tras la audacia de Carstens: apostar con un gobierno que ha mostrado inclinaciones heterodoxas, notoriamente ponerse a gastar mucho más sin el correspondiente ingreso para tratar de impulsar el crecimiento económico (con poco éxito hasta ahora). El Banco de México se sigue ostentando como guardián de la estabilidad monetaria. Puede serlo, pero lo que está fuera de duda es que se ha unido con entusiasmo al gobierno soltando las amarras.

¿Por qué buscaría un gobernador de un banco central autónomo unirse a la estrategia gubernamental? Apostando al doble o nada. Esto es, aparte de convicciones propias, para ser nominado de nuevo en el cargo (doblando su estancia actual), potestad que Peña Nieto ejercerá a fines de 2015 (y que si propone a otro queda en nada). Ya el año pasado Carstens dijo no estar preocupado por el creciente déficit fiscal, y ahora recorta a un nivel que raya en la imprudencia la tasa de interés.

Bien puede pensar que si París bien valía una misa para Enrique (IV de Borbón, no Peña), ser ratificado al frente del Banxico por seis años bien vale medio punto de tasa de interés y, si acaso, unas décimas extras en la tasa de inflación.

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