Opinión

Carbón, empleos y ambiente

    
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carbón

La extracción de carbón en Estados Unidos se amplió a un ritmo constante entre 1950 y 2010. Ese crecimiento se dio principalmente en el Occidente (Montana y Wyoming), mientras que en el Este (West Virginia y Pennsylvania) la producción fue casi la misma.

Hasta los setenta, lo que aportaba el Occidente no era significativo debido a que era incosteable enviar el producto desde allá hasta los grandes centros industriales. Eso cambió cuando se desregularon los ferrocarriles y bajaron los fletes. Ya a finales de los noventa lo que se obtenía en el Oeste había superado a lo del otro lado.

La ocupación en esa industria ha experimentado altibajos. El más dramático se dio a mitad del siglo anterior, como consecuencia del acuerdo alcanzado con el principal sindicato del ramo. Se le concedió una sustancial mejora salarial a cambio de que aceptara la automatización. En pocos meses, los trabajadores del sector pasaron de 400 mil a 250 mil.

Desde hace cuatro décadas, el empleo en la región occidental se ha mantenido sin muchos cambios, pero en el Este, más intensivo en mano de obra, ha decaído sustancialmente. Hoy laboran en el sector menos de 70 mil personas.

Esto ha tenido un efecto desastroso en casi todos los estados atravesados por los Apalaches. Docenas de pueblos mineros han visto evaporarse sus fuentes de empleo y prácticamente han desaparecido.

Una idea muy extendida es que la caída en la producción de hulla, y del empleo que origina, son consecuencia de una legislación ambiental muy restrictiva.

En su campaña el ahora presidente prometió abolir las reglas ambientales, que supuestamente impiden el desarrollo de esa actividad. Así lo hizo ya, desconsiderando a la opinión pública, preocupada por el deterioro ecológico. No contento con eso, con su característica teatralidad, anunció la salida de su país del Acuerdo de Paris contra el calentamiento global. Firmado por casi todas las naciones del planeta, ese instrumento fija metas concretas de reducción de emisiones.

Alega el presidente que el problema realmente no es tan alarmante, que lo acordado de todas formas no sirve de mucho, que otros países (señaladamente China) no se comprometen igual y que, en última instancia, son más importantes los empleos de los estadounidenses.

No hay necesidad de que nos metamos en una discusión ética sobre qué es más valioso, el aire puro o el sustento de los mineros. Y no tiene caso porque la regulación ambiental no es la razón primordial de que haya menos puestos de trabajo en esa industria.

Es verdad que eran muy severas las reglas (aprobadas en 1970) para reducir las emisiones de azufre en las plantas eléctricas propulsadas con carbón. Pero para empezar, no afectó tanto a los productores de Wyoming, porque es menor el contenido sulfúrico de su carbón. Además, los cabilderos de las grandes compañías consiguieron introducir excepciones y atenuantes. La más trascendente fue la de no aplicar las disposiciones en las plantas antiguas, con el argumento de que seguramente serían sustituidas en unos años. Lo que sucedió es que aprovechando esos resquicios legales, las viejas usinas siguieron funcionando, cada vez con menos eficiencia. En años recientes, las viejas instalaciones construidas en los cuarenta, a punto de colapsarse, han tenido que cerrar. Si hubieran sido reemplazadas en los setentas, cumpliendo las normas, no se habrían perdido tantos puestos.

Lo que si los mermó fue el mejoramiento de la productividad: se incrementó la producción sin que se agrandara la fuerza laboral.

Sin embargo, el indiscutible culpable de la declinación de la industria carbonífera es el gas natural. Hasta 1990 el carbón fue el principal combustible en las plantas eléctricas. En los sesentas pareció que la energía nuclear lo desbancaría, pero luego del incidente en la planta de Three mile island y de la sensacionalista película “El síndrome de China”, se perdió el entusiasmo por esa forma de energía.

En el último cuarto de siglo la participación del carbón en la generación eléctrica cayó a la mitad. Lo fue sustituyendo el gas natural, cada vez menos costoso; más fácil y seguro de manejar. La revolución del fracking (fractura hidráulica) lo acabó de abaratar.

Curiosamente Trump quiere promover más su uso, con lo que acabaría con los empleos carboníferos que dice defender.

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