Opinión

Carballo ausente

 
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Emmanuel Carballo. (Cuartoscuro)

Para Beatriz y Francisco.

Uno. Si con los Diarios y las Cartas, documentos de primera intención, al bote pronto, uno la yerra; ¡qué no sucede con las Autobiografías y las Memorias, de segundo o tercer hervor! Aunque, pienso, no debemos de preocuparnos demasiado.

Si de la verdad verdadera se trata (¿y cuál es la “verdad verdadera”?), basta mudar la propia vida en objeto distante de disquisición histórica.

Toda vez que la Historia, disciplina nacida al parejo que la Literatura y la Filosofía (las tres con marca griega), se aproxima aproximadamente a lo ocurrido en el pasado. Con la base, si no científica, sí objetiva, de documentos y crítica de fuentes.

¿Y a qué demontres todo esto?
Dos. A que no recuerdo con exactitud si conocí a Emmanuel Carballo vía Luis Guillermo Piazza o vía Enrique (con H) González Casanova. A finales de los 60’s.

La amistad con Luis Guillermo era la de mayor antigüedad; si no inmediata, sí próxima a mi exclaustración de la Universidad Militar Latinoamericana, allá por el entonces despoblado Desierto de los Leones, y mi incorporación, plena, desde las infanterías, a la bullente escena cultural de la Edad de Plata. Según ha dado en llamarse a los 60’s.

De fondo urbano: la Zona Rosa, el cine Roble tomado por la Reseña Cinematográfica, los prontos culteranos de Telesistema Mexicano, las galerías y los cineclubs cual hongos, excursiones a mi pueblo, “cocteles” sin parar, comidas en el viejo Champs Elyssé y cafés en el Viena y el Tirol.

Imborrables: visitas a su departamento familiar en Mariano Escobedo, encuentros en Londres (Londo´n), su presencia en el búnker de Copilco en la celebración de mi Maestría. Y, desde luego, la atardecida en el Hotel Montejo en que me introdujo con Onetti y su inseparable Dolly. Origen de mi frecuentación con el Mito (y no confundir Mito con Famoso, Cacique o Ídolo); de la elaboración de dos libros y numerosos ensayos onettianos; y del Xavier Villaurrutia que orna mi Sala de Trofeos (es un decir).

Intensa relación que con los años, dada la precaria salud de Luis Guillermo, se agostaría a conversaciones telefónicas, él en la Condesa, yo en el Sur.

En fin, Enrique (con H) González Casanova, y otra de las figuras claves para mi educación intelectual, el dramaturgo y director Héctor Mendoza, ameritan semblanzas especiales. Que prometo.

Cuatro. La amistad con Emmanuel también llegó para quedarse. Por supuesto que, a lo largo de los 60, yo repito en las infanterías, seguí puntual sus andanzas de crítico temible, dador de famas y oscuridades; su colaboración decisiva con Martín Luis Guzmán y Rafael Jiménez Siles en Empresas Editoriales; su prestigio de entrevistador y periodista impar; su aventura de editor independiente (Diógenes).

Pretexto del encuentro: la posible (que resulto improbable) publicación de mi malhadada cuan apresurada (eso de que los treinta se te vengan encima) primer novela, La aproximación (¿de dónde saqué el título, del temor de contaminar creación y vida, como si eso fuera posible? ¿Y por qué no Aproximación a secas?).

No hubo acuerdo. Lo que debí aprovechar para pensármela dos veces.
Pero, flechazo, nació la amistad, para mí siempre energética y aleccionadora, que además se sazonaría con su casamiento con Beatriz Espejo; va para rato amiga íntima, confidente, leída sin demora, admirada.

Otro matrimonio de la época, el de Luis Cardoza y Aragón y Lya Cardozo, a quienes dediqué mi inútil La Universidad en la calle (testimonio y reflexión de los conflictos del 86 y el 99), marcaría igualmente mi aguerrida vida, hoy apaciguada.

Cuatro. Metido como estoy hasta el gaznate en crónicas e historias generacionales del siglo XX; en el rescate de autores definitivos “desaparecidos” por culpa de la Guerra Sucia Cultural pos-68; en la poética de los 60; en la Historia Intelectual, multidisciplina que alivia mi variopinta curiosidad intelectual; en este 2015 al garete, dando tumbos y barquinazos, sigo celebrando dos de los lances de Emmanuel Carballo. Su Protagonistas de la literatura mexicana y sus Memorias a la postre, cosa de lamentar, inconclusas.

Alguien en el ajo, me preguntó de qué puntos en particular me gustaría charlar con Carballo hoy mismo, cara a cara o por el teléfono, él en su retiro de El Contadero, yo todavía en el Sur (y todavía más al sur si cuento Taxco). Lo del teléfono es porque no llegamos ni por pienso al E-Mail o al Mensaje electrónicos.

No dudé la respuesta: dos serían los puntos.
El deplorable estado, sin GPS como lo dije ya en artículo anterior, de la política y la democracia mexicanas. Mi tesis, ya añosa, del sistema de partidos (¡Diez, Dioses, Diez, Misericordia!), como una forma de Delincuencia Organizada. Guiada por sus intereses particulares, que no son los de la Nación, y el abultado botín de dineros presupuestados pero mal habidos.

El deplorable estado, sin GPS también, del sistema cultural mexicano; mucho cohete, poca pólvora; más pompa que circunstancia; trufado por la inevitable desaparición física, antecedida en ocasiones por la artística, de muchas de las figuras señeras del siglo XX. La impresión que en ocasiones ofrece de “Saldos”, “Barata”, “Remates”, “Llévese 3x1”, “Hasta agotar existencias”, “Mercadería con defectos de fábrica”. Y no sólo la parasitaria burocratización que contundente señala Gabriel Zaid (la promoción de la lectura, añado, cuesta un lanal pero apenas si gana lectores). Me refiero al agotamiento de modelos, formatos, procedimientos antaño exitosos. A la desatada “homenajitis” (primer poemario, primer diente de leche). A ínfimos cacicazgos, idolatrías forzadas, grupos fundamentalistas. Y a tres de los vicios que el otro Said (con S) lamenta en la crítica periodística o académica: idolatría, indiferencia, rutina.

Y añadiría la exhumación oportunista del fantasma desleído de la Secretaría de Cultura que ya le quema las habas a más de uno. ¿Para lo mismo pero refrito?

Frente a mí, tendría el espectáculo añorado de una inteligencia crítica excepcional, ojos chispeantes, maledicencia pueblerina (plenamente compartida); brazo que se extiende empuñando el golpe. Emmanuel de cuerpo entero.

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