Opinión

Caminos sin ley

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Gil Gamés.

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil leyó una de las noticias más extravagantes de la temporada, un hecho que resume en buena parte el mal tiempo mexicano. Gamés lo leyó en su periódico Reforma en una nota de Alfonso Juárez: “En Acapulco, el gobernador interino de Guerrero Rogelio Ortega Martínez, justificó el canje de tres normalistas detenidos acusados de robo, por dos empleados de una empresa refresquera a lo que mantenían detenidos”.

Lectora, lector, han leído bien: la policía, es decir la autoridad, es decir el ministerio público, o lo que sea, canjearon a dos delincuentes por dos empleados secuestrados por miembros de la CETEG. Por si alguien lo dudaba, Guerrero se ha convertido en una encrucijada sin ley: la violencia, el robo, el abuso, el saqueo, la impunidad. Del origen de esos caminos, por cierto, salieron en camiones secuestrados los estudiantes sacrificados de Ayotzinapa.

La petite histoire es así: tres normalistas fueron detenidos por robar un camión de Coca-Cola. Los presentaron ante el MP y los metieron a la cárcel, o como sea que sean esas veredas jurídicas. En protesta, otros estudiantes apoyados por maestros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación, retuvieron al gerente y subgerente de la empresa en Chilpancingo. Algo de todo esto le recuerda el siglo XIX mexicano. Gil les recomienda un libro de candente actualidad, se llama Los bandidos de Río Frío y lo escribió un joven narrador mexicano: Manuel Payno.

El gobernador habla

Las palabras con las cuales Ortega Martínez explicó el canje de tres delincuentes por dos empleados secuestrados probablemente requieran para quien lee estas líneas de un cuarto de Tafil y media tableta de Serenex. Oigan al gobernador: “en situaciones especiales el conflicto debe administrarse para buscarle cauces de solución a partir del diálogo, la negociación y el acuerdo”.

Gamés sufrió un desvanecimiento de dos segundos luego de los cuales, con los ojos de plato, se pellizcó un brazo y farfulló: esto no puede ser verdad. Tres jóvenes que forman parte de una brigada de choque que se dedica a secuestrar camiones y a robar la mercancía que trasladan a diversos puntos de venta son detenidos y unas horas después puestos en libertad a cambio de dos empleados que han sido secuestrados. A esto le llama el gobernador interino administrar el conflicto y encontrar vías de solución a partir del diálogo. Uta, la cosa está como para el arrastre. Estamos fritos.

Ortega Martínez al micrófono: “si nosotros detenemos en flagrancia, in situ, a personas que se alejan, se apartan de la legalidad, y luego el movimiento retiene a otras personas, hay un momento de negociación y de diálogo para que esto vaya disminuyendo”. Un grito se oyó en el amplísimo estudio: Aaay, mis hiijoos! Este gran estratega, este estadista, este hombre de gran altura intelectual afirma que con esta actuación comprensiva, negociadora, conciliadora (dora-dora), el gobierno de Guerrero ha logrado que la violencia disminuya. En el grado cero de la desesperación, Gil cantó la ronda: a la rueda, rueda de la CETEG, todos cargan su tarro de miel, a lo maduro, a lo maduro, que se volteé Ortega Martínez de burro. Y él se voltea mientras dice: he pacificado al estado. ¿Cómo la ven? Sin albar y sin albur.

Feria del libro

Gamés caminó (es un decir) por los pasillos de la Feria del Libro de Minería. Nadie lo reconoció pues se había calado unos lentes oscuros. Muy finos, unos Ray Ban de muchos salarios mínimos. La feria es un sardinero infame. Ríos de personas que tratan de ver libros, acercarse al tenderete de una editorial con enormes dificultades, empujones, tropezones, perdón por el pisotón, oiga señora apúrele que no deja pasar.

La UNAM tiene espacios amplísimos, explanadas, museos, teatros, Gamés nunca ha entendido por qué los directivos de la Feria insisten en realizarla en un edificio histórico, pero incomodísimo, si ha crecido, el encuentro debe migrar. Si no es posible ver libros en una feria, entonces no tiene sentido asistir a pasar sofocos entre la multitud. Como dice Gilga: somos maestros en paradojas, una feria grande, con cientos de miles de personas que la visitan, ocurre en un maravilloso edificio del siglo XVI. Todo es un misterio.

La máxima de Voltaire espetó dentro del ático de las frases célebres: “Debe ser muy grande el placer que proporciona el gobernar, puesto que son tantos los que aspiran a hacerlo”.

Gil s’en va

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