Opinión

Camino de luz

 
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Camino de luz.

En el Museo de Antropología se lleva a cabo la exposición Camino de luz: universos huicholes, sobre el arte producido, casi todo, para fines religiosos por este grupo indígena, también conocidos como los wixárikas. La pieza principal de la exposición es una tabla de 2.5 x 1.2 metros que fue realizado hace más de 30 años, que plasma varios mitos sobre el origen de los huicholes. Al ver estas obras, uno se pregunta dónde se sitúa esta producción, si queda relegada al estatus de la artesanía o si esta expresión es diametralmente opuesta a la del arte contemporáneo.

Una de las exposiciones más importantes en abordar estas problemáticas fue Magiciens de la Terre, (Magos de la Tierra) que se llevó a cabo en el Centro Georges Pompidou, en París en 1989. El curador Jean Hubert Martin montó una exposición donde se presentaron los trabajos de cien artistas vivos, de los cuales la mitad eran artistas occidentales (o al menos ya reconocidos en el circuito del arte internacional), y la otra mitad, artistas provenientes de zonas 'marginales' (a saber África, Asia, América Latina, Medio Oriente y Oceanía) en un intento por parte de Martin y su equipo curatorial, de combatir la sombra del eurocentrismo, y la perpetuación de la visión colonial en la representación artística.

Las críticas que fueron muchas y muy duras, no se hicieron esperar: los analistas se preguntaron si estas piezas no reducían un genocidio cultural perpetuado por años a una simple expresión artística; si este arte 'primitivo' no satisfacía cierta necesidad de exotismo tan común en Europa, y si no justificaba y reforzaba secretamente la visión hegemónica que pretendía combatir; si los curadores no pecaban de paternalismo, y el 'Otro' que presentan no era una pura invención del Occidente, una proyección de sus miedos y deseos reprimidos… Lo cierto es que esta exposición independientemente de si funcionaba o no, abrió un espacio de debate sobre la postmodernidad, introdujo nociones como 'centros' y 'periferias' que marcaron el discurso del arte en esos años y que, curiosamente, llevaron a una mayor homogenización.

Muchos tipos de movimientos antiformalistas –desde el neo concreto tardío, el situacionismo hasta el arte minimalista y conceptual– concibieron el arte como una práctica ritual y fueron intentos de devolverle a su práctica, una responsabilidad colectiva. Pero desgraciadamente cada vez más todo se parece, y hoy en día el arte producido por un artista joven de Suecia es similar al de una artista etíope, o al de un colectivo mexicano. Los museos de Buenos Aires, de Tel Aviv, de Dubái muestran programas itinerantes que son casi franquicias. La homogenización y universalización de la estética occidental se vuelven un síntoma de división; la imposibilidad de entender al otro pasa también por su explotación, y por la apropiación de sus haberes culturales y la imposición de otros muy ajenos a ellos; y para nosotros muy específicamente, es un orden social dentro de un tercer mundo que repite e internaliza el mismo patrón de colonizador/colonizado.

Lo que más diferencia al arte producido por los huicholes y el de los artistas contemporáneos no es tanto su singularidad, ni el aspecto ritual y cósmico que permea, ni que el concepto de la autoría pasa a un segundo plano para privilegiar la noción del arte como algo ya existente; aquí particularmente, en el Museo de Antropología, la línea que consagra una obra contemporánea, es la canónica neoliberal, menos visible pero más insidiosa, que lo reduce todo a un simple producto, a una mercancía donde todos, menos el artista, somos espectadores o compradores.

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