Opinión

Cambio sin riesgo

    
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Ricardo Anaya, Alejandra Barrales y Dante Delgado, en el registro de la coalición. (Cuartoscuro)

Contra las expectativas (¿esperanzas?) de la mayoría de la opinión publicada, se registró la coalición Por México al Frente, que agrupa a PAN, PRD y Movimiento Ciudadano. Hay todo tipo de críticas a ésta, que me parece la construcción política más novedosa de muchos años.

Primero, se insistió en que se trataba de “agua y aceite”, vieja fórmula utilizada para despreciar las negociaciones entre grupos con ideologías diferentes. Segundo, que se trató de una negociación cupular, que no será respaldada por los simpatizantes. Tercero, hay acusaciones contra los dirigentes: que Anaya ha traicionado y apuñalado a todos, dicen, aunque sin detallar algún caso específico. Que los Chuchos, y en general la dirigencia del PRD, son sólo un cascarón sin votos. Que Dante Delgado es un líder viejo. Cuarto, a todos ellos se les reclama haber desplazado a otros políticos que querían figurar: Margarita Zavala, Rafael Moreno Valle, Miguel Mancera. Finalmente, algunos dicen que lo que está haciendo el Frente es política priista, que Anaya es como un candidato del PRI.

Las respuestas no son complicadas. Primero, se negocia con quienes piensan diferente, no con quienes piensan igual. Segundo, se negocia entre grupos y luego se pone lo negociado a consideración de las mayorías, no existe otra forma, a menos que se quieran hacer referéndums continuos, y entonces la acusación sea de populismo. Tercero, los espacios de los dirigentes se disputan, y ese proceso no es agradable ni sencillo. Cuarto, nada más hay un espacio para la candidatura y no se regala. Los derrotados siempre consideran injusto el proceso.

Finalmente, más allá de la obviedad de que la política actual es herencia del siglo XX, definido por el régimen de la Revolución, que suele confundirse con el nombre de su instrumento electoral, el PRI, no veo por qué se mezclaría al Frente con ese partido. Más apropiado me parece quien afirma que hay dos priistas en la contienda, Meade y AMLO. El primero, como simpatizante y candidato de ese partido; el segundo, como exmilitante y promotor del más viejo PRI posible.

Los partidos políticos no tienen vida eterna. Responden a realidades políticas específicas, que cambian o desaparecen. El PRD se fundó como la confluencia del nacionalismo revolucionario priista con la izquierda, y ahora se ha desembarazado del primer grupo, que se aglomera alrededor de López Obrador en Morena, desde hace tres años. Acción Nacional nació para enfrentar el cardenismo, se convirtió en pilar de la modernización del país desde inicios de los 90, y ahora asume ese reto junto con la izquierda. El PRI, que definió el siglo XX como decíamos antes, intentó modernizarse asociándose con el PAN, pero su tradición autoritaria y discrecional lo han puesto al borde de la derrota en 2018.

El resultado de la elección, me parece, será un recambio de partidos. Morena no podrá soportar ni el triunfo ni la derrota de su dueño. El PRI no será capaz de reorganizarse para regresar por tercera ocasión, y no estoy seguro de que pueda ganar, con más de la mitad de la población en su contra. El Frente, efectivamente, termina con un ciclo de los partidos que lo conforman, y su futuro se definirá junto con la campaña. Reducir este gran proceso de transformación a las características personales de los abanderados es, salvo el caso de López Obrador, un absurdo. Tanto el PRI como el Frente exigen negociaciones permanentes, no dictados del patriarca.

Ayer domingo Ricardo Anaya inició su travesía por la cuerda floja: ganarle el discurso social a López Obrador, y el de la modernización a Meade. Es el breve espacio del Frente, cambio sin riesgo. Veremos.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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