Opinión

Calderón de crucero

Contra todos mis pronósticos -absolutamente a título personal- el viaje en el crucero con más de 5 mil mexicanos a bordo por las costas de Brasil para atender a los partidos de la Selección Mexicana -por lo menos los primeros dos-, resultó una fiesta y un éxito completo para el expresidente Felipe Calderón.

Cuentan los pasajeros que disfrutaron enormemente de la compañía y presencia del exmandatario, quien con sencillez y amabilidad compartió fotos, espacios, momentos, bromas y hasta chistes con todo aquel que se acercaba.

El animador del cantabar, por la noche en el barco, hacia incluso alguna broma con una canción que habla del poder y preguntaba con ironía “dónde estás Felipe”. Todo aquel pasajero que intentó tomarse una foto, obtener un autógrafo, o escuchar algunas palabras del político michoacano, lo pudo hacer sin filtros, escoltas o seguridad ninguna.

Según comentó con sus compañeros de travesía, viajaba en compañía de su hijo, sin ningún otro miembro de su familia. Fue en calidad de padre, que viajó a acompañar al seleccionado nacional y disfrutar de esos momentos especiales padre-hijo.

Mis pronósticos cuando supimos del terrible deceso -aún por confirmar- del joven mexicano que se lanzó ebrio por la borda, estaban en torno al riesgo que Calderón enfrentaba al convivir de forma tan cercana e inevitable con miles de mexicanos, quienes a corta distancia podrían haberle reclamado, insultado o increpado de una y mil formas.

Sin embargo no sucedió. La mayoría de los pasajeros disfrutó, aplaudió y lanzó alguna porra por el expresidente.

Pocos exmandatarios en la historia de nuestro país están en posibilidades de una convivencia tan cercana, tan intensa -muchas horas a bordo- y tan informal, donde con cuba o caipiriña en mano, cualquier ciudadano puede aproximarse y desafiar al exfuncionario. Presencié un regreso glorioso y triunfal de Ernesto Zedillo (2003) a un auditorio del WTC en México, contratado por una de esas empresas de congresos con speakers internacionales. Audiencia de 3 o 4 mil personas con boleto pagado, a un panel con otros economistas internacionales. Ovación de pie de cinco minutos al expresidente. Muy impresionante.

No creo que Vicente Fox pudiera capturar aplausos o reconocimientos como ese después de su gobierno, y tal vez, ninguno de quienes le antecedieron en el cargo por más de 20 o 30 años.

Felipe Calderón, arrojado como es, se atrevió a subirse al barco sin tener certeza de qué podía esperar. Sin guardias ni Estado Mayor, tal vez quienes lo han vivido se puedan sentir un poco vulnerables. Pero le fue bien, lo trataron bien, y le dieron una dosis de recuperación de autoestima -en caso de que la tuviera a la baja.

Tal vez sería importante considerar el segmento socioeconómico presente en el crucero. Con un costo de arriba de 5 mil dólares por persona, la inmensa mayoría de los pasajeros eran personas que podrían ubicarse en los segmentos A, B+, B y si acaso, algún C+ con un enorme crédito o muchas posibilidades.

Importante diferencia hubiera vivido el expresidente en el barco, si la población navegante hubiera pertenecido a segmentos socioeconómicos de clase media para abajo, o de estados fronterizos, o de aquellos donde la violencia y el crimen ha sido una constante -con guerra y todo- desde hace casi una década.

Tal vez la amabilidad, cordialidad y gentileza con que Calderón fue recibido a bordo podrían haber expresado un tono discordante, de inconformidad, rechazo o reclamo.