Opinión

Calamidades y catástrofes

 
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Trabajos de rehabilitación del Paso Exprés de Cuernavaca. (Cuartoscuro).

Ernesto Garzón Valdés propuso hace algunos años la distinción entre las catástrofes y las calamidades (Calamidades, Gedisa, 2009).

Las primeras, según el filósofo argentino, se materializan a través de eventos o acontecimientos que causan daño a los seres humanos –a sus propiedades, sus vidas, sus afectos– y son provocadas por causas naturales. Es el caso típico de los terremotos o los tsunamis. La fuerza de la naturaleza, como por desgracia acabamos de recordar en estos días, puede ser demoledora y causar pérdidas materiales y personales irreparables. Cuándo esos eventos suceden no es posible –porque no tiene lógica– reprochar la causa moral del mal sufrido.

Las calamidades, en cambio –nos dice Garzón Valdés–, también son eventos que causan pérdidas, dolor y sufrimiento pero que son provocadas por acciones humanas. Es el caso de las guerras, las violaciones de derechos humanos, la violencia criminal, etcétera.

En esos casos, como la autoría depende de la voluntad de los seres humanos, tiene sentido y, de hecho, es necesario hacer reproches morales e imputar responsabilidades. Alguien causó el mal y debemos reclamarlo.

En principio la distinción parece diáfana y definitiva. Pero en la realidad las cosas no son tan sencillas. Muchas veces las catástrofes causan daños que son producto de las calamidades.

Para mí el socavón del Paso Express de Cuernavaca es un ejemplo perfecto. Es verdad que aquél día llovió como nunca había llovido en la zona y que las grandes cantidades de agua impusieron presión inusitada sobre la infraestructura carretera. Hasta acá estamos ante una catástrofe con fuerte potencial de daño.

Pero el problema es que en el trasfondo se escondía una calamidad. La corrupción, la falta de supervisión, la negligencia de funcionarios y constructores también fueron causa del socavón. Lo que sucedió pasó porque el agua se filtró entre contubernios, trampas y corruptelas. La mezcla costó la vida de dos personas inocentes que se trasladaban como todos los días a su trabajo.

El terremoto de ayer es una catástrofe terrible que se suma a otras que nos han azorado en estos tiempos: huracanes, otro temblor. Cada uno de esos eventos por sí solo pone en riesgo nuestros bienes y nuestras vidas. En ocasiones no podemos hacer nada en contra de su fuerza destructiva.

Pero, en otros momentos, con creciente frecuencia conforme la tecnología y la experiencia lo permiten es posible prevenirlas o al menos atemperar sus efectos perniciosos. En esos casos, la inteligencia y capacidad humanas operan como virtudes que mitigan a los males catastróficos.

Sin embargo, también es posible que –como sucedió con el socavón de Cuernavaca– el mal se potencie con el mal calamitoso. Esto sucede, por ejemplo, cuando no se aplican los planes preventivos, cuando no se respetan las normas de construcción o no se observan las medidas de protección civil.

En esos casos el sufrimiento pudo haberse evitado. Si no sucedió fue porque a la catástrofe la potenció la calamidad y el mal sí tiene responsables. Son todas aquellas personas que por comisión o por omisión hicieron posible esa amalgama destructora.

Su responsabilidad es moral y debe ser jurídica.

Ahora que el dolor nos sacude de nuevo debemos saber resignarnos ante la catástrofe, pero no debemos hacerlo ante las calamidades. Si los derrumbes, socavones y descarrilamientos no eran evitables ni fueron provocados por malas decisiones humanas, entonces, no nos queda más que aceptar que estos males también forman parte de la vida y reconocer nuestras limitaciones como especie.

Pero si, en cambio, detrás de uno o varios de los eventos que causaron pérdidas materiales y, sobre todo, humanas, median decisiones, entonces, debemos encontrar a los responsables y exigir que rindan cuentas.

Nota. Las catástrofes son tiempo de héroes y canallas. Los héroes están levantando escombros y salvando vidas. Los canallas asaltan y roban a las personas que –tras el temblor– buscan llegar a sus hogares.

Correo: opinion@elfinanciero.com.mx

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