Opinión

Caído Aguirre, ¿qué sigue?

La caída de Ángel Aguirre no es un triunfo de nadie, es más bien parte de una derrota colectiva. La salida del gobernador electo en 2011 no resuelve per se la problemática surgida por la desaparición de 43 estudiantes el 26 de septiembre, pero podría ser un pivote para buscar soluciones a la crisis secular de Guerrero. O podría no servir de nada.

Los mexicanos nos merecíamos a Aguirre. Es un prototipo de algo que hemos sido, de algo que somos. Del México que se tiene que ir, decíamos aquí hace dos semanas. Pero Aguirre no es el último de su estirpe. Igual de preocupantes son Roberto Borge y Javier Duarte, mandatarios de Quintana Roo y Veracruz, respectivamente, quienes tendrían que ser puestos en la misma categoría que el guerrerense, no por nada son emblemáticos como bebesaurios: jóvenes con el ADN del viejo régimen priista. Ellos, como el hoy defenestrado, lejos de construir al progreso incuban huevos de ingobernabilidad y tragedia.

Por eso importa que no confundamos la caída de Aguirre con el inicio de una solución garantizada a la crisis de Iguala y de Guerrero. Para sustentar lo anterior no hace falta recordar que en un giro macabro de la historia, el hoy repudiado llegó un día, luego de la matanza de Aguas Blancas, como opción tranquilizadora.

Lo que sí hay que tener muy claro es que de alguna retorcida manera
–y dejando a salvo por supuesto que no se equipara en nada su caso al de los muertos o desaparecidos–, Aguirre también es una víctima de toda la situación. Nunca se dio cuenta de que el mundo estaba cambiando porque su mundo, Guerrero, no ha cambiado gran cosa. Él era un cacique cuasi bonachón en un planeta que conocía perfectamente. Él aplicaba la política de repartir dinero y limosnas a los pobres, a sabiendas de que no habrían de cambiar, con y sin apoyos federales, las ancestrales condiciones de marginación e injusticia para los más. Y, simultáneamente, era un pez en el agua del ambiente de privilegios políticos, sociales y jurídicos de los menos, de ese puñado que habita el esplendor emblemático de la costera acapulqueña.

Aguirre es producto de unas condiciones que México no ha sabido corregir en diversas regiones, en demasiadas regiones. No por nada se escuchaba en estos días el cuestionamiento de, “ok, y si Aguirre se va, quién va a querer esa papa caliente que es Guerrero”.

Pues ha llegado la hora de responder no quién va a hacerse cargo, sino para qué. Los partidos políticos, todos, tienen la palabra. No es la hora de la politiquería. En nada abonan palabras como las de ayer de Jorge Luis Preciado, senador panista, que dice que la salida de Aguirre representa un “avance importante”. Eso es una frase hueca si no se tienen propuestas, y generosidad, para definir hacia dónde han de darse los siguientes pasos para que se materialice, de verdad, un “avance importante”.

Urge encontrar a los muchachos de Ayotzinapa casi tanto como encontrar un esquema político en Guerrero que contribuya a hacer justicia a los estudiantes, pero también a la definición de un nuevo rumbo para ese estado. El gobernador interino debe ser un arquitecto, alguien que proyecte, con ayuda de muchos más, algunas líneas para un futuro distinto de la entidad. Lo peor que puede pasar es que caído Aguirre, lo sustituya otro… como Aguirre, que sólo venga a preparar el terreno para elegir a otro… Aguirre.

Una nueva Iguala sólo sería cuestión de tiempo.

Twitter: @SalCamarena