Opinión

Cada uno por su lado

   
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Donald Trump

La gira europea de Donald Trump ha sido interpretada como un enfriamiento de las relaciones económicas con Europa. Ciertamente lo es, pero sería un error considerar que esos vínculos eran ideales antes de que llegara a la Casa Blanca su actual ocupante.

Nadie puede negar el papel de la ayuda estadounidense en la recuperación de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. El Plan Marshall no sólo evitó un mayor desastre humanitario; puso también los cimientos para reconstruir la infraestructura económica y consolidar la cohesión social, así como la estabilidad política.

Sin embargo, Washington no lo hacía desinteresadamente. Tenía que fortalecer el mercado europeo para dar salida al exceso de producción que le resultó del conflicto bélico. Le era también necesario sostener las monedas europeas, para evitar un desequilibrio financiero. Quería así mismo frenar el éxodo de refugiados que le generaba tensiones internas y evitar el expansionismo soviético.

Los europeos, por su parte, veían con mucho recelo la presencia económica de Estados Unidos y sentían que se estaban volviendo dependientes de ellos.

Estados Unidos y los países europeos iban a las reuniones cumbre a decir bonitos discursos y a brindar por su prosperidad compartida, pero soterradamente luchaban por hacer prevalecer sus intereses económicos. Las tensiones fueron creciendo y sólo se atenuaban durante las crisis.

A la salida del primer ministro británico, Winston Churchill, la alianza económica del Reino Unido con Estados Unidos se debilitó y los proyectos conjuntos se difuminaron. Lo real era la rivalidad financiera entre la City y Wall Street. Lo verdadero era la competencia comercial por los mercados asiáticos y de la antigua Commonwealth, que los británicos consideraban como privativos. Como propios consideran hoy, los de China y la India. Aunque Gran Bretaña ha sido, hasta la fecha, el nexo privilegiado de Estados Unidos con el Viejo Continente, sus exportaciones a los países de la Unión Europea son del doble del valor de lo que vende a los estadounidenses.

Vencida en la guerra, destruida, ocupada por fuerzas extranjeras, Alemania firmó todos los acuerdos comerciales que los estadounidenses les pusieron sobre la mesa, pero apenas salió adelante pintó su raya. En su momento el canciller Konrad Adenauer no se hacía muchas ilusiones sobre las intenciones de Estados Unidos y dio los primeros pasos para la integración económica del continente. Desde el principio, la unidad de Europa se planteó como la única posibilidad de no ser avasallados por los estadounidenses; se hizo para competir con ellos.

En Washington lo entendieron claramente y si bien enviaron una delegación cuando se constituyó la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (en 1954) y mantienen actualmente una misión en Bruselas, han hecho todo lo posible por avivar los resentimientos históricos y las disputas comerciales entre ingleses, alemanes y franceses. Esas animosidades y controversias son las que Trump quiere que afloren cuando declara que “la Unión Europea es un instrumento de Alemania”.

Los franceses han creído eso todo el tiempo, pero su enemistad con Estados Unidos siempre ha sido mayor. Eso quedó de manifiesto desde 1963 cuando el presidente francés, Charles de Gaulle, mediante el Tratado del Elíseo alentó a Alemania a distanciarse de su protector. En el preámbulo de ese instrumento, con cuidado lenguaje diplomático, Francia y Alemania se dicen dispuestos a buscar un mayor intercambio con Estados Unidos “en el marco del entonces Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT)”.

Aunque sea absurda la comparación, es chistoso que, en su momento, los estadounidenses vieron al general De Gaulle como hoy los franceses ven a Trump: como un populista nacionalista, excéntrico y poco serio. Y es interesante que en aquella época surgiera en el país galo, como hoy Emmanuel Macron, un joven brillante, de oratoria convincente, amigo de los intelectuales. Jean-Jacques Servan-Schreiber fundó el diario L’Express, que dio cabida a grandes pensadores del momento: Camus, Sartre, Malroux, Mauriac.

Consejero cercano de los presidentes Francois Mitterrand y de Valery Giscard d’Estaing, escribió en 1967 “El desafío americano”, en donde sostenía la tesis de que Estados Unidos llevaba a cabo una guerra económica silenciosa, basada en la superioridad tecnológica y de los métodos de gestión.

Desde antes de que apareciera Trump, la Unión Europea se tambaleaba. La lista de los euro-escépticos crece: Hungría, Polonia, República Checa, Austria, Holanda, Dinamarca. Gran Bretaña ya se salió y en Francia muchos quieren abandonarla. La canciller de Alemania, Angela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron, no quieren profundizar en la integración, como aseguran. Lo que van a intentar es salvar lo que hasta ahora se ha logrado.

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