Opinión

Cada mundial, cada sexenio

Amparado en lo que destacan expertos, que desde 1994 México es una de las tres selecciones que pasan siempre a octavos, junto con Brasil y Alemania, es un buen momento para que este villamelón del futbol exprese lo que concluyó al finalizar el partido ante Croacia: por más que parezca, esta ilusión de que sí se puede no es ni nueva ni desconocida, por lo que es fácil anticipar que el domingo llegará la realidad y todo mundo a su casa, como siempre.

Mi punto no es de aguafiestas. Mi argumento es que esto lo vivimos cada cuatro años, pero sobre todo que, indebidamente, lo olvidamos cada cuatro años, como Penélope que teje y desteje. Porque lo malo es que al final llega un conformismo con lo logrado, una satisfacción grande, y en vez de ir por más, de trazar una ruta para la siguiente, nos confiamos, porque si al final de cuentas sí se pudo, con garra y corazón, dirían los cursis, pues entonces para qué planear, para qué revisar por qué de nueva cuenta no pasamos de donde siempre, como cada cuatro años desde hace 20.

Porque a la vista de lo sucedido, hoy no olvidamos que se calificó con las uñas, pero como las cosas van rodando mejor de lo que muchos esperaban (esperábamos), pues el defecto se viste de virtud, y el megapanzazo de la clasificación se disfraza de estilo: así nos saben más las cosas.

Y no es cierto que los mexicanos se crecen en los momentos grandes. ¿No será más bien que sólo cuando dejamos de payasear, de autofaulearnos con las eternas grillas, al emplearse a fondo los mexicanos muestran el nivel que tienen? Uno que sí, que ya no es el de Argentina 78 (ya superémoslo), pero que tampoco alcanza para más: no es que los chavos se crezcan, en realidad demuestran su nivel, el que con base en mucho esfuerzo individual han cultivado y mejorado en Europa, en muchos casos. Son la excepción, no la muestra de nuestro deporte. ¿Eso alcanza para pensar en más? No desdeño el poder de la ilusión, pero creo más en el frío método de holandeses o alemanes, no invencibles, pero sí inmunes a la ilusión como mayor argumento futbolístico. Y será entonces, de tener yo razón aunque no lo quiera, la vuelta a la noria.

Dicho de otra manera, en el futbol los mexicanos repetimos el patrón de lo otro que nos pasa a nivel interno, porque ¿a poco no?, cada arranque de sexenio --salvo en el de Calderón, que ni para eso le alcanzó--, nos declaramos inaugurando una era. No hay tal.

De quedar en octavos será un signo más de mediocridad. Porque pudiendo más nos confíamos en que nuestro carácter nos sacará de cualquier infierno, aunque las ganas no alcancen para llegar a ningún cielo. Y en el siguiente ciclo no estaremos ni abajo y mucho menos arriba, sino en la misma medianía de la que no atinamos a escapar.

A diferencia de hace dos décadas hay un entusiasmo agradeciblemente fomentado en las redes sociales, pero no hay ningún elemento que nos diga que frente a Holanda va a cambiar la historia. No por nada alguien tuiteó al inicio de la segunda parte del juego del lunes que estaba mejor el tuiter que el partido.

Estas líneas no son ganas de joder, ni mucho menos; son ganas de soñar: ojalá hiciéramos algo para romper el ciclo, ese que desde 94 siempre nos lleva a octavos de final pero nunca más allá.