Opinión

Búsqueda de paradigmas

 
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La medida no da por hecho que las parejas puedan contraer matrimonio. (Reuters)

Francisco es el nombre del joven de 20 años que conducía el taxi que me llevó al aeropuerto esta mañana. Terminó hasta el segundo de secundaria. Maneja el coche de su papá para mantener a su nena, de cuatro meses. La tuvo con su chava, con quien no se ha casado ni pretende hacerlo. Los tres viven en la casa de su mamá; --es el acuerdo que tiene con ella mientras ahorra dinero para comprar su propio coche y después, con la renta de este, hacerse de su propio techo--. ¿Qué habría sido de Francisco si hubiera terminado sus estudios; si se hubiera concedido más tiempo antes de tener las obligaciones que derivan de procrear un hijo? Y su mujer, a pesar de correr con la suerte de contar con una pareja que ve por ella y por la hija de ambos ¿No habría sido mejor su fortuna si hubiera esperado? ¿Qué sería de nuestra comunidad si ese caso ocurriera entre parejas de 14 años?

El último día de sesiones se votó y aprobó en el Pleno de la Cámara de Diputados un dictamen, a través del cual se incrementó la edad de las personas para contraer matrimonio: de 14 y 16 años para mujeres y hombres, respectivamente, como hoy lo prevé el Código Civil Federal, a 18 años en lo sucesivo y en cuanto la reforma se apruebe en el Senado y se promulgue por el Ejecutivo.

Los sucesos de violencia que ocupan las planas periodísticas de todos los días son muy graves. El combate en su contra obedece a una estrategia que no admite regateo alguno. No obstante la necesidad de contrarrestar al crimen por la vía coactiva de la que es único titular el Estado, debemos ver por la atención de las causas que lo producen. ¿Qué estamos haciendo para recuperar los valores sociales?, ¿Qué están haciendo y cuál es la ocupación de los jóvenes de México?

La ayuda mutua y la colaboración entre las personas constituye la base de la familia, y ésta a su vez es el núcleo principal de nuestra sociedad. Es en la vida familiar, del tipo que esta sea, que las personas encuentran su estabilidad psíquica y emocional, y en la que los niños encuentran los valores y principios de conformidad con los cuales se desarrollan y viven.

Desde un punto de vista formal, la reforma al Código Civil Federal podría no llegar a tener un amplio significado, pues en la materia familiar, la codificación civil realmente aplicable acaba siendo la estatal. La reforma aprobada, de concretarse, servirá para dar sustento jurídico a la celebración del acto matrimonial en algún consulado de México en el extranjero, o en algún territorio federal. Una verdadera excepción al matrimonio ordinario; una muestra insignificante con relación al universo real de casamientos ocurridos en el país.

Sin embargo, el principio demuestra un acuerdo alcanzado en el ámbito legislativo más amplio, que puede avanzar a través de la discusión y “homologación” estatal hacia una autenticación nacional. Se trata, sobre todo, del entendimiento de la necesidad de imponer a los consortes pontenciales, el deber de ser conscientes y cautelosos en la elección de su destino, con todo lo que ello implica, para ellos mismos y para los hijos que hayan de procrear.

Las expectativas de vida de nuestra época han cambiado significativamente. Las posibilidades de desarrollo personal y profesional también se han transformado de manera importante, tanto para hombres como para mujeres, sin importar su origen. El desarrollo intelectual, económico, físico y personal de todos los jóvenes debe verse protegido por el Estado a través de la Ley, lo que significa que las posibilidades de crecimiento individual no deben verse truncadas por los efectos que podrían derivar de la asunción de obligaciones derivadas del matrimonio, si este no se entiende o no se contrae de manera mínimamente madura y consciente por cuanto a las consecuencias que produce.

La elevación de la edad para contraer matrimonio constituye una equiparación de dicho acto a muchos otros que la ley obliga, por considerar que la mayoría de edad constituye un elemento imprescindible de la voluntad humana para validar la asunción de la obligación contraída. Si se exige que una persona tenga 18 años para poder consumir libremente una bebida alcohólica, o para contratar la adquisición de un crédito, ¿acaso no es perfectamente válido que la misma edad se exija para contraer matrimonio?

Sin embargo, el requisito acaba por ser un elemento normativo tardío, además de absolutamente insuficiente. El matrimonio, malamente, por la vía del divorcio exprés y la tutela al derecho humano al libre desarrollo de la personalidad, ha caído en un auténtico desuso que mengua su subsistencia. Lo peor de todo, es que la abolición de la institución matrimonial no se ve sustituida por otra que venga a salvar o a conservar los valores que de ella derivaban.

Por mínimo que sea, el requisito impuesto obliga a que la asunción de las cargas matrimoniales que derivan de la realidad humana y de la ley, se asuman en forma más consciente y más respetuosa del desarrollo preliminar que la pareja debe tener, de acuerdo con la realidad contemporánea en la que viven.

Como sociedad, fuera de las instituciones que nos hemos concedido, debemos encontrar, además, la manera de transmitir a los jóvenes aquello que realmente entraña la formación de una familia, no por cuanto a su desarrollo personal, sino en función de la relevancia que la relación de pareja y la consolidación de quienes la conforman conlleva a favor de los niños que nacen de él. Es en el nido de la familia que se gestan los valores individuales y sociales que tanta falta le hacen a una multitud de jóvenes que se han visto superados por la realidad en la que sobreviven. La modificación normativa que comentamos, así, deviene en un cambio totalmente insuficiente.

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