Opinión

Burbuja política

    
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El presidente Donald Trump habla sobre Corea del Norte, durante una reunión informativa en Nueva Jersey. (Reuters)

Esta semana se cumplen diez años de que estalló la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, lo que a su vez fue el inicio de la primera crisis financiera global. En poco tiempo se combinaron la ilusión del crecimiento basado en el crédito al consumo, la avaricia de un sector financiero mal regulado y el deseo de miles de personas de contar con una casa propia. Todos sabían que algo estaba mal: no era lógico que se estuvieran concediendo tantos créditos hipotecarios a personas con mal historial crediticio. Pero como cínicamente decía uno de los irresponsables: “mientras haya música hay que seguir bailando”.

Además de imprudencia hubo prácticas claramente fraudulentas. Convertidas esas deudas en instrumentos bursátiles, no sólo se bailaron a los propietarios de casas, sino a inversionistas institucionales (como los fondos de pensión), a quienes vendieron esos valores tóxicos. Por eso, no sólo tronaron las hipotecarias; estaban en peligro los bancos, las aseguradoras y las financieras que también le habían entrado al zapateado.

Para entonces ya estaba en su apogeo la campaña presidencial, por lo que el asunto se politizó. Aunque los candidatos punteros, Barack Obama y John McCain, quisieron aprovechar a su favor el tema, lo cierto fue que ninguno de los dos sabía cómo resolver el problema en caso de ganar, y esto se hizo evidente en los debates presidenciales. Por eso, la incertidumbre se apoderó de la gente y creció el rechazo hacía toda la clase política.

Ya en la Casa Blanca, para evitar que se prolongara la recesión y colapsara la economía, Obama tuvo que organizar un rescate masivo de casi todo el sector financiero, al tiempo que prometía ayuda a la gente y castigo a los culpables. Finalmente salieron adelante casi todas las hipotecarias (Wachovia, Washington Mutual), los bancos (Citibank, Bank of América), las aseguradoras (AIG) y las inversoras (Morgan Stanley, Lehman Brothers, Goldman Sachs). Con políticas monetarias y fiscales inéditas, la recuperación se logró rápidamente. Mediante la expansión de la oferta de dinero se sorteó el riesgo de una espiral deflacionaria; gracias a un paquete de estímulos fiscales se evitó la caída de la demanda.

En cambio, el apoyo a los afectados nunca llegó. No sólo se quedaron sin sus casas miles de americanos. Cientos de empresas tuvieron que cerrar, casi nueve millones perdieron su empleo, comunidades enteras cayeron en la ruina. El gobierno, que tuvo que restringir su gasto, recortó programas sociales que hubieran paliado la desgracia.

Ciertamente Obama planteó un plan de rescate para los deudores (el Programa de Ayuda a Activos Problemáticos, TARP, por sus siglas en inglés), pero sabiendo que no obtendría los votos necesarios en el Congreso. Para peor, la disputa dio origen al Tea Party, una facción de conservadores fiscales que fue bloqueando todos sus intentos de 'subsidiar a los perdedores'. Al final, la gente se sintió abandonada y su rabia se dilató al constatar que ni uno solo de los abusivos acabó en la cárcel. Muy por el contrario, siguieron recibiendo sus estratosféricas compensaciones. Los bancos, que Obama aseguró que serían partidos para evitar que el deterioro de uno impactara a todo el sistema, no fueron tocados. La ley Dodd Frank para regularlos se aprobó hasta 2010 y pronto empezó a ser desobedecida.

Surgieron entonces los movimientos We are the 99% y Occupy Wall Street, que durante un tiempo tuvo tomado un parque cercano a la bolsa de Nueva York. De esas fuerzas se alimentó el año pasado la candidatura de Bernie Sanders, pero también la de Donald Trump, que de alguna forma convenció a muchos de que en la Casa Blanca se necesitaba alguien ajeno a esa clase política, que se puso del lado de los malos y no fue sensible a su desventura.

APRENDIZ FRACASADO
Lo irónico de todo esto es que un año antes de que la burbuja de las hipotecas subprime reventara, cuando todos los analistas advertían que eso no podía durar y que pronto se acabaría la danza, Trump estableció una correduría para vender préstamos residenciales. En su blog escribió: “si eres el tipo de persona que toma ventaja de las situaciones positivas cuando se presentan, aprovéchalas mientras duren”. Incluso creó la Trump University para dar seminarios de tres días a futuros promotores. Año y medio después cerró la firma, dejando cuentas pendientes y culpando del fracaso a sus ejecutivos.

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