Opinión

Brexit, juego de sordos

 
1
 

 

brexit

El Brexit fue un juego de sordos. La mayoría de la prensa y los políticos ingleses desecharon las quejas de grupos que sufrían verdaderamente y querían un cambio por el costo que tenía la inmigración en sus vidas.

Nadie tomó en cuenta esas quejas de viejos o pobres que sentían que su nivel de vida había empeorado.

Los dejaron fuera porque supusieron que el voto para salir de la Unión Europea no tendría capacidad de ganar. El camino que las élites defendían parecía seguro. Que callen y trabajen, o que callen y vuelvan a jugar backgammon con otros retirados.

No he visto a casi ningún analista de fuera de Inglaterra dar por válidas esas protestas. No la xenofobia, a la que parece haberse reducido el discurso, sino el miedo de las personas a que el futuro, de seguir en la UE, sea idéntico al presente que tienen, donde no son más que ciudadanos desplazados a los que los políticos vuelven cuando necesitan un voto.

En un texto en The Intercept, el periodista Glen Greenwald cuestionó la miopía y el desdén de las élites políticas e intelectuales británicas hacia los millones de personas que se quejaban del estado de cosas. La reacción inmediata tras el triunfo del voto de salida estuvo en la misma línea de cuestionar la ignorancia, xenofobia e intolerancia de la gente mientras se evadían las responsabilidades propias de la dirigencia.

“Prácticamente todas las reacciones (…) hacen hincapié en las profundas fallas del establishment occidental”, escribe Greenwald. “Estas instituciones han dado lugar a una miseria y desigualdad generalizadas, sólo para arrojar desprecio condescendiente sobre sus víctimas cuando ellas objetan”.

Es de una tristeza grave que los dirigentes hayan dejado de mirar a sus representados porque mina a la democracia representativa. En un texto en Los Angeles Times, Vincent Bevins recuerda que esto no es nuevo sino que desde 1980 las élites de los países ricos han tomado todas las ganancias para ellos y actuado con desgano ante los reclamos de los menos favorecidos. Allí hay que buscar las razones de la incubación del Brexit o de Trump y otras experiencias populistas en el mundo, América Latina y México: en respuestas equivocadas a reclamos legítimos de la ciudadanía que las élites urbanas han desoído por demasiado tiempo.

En The New Statesman, el filósofo Michael Sandel afirma: “Una larga proporción de votantes de la clase trabajadora siente que no sólo la economía los dejó atrás sino también la cultura, que las fuentes de su dignidad, la dignidad del trabajo, han sido erosionadas y burladas por la globalización, por el auge de las finanzas, la atención que los partidos políticos han dado a las élites financieras y el énfasis tecnócrata de esos partidos”.

Los políticos británicos (y esto puede extenderse a otras clases políticas en el mundo) están pecando, junto con las élites, de sesgo de confirmación. Ven lo que desean ver. Buscan la profecía positiva auto cumplida atendiendo sólo a las señales que reafirmarán sus creencias, disminuyendo el peso de visiones conflictivas.

Cuando los políticos fallan en observar a las bases, las bases se rebelan y lo hacen cada vez más y con más frecuencia porque, merced a la tecnología, es más fácil interconectarse y actuar en menos tiempo, de manera más amplia y con menos obstáculos que antes. Anotemos ese detalle para cuando debamos gestionar la cosa pública. El oído, en las demandas de las personas, es imprescindible.

Opine usted: rogozinski@mitosymentadas.com

Twitter: @JaqueRogozinski

También te puede interesar:
Consecuencias indeseadas de demandas racionales (II)
Consecuencias indeseadas de demandas racionales (I)
Trump, el camaleón macho