Opinión

Brecha entre ricos y pobres, problema apremiante


 
 
En las últimas décadas el mundo ha visto un innegable proceso de polarización del ingreso. En mi opinión, éste se debe a procesos inevitables relacionados con la globalización de la economía y la adopción de nuevas tecnologías, procesos que son irreversibles y, en el fondo, extremadamente positivos para la humanidad. Los aspectos negativos de esta tendencia provocan diagnósticos equivocados, como acusar a las “políticas neoliberales”, y generan reacciones tan peligrosas como contraproducentes. Creo que no se está entendiendo la esencia del problema.
 
El surgimiento de herramientas como la Internet y de procesos estandarizados como los ISO, ha permitido que la oferta laboral de países densamente poblados como China, la India, Brasil o México reduzca la capacidad de negociación de trabajadores no calificados en países desarrollados. Sin embargo, la combinación de mano de obra barata con tecnología de punta y procesos productivos eficientes ha llevado a que en Estados Unidos el precio de bienes duraderos haya bajado 14 por ciento en los últimos 15 años, a pesar de que los precios en general han aumentado 42 por ciento. Hoy, hay muchos trabajadores afectados por salarios estancados, pero que a pesar de ello tienen acceso a bienes que antes no soñaban tener, desde televisores de pantalla plana hasta automóviles confiables.
 
Evidentemente, no defiendo que sea deseable que los salarios no mejoren. Sin embargo, me parece un error hacer que éstos aumenten por decreto, sin darle la importancia debida a procesos de entrenamiento y capacitación que permitan que los trabajadores tengan mayor capacidad de agregar valor, para así poder ganar mejores ingresos en forma sostenible. En mi opinión, el gran problema de los esquemas económicos modernos, particularmente en países no industrializados, está en que se da muy poco peso a la productividad, inversión e investigación como vehículos para ganar competitividad. Por otro lado, se da mínima atención al desarrollo de la capacidad de la población para emprender e ínfimo apoyo para que tengan herramientas de financiamiento, asesoría y ayuda para que logren éxito al hacerlo.
 
En general, hay poca comprensión de que muchos de los empleos que se han perdido, particularmente en países industrializados, han desaparecido permanentemente. La tecnología evolucionó y la forma de hacer las cosas es distinta. Este cambio se acelerará conforme los procesos de digitalización en la fabricación de manufacturas tengan el mismo impacto industrial que tecnologías similares tuvieron en la producción y venta de libros y de música, o en los diarios y revistas. Esta es una revolución que apenas empieza.
 
Por otro lado, los sistemas educativos presentan enormes deficiencias pues son incapaces de reaccionar a las demandas del mercado laboral. Hay un déficit colosal de habilidades concretas que este último demanda. México gradúa a alrededor de 3.6 millones de jóvenes de educación superior al año, para los que se generan 300 mil empleos, y a la vez, los empleadores consideran que tienen gran dificultad para encontrar candidatos para 40 por ciento de las vacantes que tienen. Tenemos un sistema educativo que gradúa sicólogos, politólogos, antropólogos, diseñadores gráficos y comunicadores que acabarán trabajando en cosas lejanas a su formación, mientras que los puestos para programadores de computación e ingenieros permanecen vacantes. Mientras tanto, hacemos una reforma educativa cuyo gran logro es convencer a los maestros de que se dejen evaluar, aunque incluso una pésima evaluación no provocará despidos. Tenemos una epidemia de malaria y nuestra solución es repartir termómetros. Como dice Blanca Heredia, habría que medir a las universidades por el número de graduados que consiguen empleo en áreas afines a su estudio, cuando terminan la carrera.
 
Por si fuera poco, las clases medias se han encogido en países desarrollados. De acuerdo al centro Pew, en 1971 vivía 61 por ciento de los adultos en hogares de clase media en Estados Unidos; para 2011, ya sólo eran 51 por ciento. Buena parte de la pérdida en ingreso relativo se compensó con endeudamiento y es éste el que ha paralizado la capacidad de consumo de países desarrollados, después de la crisis de 2008. Sin embargo, los ricos se beneficiaron de los bajos precios de activos como casas y acciones de empresas (y de las políticas de estímulo monetario), por lo que han salido de la crisis mucho más ricos que antes. No es su culpa, han hecho lo que era racional hacer, y la toma de riesgo ha sido premiada. Sin embargo, la creciente polarización crea resentimiento. Como dijo Aristóteles, “las sociedades donde domina la clase media son estables y decentes, los ricos tienden a ser arrogantes y descuidados, mientras que quienes están económicamente inseguros son resentidos y destructivos”.
 
Países como Israel han tenido enorme éxito al instaurar un servicio militar de cuatro años obligatorio para jóvenes de todas las clases sociales; éste provee clara movilidad social para quienes provienen de familias pobres pues reciben capacitación práctica y se relacionan con jóvenes de familias más acomodadas. En México, la convivencia entre unos y otros es nula, y el racismo y la segregación son evidentes.
 
La creciente brecha entre ricos y pobres se da por razones claras que tienen que ser atacadas con sistemas educativos eficientes, capacitación, mejor infraestructura, un Estado de derecho justo y gasto social efectivo. Existe un enorme riesgo de que se haga el diagnóstico equivocado y se piense que la solución está en un gobierno más grande y con mayores facultades redistributivas. Es esa la narrativa que llevó al flamante alcalde de Nueva York a ganar la elección, y esa ciudad pagará las consecuencias.