Opinión

Brasil y el caso Dilma, nuevo golpismo en América Latina

 
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Dilma y Lula

“Pude haber cometido errores, pero no cometí crímenes”. Con esta sentencia, Dilma Rousseff se defendió el pasado jueves 12 de mayo de uno de los espectáculos más lamentables de la política reciente en América Latina.

A Dilma Rousseff sus adversarios no pudieron derrotarla en las urnas, en dos ocasiones, y decidieron articular un golpe legislativo, a todas luces ilegítimo, bajo el pretexto de castigarla por presuntas irregularidades en el manejo fiscal, pero sin tener una sola prueba de corrupción o de malversación de fondos públicos.

La corrupción estaba del lado de quienes la juzgaron. La cleptocracia de los distintos partidos de oposición de Brasil no querían enmendar los grandes escándalos que los involucran sino cobrarle la factura a Rousseff y, de paso, acabar por la vía del golpe institucional con 13 años de gobiernos del Partido del Trabajo, el mismo movimiento que encabezó Lula da Silva y que transformó el panorama de Brasil en la última década.

En poco más de una década, 43 millones de brasileños dejaron la pobreza extrema. La economía avanzó. En estos momentos se encuentra en un ciclo recesivo, derivado de la caída de las materias primas, especialmente del petróleo.

La inflación se ha disparado a 6.0 por ciento y la economía se contrajo en 3.8 por ciento, pero eso no fue responsabilidad de un gobierno sino de un modelo global que condena a los países a depender de las fluctuaciones de la especulación internacional.

Junto con la crisis económica se sumó la revancha política de los adversarios del PT, los enemigos de la diversidad política, la élite de un racismo que discrimina de manera sutil, quienes no soportaban tener una mujer al mando del Estado, y la conjunción de los intereses más oscuros, cobijados por los grandes consorcios televisivos y los medios dominantes del poder económico, como O’Globo.

Al consumarse la sucia revancha, Rousseff ha resumido su trayectoria de mujer valiente con estas palabras: “He sufrido el dolor indecible de la tortura, la dolorosa angustia de la enfermedad, ahora sufro el dolor innombrable de la injusticia, víctima de una farsa”.

Con este golpe, la derecha brasileña pretende imponer un programa que no fue votado en las urnas. No perdonan a Dilma y a Lula haber sacado a millones de sus compatriotas de la pobreza.

Las primeras medidas anunciadas por el presidente interino, Michel Temer, dan una idea de lo que más les molestaba a sus adversarios del modelo gubernamental del PT. En primer lugar, desaparecieron las mujeres de un gabinete conformado por 23 integrantes. Ahora todos son blancos y varones.

La organización Wikileaks dio a conocer cables informativos que relacionan a Temer como informante de la CIA en Estados Unidos. Uno de esos cables, enviados en 2006, afirma que Temer, presidente nacional del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) “cree que la desilusión política con el presidente Lula y el Partido de los Trabajadores proporciona una oportunidad para que el PMDB presente su propio candidato a las elecciones presidenciales” de ese año.

El viernes 13, un día después del golpe institucional, el nuevo ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, un banquero de 70 años con fama de implacable, anunció recortes, reformas, adelgazamiento de la estructura pública.

“La sociedad brasileña está madura para medidas de ajuste”, afirmó Meirelles. Así hablan los implacables tecnócratas cuando se trata de recortar los avances en materia de redistribución social.

Frente a este escenario, Dilma salió del Palacio de Planalto por la puerta del frente, abrazada y ovacionada por el pueblo y ha prometido seguir luchando. En esa lucha, que es la lucha del pueblo del Brasil, estamos al lado de Dilma, de Lula y del Partido de los Trabajadores.

La autora es senadora de la República.

Twitter: @Dolores_PL

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