Opinión

Brasil camina

 
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Dilma Rousseff

“Existe un fuerte apoyo para los Juegos Olímpicos en Brasil y anhelamos trabajar con el nuevo gobierno para lograr una olimpiada exitosa este verano”: Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional.

Rousseff ha sido suspendida para ejercer como presidenta por al menos 180 días por el voto a favor de 55 senadores y 22 en contra. (Se necesitaban 41). Tiene seis meses para preparar su defensa. Intentará llevar su caso a la Suprema Corte, pero hay indicios de que el Tribunal Supremo no actuará, por lo que se espera que en octubre o noviembre, mediante un voto de dos terceras partes del Senado, será desaforada.

Contra lo que pudiera pensarse, Brasil no se colapsará económica, política o socialmente. El analista de Sao Paulo, Ricardo Sennes, me aclara: “la democracia más grande de América Latina está de pie y funciona. Nuestro Poder Ejecutivo no es ya necesariamente más fuerte que el Legislativo o el Judicial.” Tras 27 años de haber concluido el régimen militar, Brasil celebra elecciones periódicas, padece recurrentes manifestaciones y mantiene un descentralizado complejo de medios de comunicación independientes. Según reconocidos índices de medición de gobernanza como Polity IV y Freedom House, Brasil es una democracia consolidada con niveles casi perfectos de libertades civiles y derechos políticos.

Los mecanismos de balance de poder son fuertes. Estos checks and balances de las instituciones brasileñas, a diferencia de otras democracias en América Latina, no favorecen un sistema presidencialista. Los tres poderes han respetado y seguido el debido proceso del impeachment de Dilma, evidenciando su apego a la división de poderes. Independientemente de los múltiples casos de corrupción, las instituciones y prácticas políticas están en marcha.

Con 25 partidos en la Cámara baja y 17 en el Senado, es difícil construir una mayoría en cualquiera de las cámaras legislativas. Cuando Luiz Inácio Lula da Silva llegó al poder en 2003, logró una gran coalición que abarcó partidos de izquierda, centro y derecha. Este tipo de coalición fue posible gracias a la extraordinaria destreza política de Lula.

No obstante, bajo Dilma la coalición se fue fragmentado hasta llegar al punto de destituirla.

El futuro del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula y Dilma es incierto, pues aunque cuenta con 20 por ciento del apoyo popular, será difícil que llegue como líder de una coalición a las elecciones de 2018. Desde la campaña de reelección de Rousseff en 2014, su base popular se encontraba debilitada. Con los casos de corrupción que han azotado al gobierno brasileño, el PT tendrá que regenerar la confianza de su electorado.

El vicepresidente Michel Temer del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) será ungido presidente interino hoy viernes. Cuenta con un bajísimo apoyo popular —tan sólo 1.0 por ciento de los brasileños votaría por él en 2018.

A pesar de la baja popularidad de Temer, Sennes considera que su ascenso implica mejores expectativas económicas. Su prioridad será reactivar la castigada economía que se contrajo el año pasado 3.5 por ciento y perdió 1.5 millones de empleos. El presidente interino tiene dos grandes prioridades: controlar los niveles de deuda y recuperar la confianza de los inversionistas. Su capacidad de negociar con el Congreso será clave para salvar los primeros obstáculos: un ajuste fiscal, reformas al Presupuesto y la regulación del empleo.

Hay una legítima preocupación por conservar los importantes avances en materia social. De 2003 a 2014 la clase media brasileña se incrementó de 66 a 113 millones. Ese año cerca de 58 por ciento de la población se encontraba en el sector laboral formal y más de la mitad de la población tiene acceso garantizado a internet. Brasil es uno de los países del mundo que más gasta en programas sociales
—15 por ciento del PIB en 2012.

Tras haber ganado las elecciones de 2003, Lula declaraba frente al Congreso: “si al final de mi mandato todos los brasileños tuvieran la posibilidad de desayunar, comer y cenar, habré cumplido con la misión de mi vida.” A través de transferencias monetarias condicionadas
—Bolsa Familia— se beneficiaron a 11 millones de familias reduciendo en 45 por ciento el número de pobres y en 47 por ciento el número de personas en pobreza extrema.

Se espera que Temer no toque a los programas sociales en sus modificaciones presupuestales.

Brasil ha sorteado muchos contratiempos en sus historias y a menudo los ha superado con creces. Temer y quien llegue a la presidencia en el 2018, tendrán que apostar por políticas económicas que impulsen la innovación, una infraestructura más flexible y una mayor inmersión en la economía internacional.

Tendrán, además, que consolidar la política social para que Brasil siga siendo un campeón mundial en programas contra la pobreza.

Mi cálculo es que en agosto tenemos una Olimpiada exitosa y Brasil empezará a dejar de lados sus pesadillas políticas y se encaminará a la recuperación económica.

Twitter: @RafaelFdeC

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