Opinión

Brasil 2014: del carnaval a la triste realidad

En octubre de 2007, cuando la FIFA designó a Brasil como sede de la Copa Mundial de Futbol 2014, en presencia del presidente Lula da Silva, los brasileños festejaron como si fuera época de carnaval, con fiestas, fuegos pirotécnicos, miles de globos verdes y amarillos y, por supuesto, música y baile. Símbolos de Río de Janeiro como el Maracaná, el Cristo del Corcovado y el Pan de Azúcar lucieron banderas brasileñas y camisetas gigantescas del uniforme de la selección. Los partidos de oposición también celebraron. Incluso los candidatos a las elecciones presidenciales de 2010, Serra y Neves, formaron parte de la delegación que viajó a Zurich para apoyar a su país.

Para Lula, obtener la sede del mundial en 2014 y de las olimpiadas en 2016 representaba un éxito geopolítico, la demostración de que Brasil podía pasar de ser un líder regional a ser una potencia mundial. Se convertía por fin en el “país del futuro” del escritor Stefan Zweig: era el darling entre los inversionistas y su carismático presidente, un ejemplo. Su gobierno mostraba cómo la izquierda, a pesar de instrumentar medidas económicas de mercado, heredadas de su antecesor, podía encaminarlas al desarrollo y en beneficio de la población menos favorecida del país. En octubre de 2007, el ánimo nacional y la situación económica en Brasil era muy diferente a la que se enfrenta ahora. Había credibilidad y confianza en la economía. Con un crecimiento de casi cinco por ciento, desempleo bajo, reservas en aumento, inflación controlada y disminución de la deuda pública, el gobierno dedicó recursos a programas que permitieron sacar de la pobreza a cerca de diez por ciento de la población. Ante este panorama, Brasil contrajo costosos compromisos con la FIFA, como remodelar estadios o construir nuevos e invertir en la infraestructura aeroportuaria y de transporte necesarias para recibir a miles de turistas. Lula anunció que se destinarían 10 mil millones de dólares con esa finalidad. La idea era que dichas obras serían una inversión a largo plazo, fuente de empleo y catalizador del desarrollo.

Como han mostrado otras justas deportivas, como los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004 o los de Londres en 2012, es un error pensar que la organización de estos actos magnos es redituable para activar la economía. Muy pronto los brasileños se dieron cuenta de este error. La gloria y satisfacción de haber conseguido dos importantes eventos deportivos dio lugar a la frustración y enojo por los altísimos costos en la construcción de los estadios, la corrupción que trajo aparejada, el alza en los precios y, para rematar en el orgullo nacional, los “regaños” públicos de la FIFA. En pocos años, Brasil dejó de ser el niño mimado de la prensa internacional. Por el contrario, ésta se ha ensañado al mostrar todos los errores y deficiencias en los preparativos para el Mundial.

Estadios y aeropuertos sin terminar, instalaciones para los medios incompletos, red de telecomunicaciones improvisada, transporte masivo inexistente y protestas continuas en las ciudades sedes, muchas veces violentas. De acuerdo con la encuestadora Datafohla, en 2007 el 79 por ciento de la población apoyaba la celebración del Mundial; ahora ha caído a 48 por ciento. No sólo los medios se han referido a los problemas, también las instituciones financieras y las calificadoras han expuesto un panorama económico con mayores riesgos. El crecimiento se ha desacelerado y los pronósticos no son optimistas, debido a los bajos niveles de competitividad, ahorro e inversión y la presión inflacionaria. Incluso las políticas fiscales recientes han puesto en entredicho la sostenibilidad del marco fiscal.

Estoy segura que como nos caracteriza a los latinoamericanos, el día de la inauguración saldrá todo perfecto. Sin embargo, sería una lástima que la sede del mundial, tan buscada para mostrar lo mejor de Brasil, tuviera resultados contrarios y los turistas se encontraran tan solo con la triste realidad.