Opinión

En educación, borrón
y cuenta nueva

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CNTE

Podemos afirmar con certeza que México no se puede desarrollar si no cambia radicalmente su estructura educativa, y todos los estudios confirman que nada hay más importante en el proceso de educar que la calidad del maestro. Se requiere de cambio a todos los niveles. Nuestro país no cuenta siquiera con una universidad que esté entre las primeras 150 del mundo, o entre las primeras cinco de América Latina (http://www.topuniversities.com), pero los doce años de educación pública preuniversitaria son lo más urgente.

Recientemente, manifestantes de la CNTE doblegaron al gobierno para que éste diera marcha atrás en su reforma educativa, accediendo a darle al estado de Oaxaca control sobre el presupuesto educativo, y a pagarle a miles de aviadores que reciben una compensación sin pararse frente a un salón de clase. El control presupuestal y la posibilidad de censar y evaluar a los maestros eran logros mínimos de la reforma, un primer pasito ante el maratón que necesitamos recorrer para fraguar un sistema educativo moderadamente decoroso. Ni ése logró sostenerse.

La Federación le teme, con razón, a un enfrentamiento con millón y medio de “maestros” agremiados. A pesar de la constante concesión de todo lo solicitado y de la flagrante compra del liderazgo magisterial, crece el riesgo ante el surgimiento de agrupaciones más extremas, como la CETEG, que amenaza con impedir la celebración de elecciones en Guerrero. Las habrá, pero el gobierno federal tendrá que sobornarlos con otro cañonazo de billetes.

Gobiernos sucesivos han sentado precedentes crecientemente insostenibles. Cada vez cuesta más cara esa paz. La claudicación es vergonzosa pues empeña el futuro de millones de niños que, aun si esos “maestros” dieran clase, recibirían una educación mínima que les anticipa una vida de mediocridad.

No pretendo decir que ningún maestro del SNTE o la CNTE es bueno o tiene vocación magisterial. Pero, aún quien la tuviera carece de condiciones básicas para ofrecer una educación internacionalmente competitiva.

Enfrentamos una terrible disyuntiva, dejar que los sindicatos se impongan y resignarnos al continuo deterioro del ya paupérrimo nivel educativo, o si reformas como la reciente prosperan, ver un sistema apenas aceptable en un par de generaciones. Nada ocurrirá más rápido que eso. ¿Aguanta la paz social de México? ¿Moralmente podemos sacrificar a millones de niños en ese lento trayecto porque no nos atrevemos a enfrentar el problema?

Pensemos en propuestas extremas. Quizá ha llegado el momento de un “borrón y cuenta nueva”. Asumamos que la única forma de quitarnos de encima a estos sindicatos crecientemente poderosos es comprándoles de golpe las plazas por las que ellos pagaron. Estimo que ese pago equivaldría a alrededor de 25 mil millones de dólares, 2.0 por ciento del PIB, presupuestemos el doble para que les convenga, 4.0 por ciento del PIB. Hagamos un pago por encima de la mesa que acabe de tajo con todos los que ocurren por debajo de ésta. Al hacerlo, sin embargo, podríamos echar a andar de cero un sistema educativo de primer mundo, sin legados crecientes o lastres imposibles. Pero, dejando claro que habrá cero tolerancia a nuevas presiones para concesiones adicionales.

Ahora podríamos utilizar la totalidad del presupuesto educativo, alrededor de 50 mil millones de dólares anuales, para un nuevo sistema. Calculo, a ojo, que si gastáramos 100 por ciento del presupuesto en educación y ya no en pagos a cúpulas sindicales u otros desvíos, eso equivaldría a por lo menos doblar el presupuesto actual en términos reales.

Aprovecharía para lanzar en paralelo un programa de escuelas públicas-privadas. Como ha ocurrido en Estados Unidos, donde también enfrentan a un complejo sindicato magisterial. Estas charter schools introducen un elemento de competencia en el sistema, y son un punto de referencia. Con estadísticas transparentes, buscan atraer más alumnos contratando mejores maestros. Logran mejores resultados gastando menos por alumno que las escuelas públicas. Sus alumnos “pagan” por los servicios de esas escuelas con un sistema que les permite elegir, y ejercer su derecho constitucional a una educación pública pagando con “vales” una escuela “privada”. Estas últimas, o las nuevas escuelas públicas, podrían recontratar a maestros actuales que sí quieran enseñar, pero en condiciones contractuales absolutamente diferentes, pagando mejor y dando incentivos transparentes a la calidad y al mejoramiento profesional.

Pensemos que esta solución se financiara con deuda pública. Sería posible pagarla fácilmente con los ingresos fiscales que provendrán de creciente inversión nacional y extranjera en un país con una población mejor educada, con mejores calificaciones profesionales y capaz de generar demanda creciente. México entraría en una trayectoria de crecimiento radicalmente diferente. Crecería exponencialmente el valor presente de la generación futura de riqueza.

Quizás esta propuesta sea el epítome de la inocencia, pero me rehúso a pensar que no existe solución que le quite el yugo de encima a millones de niños mexicanos que tienen derecho a soñar con movilidad social y con oportunidades para una vida decorosa.

Twitter: @jorgesuarezv

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