Opinión

Borrando fronteras

 
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Borrando fronteras.

“El arte solo tiene sentido en una sociedad e inmerso en un contexto, en el diálogo con éste y con la historia del mismo”.
Gabino Rodríguez

La Entropía, definida por Smithson, es la inevitable descomposición y transformación de la materia a través del tiempo. Pero también existe otro tipo de Entropía, la que sucede en el tejido social, a través de la violencia, la opresión, la decadencia… un concepto útil, por dos razones, para hablar de la obra de teatro Tijuana, de la compañía Lagartijas Tiradas al Sol: la primera, porque ilustra la descomposición de algo que ni siquiera ha acabado de formarse: la pseudo democracia en México.

La segunda, porque hace referencia a Abraham Cruz Villegas, artista mexicano y conocedor a fondo de la obra de Robert Smithson.

El teatro, y sobre todo el teatro independiente, es de una escala que tiene que ver con lo artesanal, propicia el encuentro del público con una experiencia íntima, de ahí, quizá, la relación natural con el arte visual.

Una primera sorpresa al ver Tijuana radica en el intento de desvanecer la frontera entre distintas disciplinas del arte; entre literatura, arte visual, performance, video y teatro; entre ficción y documental. No es común -sobre todo en México- que estas disciplinas abreven una de la otra.

Tijuana, Veracruz y Santiago Amoukalli forman parte de un proyecto más grande: La Democracia en México 1965 -2015, que se divide en 32 partes (una por cada estado), de las cuales éstas son las tres primeras, de la multipremiada Lagartijas Tiradas al Sol, compañía fundada en 2003 por Luisa Pardo y Gabino Rodríguez, quienes escriben, producen y dirigen sus propias obras, para lo cual recurren a distintos colaboradores, algunos de ellos provienen de las artes visuales. Es de celebrarse que la compañía esté principalmente conformada por un hombre y una mujer y, como dice Rodríguez: “Digamos que nuestras obras son los residuos de nuestras batallas”. Y ¿qué gran pareja no construye sobre estos residuos? La magia radica en edificar sobre ellos, me imagino que sin proponérselo, y naturalmente Rodríguez y Pardo llegaron a la severa y complicada frontera del género.

¡Enhorabuena!

En Tijuana, Rodríguez se representa a sí mismo, insertándose en un contexto muy diferente al suyo. El único actor en escena cuenta como le surgió y qué motivó la idea de irse por seis meses a Tijuana, haciéndose pasar por Santiago Ramírez, a trabajar en una maquiladora para experimentar en carne propia lo que significa vivir con el salario mínimo.

El teatro que propone Lagartijas Tiradas al Sol es siempre una mirada a la realidad en primera persona. En este caso una realidad inescapable para más de 10 millones de trabajadores en nuestro país.

También otras fronteras que se hacen evidentes viendo la obra: la frontera entre interpretar a otro y a sí mismo, la ficción y el documental, el actor y el no actor, la de las distintas formas de narrar, entre uno y otros, entre ellos y nosotros, entre imposibilidad y posibilidad, entre el que puede y el jodido, entre el barrio y el barranco, entre los que deciden y los que padecen esas decisiones, y ¿qué mejor lugar en el mundo para hablar de fronteras que Tijuana?

La obra perturba, molesta, inquieta: Ramírez acomodando limones sobre tabiques, haciendo cuentas sobre cómo sobrevivir con 73 pesos al día, o el trazo del tamaño asfixiante de su cuarto, o la narración del linchamiento a un supuesto violador, o cuando se derrumban las casas del barranco, o el corrido sobre la verga y una magistral secuencia de baile final.

Así vivimos, en la entropía y descomposición de la realidad, no en la puesta en escena de los cubos blancos impecables de las galerías. Tijuana representación o realidad es opresión, dolor e inequidad.

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