Opinión

Borges

 
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Borges.

Gil deambulaba por el amplísimo estudio pensando en algunos de los temas de la semana que baja el telón: un mataperros en la Condesa, una degolladora en Chimalhuacán, un delegado de la Cuauhtémoc parecido a Clavillazo, un gobernador independiente de Monterrey que le agradece en público a su caballo Tornado, unos antorchistas que colapsan la ciudad de México, en fan, en fon.

Gamés caminó sobre la duela de cedro blanco y llegó a la mesa en la cual apila los libros que sin ser novedades los son siempre, más allá del presente. Se trata de las famosas seis conferencias de Borges pronunciadas en inglés en la Universidad de Harvard en los años de 1967 y 1968. Un Borges en plenitud de facultades. Se han cumplido 15 años de la publicación de ese libro en la editorial Crítica en traducción de Justo Navarro y con prólogo de Pere Gimferrer. Gilga subrayó con marcador naranja para que nunca se borrará del papel su énfasis de lector emocionado. Gil arroja un puñado a esta página del fondo.

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Creo que fue Emerson quien escribió en alguna parte que una biblioteca es una especie de caverna mágica llena de difuntos. Y esos difuntos pueden renacer, pueden ser devueltos a la vida cuando abrimos sus páginas.

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¿Qué es un libro en sí mismo? Un libro es un objeto físico. Es un conjunto de símbolos muertos. Y entonces llega el lector adecuado, y las palabras –o, mejor, la poesía que ocultan las palabras, pues las palabras solas son meros símbolos– surgen a la vida, y asistimos a una resurrección del mundo.

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En una de sus muchas cartas, Séneca escribió contra las bibliotecas grandes y, mucho después, Schopenhauer escribió que muchos confunden la compra de un libro con la compra del contenido de un libro. Alguna vez, cuando miro los muchos libros que tengo en casa, siento que moriré antes de terminarlos, pero no puedo resistir la tentación de comprar nuevos libros. Siempre que voy a una librería y en encuentro un libro sobre mis aficiones, me digo: “Qué lástima que no pueda comprarme este libro, pues tengo ya un ejemplar en la casa”.

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Si pensamos en la novela y la épica, nos vemos tentados a pensar que la principal diferencia estriba en la diferencia entre verso y prosa, entre cantar y exponer algo. Pero pienso que hay una diferencia mayor. La diferencia radica en el hecho de que lo importante para la épica es el héroe: un hombre que es un modelo para todos los hombres. Mientras, como Mencken señaló, la esencia de la mayoría de las novelas radica en el fracaso de un hombre, en la degeneración del personaje.

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Los poetas parecen olvidar que, alguna vez, contar cuentos fue esencial y que contar una historia y recitar unos versos no se concebían como cosas diferentes. Un hombre contaba una historia, la cantaba; y sus oyentes no lo consideraban un hombre que ejercía dos tareas, sino más bien un hombre que ejercía una tarea que poseía dos aspectos.

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Quizá yo sea un hombre anticuado del siglo XIX, pero soy optimista y tengo esperanza: y, puesto que el futuro contiene muchas cosas –quizá el futuro contenga todas las cosas–, la épica regresará a nosotros.

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Me figuro que una nación desarrolla las palabras que necesita. Esta observación, hecha por Chesterton, equivale a decir que la lengua no es, como el diccionario nos sugiere, un invento de académicos y filólogos. Antes bien, ha sido desarrollada a través del tiempo, a través de mucho tiempo, por campesinos, pescadores, cazadores y caballeros. No surge de las bibliotecas sino de los campos, del mar, de los ríos, de la noche, del alba.

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Me considero esencialmente un lector. Como saben ustedes me he atrevido a escribir; pero creo que lo que he leído es mucho más importante que lo que he escrito. Pues uno lee lo que quiere, pero no escribe lo que quisiera, sino lo que puede.

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Somos mortales porque vivimos en el pasado y en el futuro: porque recordamos un tiempo en el que no existimos y prevemos un tiempo en el que estaremos muertos.

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Le doy vueltas a una idea: la idea de que, a pesar de que la vida de un hombre se componga de miles y miles de momentos, esos muchos instantes, esos muchos días pueden ser reducidos a uno: el momento en que un hombre averigua quién es, cuando se ve cara a cara consigo mismo.

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Pienso que la felicidad del lector es mayor que la del escritor, pues el lector no tiene que sentir preocupaciones ni angustia: sólo aspira a la felicidad. Y la felicidad cuando eres lector, es frecuente.

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Me han preguntado por qué nunca he intentado escribir una novela. La pereza, por supuesto, es la primera explicación. Pero hay otra. Nunca he leído una novela sin cierta sensación de aburrimiento: Las novelas incluyen material de relleno; creo, por lo que sé, que el material de relleno puede ser una parte esencial de la novela. Pero he leído y vuelto a leer una y otra vez muchos relatos breves. Entiendo que en un relato breve de, por ejemplo, Henry James o Rudyard Kipling podemos encontrar tanta complejidad –y de un modo más agradable– como en una larga novela.

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Sí, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los meseros acercan la charola en la cual reina un Glenfiddich 15, Games pondrá a circular esta frase de Borges en el mantel tan blanco: “Creo que en poesía, la emoción es suficiente. Si hay emoción ya es bastante”. Así para toda la literatura, añade Gilga.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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