Opinión

Bonifaz Nuño, Pacheco

Fernando Curiel

Para Paloma Huerta y Cristina Pacheco

Se admite ya, por el roer del tiempo, por las bajas numerosas, pero asimismo por la falta de inventiva y riesgo, combinación fundamental, que el aparato burocrático de la cultura, constreñido por años al Instituto Nacional de Bellas Artes y a la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM, pero hoy de vastas proporciones, se guía esencialmente por el calendario. Lo que yo he llamado, en artículo anterior, “El golpe avisa”.

Por el contrario, la tarea de la crítica, de la institucional a la radical, se hospeda en la configuración de una agenda propia, marcada, sí, por las fechas pero, digámoslo, meta-efeméride.

Bienvenidos, sí, los rituales, los homenajes, las palabras en los libros de condolencias abiertos aquí y allá (género que a lo mejor ya reclama su antología, ¡vaya sorpresas que nos llevaremos!), las veladas memoriosas, las lecturas corales, la cancelación de sellos de correos, etcétera, etcétera; pero de lo que hablo es de una programación a fondo, contra-programación gestual si se quiere.

El verdadero acto recordatorio; el que reinserta la obra del finado en la corriente viva, contradictoria, luces y sombras, paradojal, de la actualidad. Antes de brindar gustoso algunos “tips” sobre el particular, me detengo en mi relación con Rubén Bonifaz Nuño y José Emilio Pacheco; el primero fallecido un año atrás, el segundo recientemente.
Gran poeta Rubén, de duro tronco y follaje clásicos. Prolífico poeta José Emilio, de tronco también clásico, pero de follaje mecido por las causas de nuestro tiempo: polución, derechos animales y humanos y ambientales, hacinamiento urbano, racismo, oleadas migratorias, etcétera. Ambos determinantes en otro de los caudales de nuestra cultura literaria y no sólo literaria: la traducción
Adelanto, sí, que a la memoria hay que darle una ayudadita; sobre todo si de lo que tiene que informar es de tiempos abigarrados, pletóricos. La magdalena de Proust despliega, abre, articula, encuentra, localiza el universo de El tiempo perdido.

Yo, a la mía, dividida entre Taxco, Guerrero, y Chilangolandia, salpimentada por Londres, París, Madrid, Nicaragua, San Antonio, Grecia incluido el a-turístico Peloponeso, Austin, la “territorializo”.

Quiero decir, la arponeo en sitios, edificios, lugares, atmósferas. En la pura abstracción, en la evocación a secas, no prende vuelo; más bien, como ciertos toros a la hora de la suerte, se amorcilla. A ver quién la mueve.

Bajo este enfoque, mi amistad con Rubén Bonifaz Nuño, que duró hasta el final, la contemplo “intramuros”; la de José Emilio, que fue intensa en los sesentas y los setentas y se redujo al cordial saludo de los ochenta en adelante, la contemplo “extramuros”. Hablo por supuesto del intramuros y del extramuros unameños.

Pero no se malinterprete.

No es que sus ámbitos de “recepción” y reconocimiento correspondieran a tales jurisdicciones. Inmediata fue la fama, en la República de las Letras en su conjunto, a partir del ojo clínico de Xavier Villaurrutia y Agustín Yáñez, jurados del los Juegos Florales de Aguascalientes de 1945, de Bonifaz Nuño.

El ámbito de difusión cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, señaladamente su revista, sirvió de pila bautismal a José Emilio Pacheco; y fungió como incomparable director de la Biblioteca del Estudiante Universitario.

Simplemente, mi manera de recordar el trato con ellos, sitúa a Rubén en el espacio de CU y, a José Emilio, muros afuera. Resultado, además, de sus respectivos ámbitos de producción y acción. Bonifaz Nuño: la Imprenta Universitaria, la Torre de Humanidades, el Seminario para la Descolonización de México en el edificio de la Biblioteca Central.

Y, ¡oh paradoja!, realmente los lugares de la más intenta y puntual memoria de mi amistad con el autor de Fuego de pobres se registran en el mapa de los restaurantes de comida mexicana del Sur de la Ciudad (por concesión imperialista suya tengo El Rioja, del Club España, que terminó por imponerse como sitio de reunión).

Y, en cuanto a Pacheco, el de las redacciones de los suplementos culturales, el Departamento de Historia del INAH en Castillo de Chapultepec, los saraos frívolos y académicos, resulta que mi memoria regresa una y otra vez a la calle Reynosa de la Colonia Condesa.
En ambos reconozco, para mí, la más influyente enseñanza, la excátedra.

Pero prometí unos “tips”. Los dejo para el próximo artículo.