Opinión

¡Bomba!

 
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La policía buscó en los vecindarios de San Bernardino. (Reuters)

La masacre de San Bernardino, California, a principios del mes, fue considerada por el gobierno estadounidense como un ataque terrorista y ha sido también reivindicada como tal por el EI.

Días después, un vuelo doméstico mexicano fue temporalmente suspendido por una amenaza de bomba de un pasajero, que resultó falsa, pero que generó pánico y la movilización de los cuerpos de seguridad.

El miedo es un efecto natural, dada la capacidad y peligrosidad de los grupos extremistas que han quedado acreditadas con la vulneración de los sistemas de seguridad en países que ostentan robustos aparatos y capacidad tecnológica para la producción de inteligencia, a pesar de lo cual, han sido incapaces de detectar e impedir los ataques, realizados con una amplia libertad operativa, sorpresa y sincronización.

A los actos violentos, ha seguido una fase de difusión mediática, más económica pero no menos eficaz para mantener la tensión social y la movilización gubernamental. La dosificación de acciones, de intensidad variable y selectiva, por parte de los terroristas, se reproduce en un ciclo complementario y recurrente.

En México, la capacidad estatal para identificar con oportunidad y en su caso, desactivar cualquier posibilidad de atentado e inhibir además la amenaza virtual, está a prueba. El reto será neutralizar acciones, físicas o mediáticas, para mantener la tranquilidad en el intercambio social. La amenaza manifiesta del EI no puede obviarse.

Tradicionalmente, al interior de las estructuras de seguridad e inteligencia del Estado, el celo, la desconfianza y la competencia entre los diferentes segmentos encargados de esta delicada función, ha estado presente, minando la articulación de esfuerzos.

La comunidad de inteligencia es aún difusa y el pretendido sistema de inteligencia nacional está formalmente fragmentado.

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