|
|
|
|

CEEY - Viernes, 17 de Mayo de 2013 12:00
Roberto Vélez Grajales *
En México es urgente lograr un incremento sustancial en la participación laboral femenina. Para lograrlo, entre otras cosas, hay que garantizar que las mujeres asistan a la escuela y tengan las mismas opciones para completar el ciclo educativo. También hay que establecer, o en algunos casos reforzar, reglas laborales que eviten la discriminación por género. Además, hay que crear mecanismos formales y universales de protección social que permitan a las familias poder decidir libremente la forma en que ayudarán a sus familiares, que por diversas razones, requieren de atención personalizada.
En pleno siglo XXI, resulta sorprendente escuchar argumentos como que la menor participación laboral femenina, en comparación con la de los hombres, es en beneficio de la calidad del cuidado de los hijos. Ya sea desde una perspectiva individual o comunitaria, indudablemente la mayor participación laboral femenina genera beneficios directos e indirectos. Desafortunadamente, en México esto todavía no se acaba de entender.
En términos de justicia social, la igualdad de oportunidades, la cual se ve realizada a través de una mayor movilidad social, radica en la posibilidad que tienen las personas, independientemente de sus características personales o socioeconómicas, de ser dotados de capacidades que les permitan elegir y actuar de manera libre. Una de esas características personales es, precisamente, ser mujer; otra, socioeconómica, es por ejemplo, haber nacido en un hogar en condición de pobreza. Ni una ni otra deben reducir las opciones de elegir y participar en el mercado laboral. En México, sin embargo, la combinación de estas dos características sí la reducen.
La correlación existente entre la educación de los padres y la participación laboral de los hijos hombres adultos es prácticamente inexistente, pero para las hijas mujeres, ésta resulta positiva. Es decir, en México, a menor educación de los padres, menores son las opciones de que las hijas de esos hogares, durante su edad adulta, se inserten en el mercado laboral. (Ver Informe de movilidad social en México 2013)
Se pueden buscar distintas explicaciones, una de ellas radica en el rol diferenciado que se asigna a hijos e hijas al interior de los hogares mexicanos. Un ejemplo clásico es el de Tita, personaje principal de la novela de Laura Esquivel, Como agua para chocolate, cuando su madre, para atajar cualquier intención de Tita de contraer matrimonio, le aclara: “Sabes muy bien que por ser la más chica de las mujeres a ti te corresponde cuidarme hasta el día de mi muerte”. (Laura Esquivel, Como agua para chocolate, Suma de Letras, México, 1989, p.17. Capítulo «Enero. Tortas de navidad»)
Coartar la libertad efectiva, como sucede en el caso de Tita, limita las posibilidades de mayor desarrollo de una sociedad. Es más, si se quiere observar desde un punto de vista pragmático, sostener estos patrones provoca que recursos humanos se desperdicien, lo cual, impacta negativamente en el crecimiento económico del país. De lo anterior surge la necesidad de diseñar mecanismos, como los citados al inicio de esta columna, que impulsen la mayor participación laboral femenina.
* @robertovelezg es Director de Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, CEEY
Twitter: @ceeymx
Facebook: ceeymx
www.ceey.org.mx