Vaticano y Café

Alfredo Casas - Lunes, 25 de Marzo de 2013 10:33

 

 

 

En Italia el café se consume desde los albores del Renacimiento y hoy en día está tan profundamente arraigado en la cultura occidental que difícilmente podemos imaginar nuestra vida cotidiana sin una buena dosis de café cada mañana; al final de una deliciosa comida o como el acompañante ideal de aquel indulgente postre que nos permitimos de tanto en tanto, pero sobre todo, como el pretexto ideal para iniciar una conversación con un amigo.

 

Durante las últimas semanas los ojos del mundo se han centrado en el Vaticano y la elección del nuevo Papa. La coyuntura actual trae a mi mente el recuerdo de un episodio de la historia del café que pocos tienen presente y corresponde a un afortunado incidente que permitió la popularización del café en Europa y al cual debemos agradecer que nuestras mañanas comiencen con una humeante y aromática taza de café.

 

El café llegó a Europa a principios del siglo XVII a través de Italia, específicamente a través del puerto de Venecia. Los mercaderes venecianos tenían fuertes vínculos comerciales con el levante, la zona del Oriente Medio que hoy en día corresponde a países como Siria, Líbano, Jordania e Israel, que a su vez comerciaban con productos de países tan lejanos como la India, Corea y Japón; cualquier mercadería exótica proveniente de aquella zona alcanzaba gran popularidad entre los aristócratas y comerciantes de toda Europa.

 

Entre los productos más buscados estaban las sedas y los textiles bordados, la pimienta, la nuez moscada, la miel del Yemen, la porcelana y un largo etcétera; sin embargo, una exótica bebida comenzó a tomar por asalto al Puerto de Venecia, era una bebida oscura y aromática -enigmática como las tierras de donde provenía-, que pronto fue un ingrediente infaltable en el protocolo de la hospitalidad veneciana encaminada a popularizarla en toda Europa. El Café había desembarcado en el viejo continente.

 

Mientras el café ganaba popularidad en Venecia y extendía su consumo por toda Italia, un grupo de clérigos veía en aquella bebida oscura una amenaza para la cristiandad: un católico de reputación intachable jamás debería beber un líquido proveniente de las tierras de los infieles, argumentaban;  inclusive era popular entre los turcos la frase: “El Café debe ser negro como la noche, dulce como el amor y ardiente como el infierno”. Dicho argumento llevó a pensar a los religiosos que un sorbo de café podía condenar el alma de cualquier cristiano a las llamas del averno.

 

Una moción encaminada a prohibir el café en Europa fue llevada ante el Papa; la silla de San Pedro estaba ocupada por Ippolito Aldobrandini, conocido como Clemente VIII; durante su pontificado logró reconciliar al Vaticano con la Corona Francesa y su liderazgo fue crucial en la creación de una alianza de Naciones Católicas Europeas en contra del avance del Imperio Otomano.

 

Su currículum hacía pensar que tal prohibición se llevaría a cabo; sin embargo, el Papa Clemente VIII, antes de prohibir el “Kahve”,  nombre turco con el que se conocía aquella bebida en el siglo XVII, insistió en degustar una taza. La bebida fue un deleite para su paladar a tal punto que se dice que expresó lo siguiente: “No podemos privar a Europa de algo tan delicado y delicioso, hemos de bautizar esta bebida con el nombre de Café para el disfrute de todos”.

 


El autor es Starbucks Coffee Ambassador
Twitter: @Starbucks_CT
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