¿Tiene agenda educativa el nuevo gobierno?
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¿Tiene agenda educativa el nuevo gobierno?

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¿Tiene agenda educativa el nuevo gobierno?

03/10/2018
Actualización 03/10/2018 - 14:20

En educación, el gobierno que iniciará el próximo 1 de diciembre ha presentado una agenda centrada en echar para atrás la reforma educativa impulsada durante el gobierno de Peña Nieto. Lo que no queda claro es qué propone, en positivo, para sustituir esa reforma y la agenda que la subyace.

Hay pedazos, ideas sueltas y, también, contradicciones frecuentes y variadas. En diversos documentos y sobre todo en las declaraciones al respecto, tanto del presidente electo como del próximo secretario de Educación, podemos encontrar algunas pistas. En específico: la insistencia en el énfasis que habrá de darle el nuevo gobierno a la equidad y el combate a la exclusión social.

Imposible no estar de acuerdo en que hay que atender estos asuntos centralísimos y darles una muy alta prioridad. Lo que queda por despejar es qué entiende el nuevo gobierno por “equidad e inclusión” en materia educativa. ¿Se trata de impulsar el que todos los niños y los jóvenes mexicanos puedan acceder a una educación escolarizada que les signifique algo, que les resulte interesante y provechosa en algún sentido? ¿Se trata de conseguir que la escuela les ofrezca a sus alumnos oportunidades para aprender sobre sí mismos y sobre el mundo; experiencias diseñadas para ensanchar sus horizontes y afilar su mirada, para descubrir sus intereses, para aprender a convivir con otros? Pudiera ser, pero no encuentro muchos indicios que apunten en ese sentido.

Lo revelado hasta hoy por el nuevo gobierno indica que sus prioridades en materia educativa serán, fundamentalmente, dos. Primero, promover la permanencia escolar entre los estudiantes de media superior, a través de un programa masivo de becas. Y, segundo, ampliar de forma muy importante (aunque aún no sabemos bien a bien de cuántos o de qué proporción exacta estamos hablando) el acceso de los jóvenes a la educación superior, mediante becas, más espacios en las universidades y, quizá, menos requisitos para ingresar a éstas. En suma, más acceso y más permanencia en centros escolares, pero, hasta el momento, ninguna oferta clara o concreta sobre lo que se planea o se buscará que ocurra dentro de esos espacios.

No es cosa menor el que el gobierno se ocupe de garantizarles a los jóvenes la posibilidad de seguir acudiendo a una institución educativa. Además de ser su obligación (para el caso del preescolar a la media superior), constituye la primera forma de hacer efectivo el derecho a la educación. Pero cerciorarse de que todos tengan acceso a un pupitre es tan sólo el primer paso, la condición de posibilidad de que la educación pueda hacer su magia.

Para que los efectos transformadores de los procesos enseñanza-aprendizaje ocurran hay que ocuparse intencional y sistemáticamente de que lo hagan y lograrlo no es fácil. Ofrecer mayor acceso y permanencia, sin prestarle atención a lo que ocurre dentro de las instituciones educativas entre maestros y alumnos, servirá, en el mejor de los casos, para darles un espacio de contención y una cierta inserción social reconocible (“estudiante”) a jóvenes que hoy carecen de ella.

En una sociedad tan excluyente como la mexicana, generar inclusión social y sentido de pertenencia a través de garantizar acceso y permanencia en la escuela constituye, con todo, un objetivo legítimo. Lo anterior, dado que lograr alguna forma de incluir socialmente a tantos excluidos resulta urgente, y que hacerlo a través de la escuela es la forma que tenemos más a la mano para lograrlo en un plazo razonable.

No hay, de momento, muchas otras estrategias por medio de las cuales intentar darles cabida a los millones de jóvenes que hoy no parecen tener ningún lugar o alguna identidad distinta a la de ser prescindibles dentro de la sociedad mexicana. La economía genera muy pocos empleos productivos. Un número creciente de familias han dejado de estar en condiciones de ofrecerles a sus integrantes más jóvenes estructura mínima, protección y cuidado. La violencia campea y hace trizas, especialmente entre los que no alcanzaron boleto para ninguna de las oportunidades para contar con una identidad valorada socialmente y con horizontes de desarrollo que conduzcan a vidas más anchas y menos inciertas.

Se entiende que, en estas condiciones, la apuesta del nuevo gobierno se dirija a hacer de los centros escolares medios de inclusión social más que espacios para promover experiencias de aprendizajes que potencien. Esa parece ser la agenda. Una agenda que, hay que decirlo, es una agenda social, pero, difícilmente, una que pueda calificarse de educativa.

Entendible, sí; lamentable, también. Una vez más, la educación como siembra de posibilidades, potencialidades y grandezas se queda en el tintero, se pospone para un mejor momento.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.