El aeropuerto: tratando de entender
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El aeropuerto: tratando de entender

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El aeropuerto: tratando de entender

31/10/2018

A mí, no entender me pone mal. Empiezo por ahí, pues llevo días tratando de entender una decisión que en muchos sentidos me resulta inentendible. Lo que sigue es un intento de encontrarle sentido.

¿Por qué cancelar una obra necesaria con tiempos de maduración largos, cuya cancelación puede llegar a costar mucho más que completarla? ¿Por qué tentar una posible reacción adversa de los inversionistas nacionales y de los mercados internacionales en contra del nuevo gobierno, antes incluso de que comience? ¿Por qué desdeñar en esta decisión los elementos técnicos y hacer tan ostensible ese desprecio? Para rematar, ¿por qué emplear una consulta a modo para arropar y legitimar la decisión, en lugar de haber optado por un método menos burdo y cuestionable?

Difícil contestar estas preguntas, pues no queda claro cuál pudiera ser el beneficio para el Presidente electo de una decisión cuyo contenido y empaquetamiento entraña tantos riesgos y costos. Riesgos y costos potencialmente muy altos en lo que hace a la relación del gobierno que habrá de iniciar funciones en un mes frente a los señores del dinero, sector pequeño pero también muy poderoso. Riesgos y costos más inciertos, pero no desdeñables, frente a ese 20% del electorado que votó por López Obrador, pero que está suelto y es volátil. Riesgos y costos en materia de credibilidad y confianza para muchos actores –internos y externos– que se preguntan, entre otros: ¿qué necesidad de darle en la torre a la noción de democracia directa con una “consulta” tan pobremente atenta a las formas legales, y qué necesidad de pasarse por el arco del triunfo de forma tan abierta cualquier intento de justificación o argumentación basada en la solidez técnica? Esto último, por cierto, en relación a una obra de infraestructura mayor que comporta una fuerte dimensión técnica.

Para intentar entender tuve que empezar por reconocer desde dónde estaba mirando y animarme a cuestionar mis propios lentes. Al hacerlo, lo primero que me saltó es que eso de la “realidad” y los límites de lo posible es un lugar, al menos en lo social, movedizo. Lo que es posible cambia. Si no fuera así, seguiríamos instalados en las cavernas.

Parece una obviedad, pero conviene recordarlo en estos tiempos que corren. Cambiar, transformar, significa mover de lugar los linderos de lo posible. Y para ello, inevitablemente, hay que tomar y asumir riesgos. Hay que animarse, esto es, a ir en contra de los anteojos dominantes, de todos aquellos que con esos lentes puestos te dicen que si insistes en seguir adelante te vas a caer al abismo, pues ya no queda piso. Quienes con todo y ello se atreven a seguir caminando y empujando a veces se caen al abismo, pero, en ocasiones, muestran con sus paso tercos que el piso era más ancho. Animarse a actuar de esa forma entraña riesgos. No hay de otra, no hay otra manera de cambiar un determinado estado de cosas.

Y en un país con tantas continuidades profundas, con tanto gatopardismo, ¿cómo mandar una señal clara de que el cambio va en serio, si no es tentando los límites? Si de lo que se trata, además, es de transmitir el mensaje de que la transformación buscada requiere romper los amarres al interior de una élite minúscula y voraz para empezar a desanudar la desigualdad, ¿qué mejor manera de hacerlo que utilizando el aeropuerto internacional de la Ciudad de México? Ese aeropuerto imaginado como de primer mundo que es símbolo elocuentísimo de todo aquello que, desde la 4ª Transformación, está en el origen de los monstruosos niveles de exclusión y desigualdad social a los que nos hemos ido acostumbrando; el país secuestrado por élites enamoradas de lo global a las que México les da asco; el paquete completo del neoliberalismo; la complicidad aparatosa entre élites económicas y políticas en su propio beneficio; la economía vibrante hacia afuera e incapaz de ofrecerle horizonte o sustento a la inmensa mayoría.

¿Cómo hacerle saber a los poderosos que no lo pueden todo y que se acabó el largo período en el que lo podían todo? ¿Cómo darles presencia a las mayorías atrapadas en el lado oscuro de esa desigualdad social armada y sostenida desde las instituciones del “Estado”, desde las miradas más pretendidamente técnicas y desde las voces con más micrófonos, si no diciéndoles a esas instituciones, a esas miradas y a esas voces: “no les creo y no es cierto que va a arder Troya si cancelo el aeropuerto de Texcoco”?

Sí, un manotazo, un acto de poder puro y duro, pero también un gesto simbólico que sintetiza y expresa una visión del mundo, un conjunto de convicciones y una disposición a asumir el riesgo de mover los límites de lo posible.

Así me lo explico, sólo así.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.