AMLO, un candidato para hacerse preguntas incómodas
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AMLO, un candidato para hacerse preguntas incómodas

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AMLO, un candidato para hacerse preguntas incómodas

04/04/2018
Actualización 04/04/2018 - 9:20

Los planteamientos de AMLO de cara a la elección presidencial de este año no son particularmente sofisticados. Sus posicionamientos, en especial los que enuncia en discursos y entrevistas, tienden a ser de a bulto, sin mayores detalles o matices. El candidato de Morena no hila demasiado fino, pero lo que sí hace es sacarnos del confort de nuestras certezas.

Muchas de las promesas electorales del candidato puntero en las encuestas causan verdadero espanto entre los defensores del statu quo. Destacan, entre éstas, su insistencia en echar para atrás las reformas energética y educativa, en meterle reversa al nuevo aeropuerto de la CDMX, así como sus ofrecimientos a favor de la amnistía tanto para grupos criminales como para los integrantes del primer círculo del gobierno actual. Estos posicionamientos suelen producir también escozor entre aquellos que comparten de fondo o se han ido acomodando a las coordenadas conocidas de un debate crecientemente previsible y, a juzgar por sus consecuencias, cada vez más improductivo. Ese 'debate' está sustentado en la prioridad otorgada a la libertad individual por sobre cualquier otro valor y articulado en torno a la insistencia sobre la necesidad de más y más reformas (fundamentalmente legales o institucionales) para conseguir una economía abierta, dinámica e incluyente, así como para lograr una mejor democracia representativa.

Ubicarse más allá de los linderos de la discusión en los que llevamos enfrascados 30 años, insistiendo, entre otras, en la importancia de los atributos personales de los gobernantes (más allá de los diseños institucionales), cuestionado cosas como el mérito en abstracto sin tomar en cuenta las brutales desigualdades del país (en particular, en temas educativos), y sometiendo la 'santidad de los contratos' a escrutinio para determinar sus beneficios/costos colectivos, le ha ganado a López Obrador muchos y muy poderosos enemigos. Salirse del guion conocido también le ha reportado, sin embargo, beneficios muy importantes y pudiera generarnos alguna utilidad colectiva no despreciable.

Fijar posiciones fuertemente discordantes le ha permitido al candidato presidencial de Morena salirse del montón. Dicho en otras palabras: dibujar un perfil contrastante y distintivo frente al resto de los contendientes y obtener, con ello, enorme visibilidad y reflectores para su candidatura. En términos mercadotécnicos y como ocurre con candidatos similarmente discordantes en sus respectivos contextos, le ha hecho posible diferenciar claramente su producto y llevarle noticia de éste a amplísimos sectores del electorado.

Plantear propuestas que se salen de lo comúnmente 'aceptable' entre los beneficiarios del statu quo, los informados y los expertos, y hacerlo, además, en torno a temas nodales tales como la seguridad, la corrupción, la energía y la educación, ha hecho de López Obrador no solamente el candidato más original y visible, también lo han convertido en el contendiente que, nos guste o no y nos convenza o no, define de qué se habla y qué cosas se discuten.

Dados los crecientemente magros resultados (especialmente en seguridad, desigualdad y dinamismo económico), del sonsonete según el cual lo que requerimos son más y nuevas reformas para que ahora sí funcionen óptimamente economía abierta y democracia, convendría evitar simplemente descalificar los posicionamientos discordantes de AMLO mediante réplicas fáciles basadas en atizar el temor frente a su posible triunfo o en caracterizarlos como rémoras de un pasado al que no es posible ni deseable regresar. Lo conducente, lo honesto y lo que nos sería colectivamente más útil, sería usar el remezón que producen algunas de las promesas 'fuera de tono' de AMLO para revisar y/o argumentar de mejor manera muchos de los supuestos de fondo sobre los que hemos venido discutiendo y pensando México a lo largo de las últimas décadas.

¿Por qué no, en lugar de seguir atrincherados en nuestras respectivas certezas, empleamos el reto de un candidato profundamente incómodo para volver a pensar, para hacernos preguntas difíciles y para, a lo mejor, encontrar miradores más fructíferos que los ya ensayados y conocidos, desde los cuales abordar la infinidad de problemas y desafíos que enfrenta el país?

Intentaré entrarle a este reto, en especial en lo educativo, en mis próximas entregas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.