Opinión

Bioy Casares

 
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Bioy Casares.

A su paso por Buenos Aires, Gil estuvo en la librería El Ateneo, en la calle de Santa Fe, en el Callao. Un gran teatro de principios de siglo XX adaptado para albergar (no empiecen) una de las librerías más bellas del mundo según su periódico The Guardian. Más libros, los demasiados libros. En los últimos años de vida, Adolfo Bioy Casares dedicó una parte de su tiempo a reconstruir su vida y expresar sus gustos a través de diversas entrevistas. Gamés lo soporta todo, menos la tentación de comprar un libro donde hable Bioy Casares. En Buenos Aires circulan dos nuevos libros: Bioy Casares o la isla de la conciencia, de Jorge Torres Zavaleta, publicado por Sur en 2014, el año del centenario de nacimiento del gran escritor argentino, y Siete conversaciones con Bioy Casares, editado por Losada en 2007 y reimpreso en estos meses. Gamés arroja a esta página del fondo un puñado de incidencias desprendidas de la mente clara y filosa de Bioy.

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No siento que haya ninguna simpatía de mi parte hacia Faulkner. En general sus relatos me parecen bastante horribles en todo sentido. Escribe como si estuviera borracho y creo que algunas de sus historias no merecen el esfuerzo que exigen del lector entenderlas. Cuando quería escribía muy bien, como en Santuario y en Gambito de caballo. Pero todo lo demás me parece una montaña para olvidarse.

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Yo siempre he creído que la gente se parece a sus libros y que por eso es bastante terrible condenar un libro, porque de algún libro es también condenar a su autor.

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Proust ha creado un mundo donde una vez que uno entra quisiera seguir indefinidamente. No sé si hoy tengo muchas ganas de leerlo, pero sé que lo he leído con gran participación, que he estado interesado en el destino de sus personajes, angustiado por las situaciones, pensando que realmente eran muy patéticas, terribles y verdaderas. Además, me han divertido las situaciones cómicas. La suya es una gran novela. A mí me estimuló para escribir, de un modo muy distinto, seguramente. Quiero decir que si algo está logrado en su forma, a uno lo estimula.

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Yo he acumulado casi doscientos cuadernos de diarios, cuadernos de ciento y pico de páginas cada uno. Y lo que yo creía que era una expresión interesante de un ser humano, en muchos casos me parece ahora la expresión de una especie de tonto o de loco que yo he sido.

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Maupassant me hace gracia en el recuerdo, y le tengo simpatía como persona, como ser humano, pero en general sus cuentos parecen como anécdotas contadas: en general no me gustan, puede ser que algunos sí… Quiroga no me gusta, y me parece que escribía muy mal, y Poe, salvo Las aventuras de Arthur Gordon Pym, que me gustó mucho, me parece truculento y barato. Así que a ninguno de esos tres los pondría como modelo de cuentista. Yo creo que los cuentistas que me han influido han sido…Wells me influyó mucho, también Beerbhom… Kipling.

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Yo siempre digo que vamos viajando desde el país de la ignorancia hacia el país del relativo conocimiento, y veo que ha habido un momento en mi vida en que pude creer que un manuscrito mío, porque a mí me parecía bien, iba a ser una buena noticia para todos mis amigos. Y no era así: para mis amigos sería primero la obligación de leerlo y la obligación de decirme algo estimulante y no mendaz, y sólo después, si el manuscrito era bueno iban a estar efectivamente contentos. Pero lo primero que iban a sentir era que los sometía a una actividad para la que en ese momento no estaban preparados y que no deseaban emprender.

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Yo alguna vez dije que deseaba que los escritores fueran como los carpinteros, que fabrican una silla para que uno se siente en ella. Si algunos libros fueran sillas nos iríamos al suelo.

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Creo que, fatalmente, un escritor es una especie de coleccionista de basuras y las junta para aprovecharlas. Las junta inescrupulosamente. Bueno, yo desde luego soy así. Converso con la gente, por ejemplo con un chofer de taxi, no porque esté buscando cosas pero las cosas me llegan y las aprovecho. Aprovecho los sueños, todo. A la mañana me despierto pensando en argumentos, en sueños, en dísticos o en la novela que estoy escribiendo. Tomo el desayuno y vengo a escribir; entonces trato de escribir la novela y escribo cuadernos donde anoto frases hechas que aparecen en las conversaciones o frases raras. Por ejemplo: “mejorando los presentes”, o también modos de hablar de la gente o pequeños versitos que se me ocurren a mí o lo que me dice el chofer. Por ejemplo, un chofer de taxi me dijo el otro día cuando otro lo insultó: “¿Ve, si yo fuera otro pondría el coche delante de ese señor, me pararía así, muy enojado delante de él y le rompería el alma. La indignación la tengo pero el físico no me acompaña. Si el otro se baja me pega una paliza. ¿Qué quiere que haga? Esos que paran así, siempre son grandotes”. Y encontré que tenía mucha razón. Y lo anoté. Uno usa todo.

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Gil tomará la copa con amigos verdaderos, como todos los viernes. Mientras los camareros se acercan con las bandejas que sostienen el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular la máxima de Kafka sobre el mantel tan blanco: “La literatura siempre es una expedición a la verdad”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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