Opinión

Bien común antídoto contra la violencia

Víctor Manuel Pérez Valera.

Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

Ante la violencia generalizada que está sufriendo el país urge encontrar un antídoto que la disminuya o la frene. En efecto, en una carta reciente, del 8 de septiembre pasado, al presidente de la República, la Asociación FUNNDE (Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos) le decía que existe el derecho de acudir, ante la violación de los derechos humanos, a instancias internacionales, “cuando autoridades mexicanas no cumplen con su mandato, que es lo que ocurre en México.” Esta asociación señala que hay 22,322 desaparecidos y no existen adecuados mecanismos de búsqueda. Así mismo la organización conocida como ONU Mujeres indica que en 2013 se dieron en México 7 asesinatos de mujeres por día (2502). Un antídoto contra la violencia sería fomentar en serio el bien común.

Ahora bien, para fomentar el bien común es indispensable establecer con claridad el tipo de relaciones que deben existir entre persona y sociedad. La sociedad y el Estado existen para la persona, no la persona para la sociedad o el Estado. Por consiguiente, el Estado, aun el que se dice soberano, no debe esclavizar o pisotear a la persona humana, ni aplastar u oprimir las otras sociedades, como la familia, la escuela, la universidad, la empresa… De lo contrario, estas opresiones, por mínimas que parezcan crean la animadversión de la sociedad en contra del gobierno, y por consiguiente, decir que se fomenta el bien común es una mentira.

El bien común no se crea por decreto, ni con bellos discursos, sino con el respeto a la persona y a las sociedades intermedias, de modo irrestricto. La sociedad y el Estado son medios necesarios para la realización de la persona, pero los Estados totalitarios, recuérdese lo de la “dictadura perfecta”, utiliza las amenazas y las venganzas para supuestamente mantener tranquila a la sociedad civil.

El bien común es una noción compuesta de bien y comunidad-sociedad, y esta relación hace referencia a dos principios básicos: el principio de solidaridad y el principio de subsidiaridad. El no captar lo anterior conduce a nefastos equívocos que distorsionan profundamente lo que es la esencia de la persona y de la sociedad. En pocas palabras, ante los totalitarismos y las dictaduras “blandas” debemos sostener que la sociedad no existe sino en, por y para los miembros de la sociedad que constituyen, y no al revés.

En resumen, el bien común exige fomentar y proteger el bien de las sociedades intermedias: la familia, la escuela, la empresa y las diversas asociaciones civiles. Una de las características esenciales del bien común es la redistribución de los bienes materiales y sociales: se debe evitar que mientras unos gocen de estos bienes de modo desorbitado (sobre todo si se trata de servidores públicos), otros, quizá la mayoría, carezcan de lo indispensable. Una segunda característica del bien común es la autoridad, que desde luego no debe ser despótica, ya que la palabra autoridad viene del latín augeo que significa aumentar, hacer crecer. La autoridad debe conducir a la comunidad hacia el bien de todos y es importante que alguien señale la dirección de la marcha de la sociedad y marque las conductas pertinentes para el fin común. Por ejemplo, en una carrera de barcas de remos, la persona que va en la proa marcando el ritmo a todos los remeros, aparentemente no hacen nada por el triunfo de su barca, pero si desarrolla bien su función su labor es clave para ganar la competencia. También se suele poner un ejemplo más dramático: el de 4 náufragos que reman con todas sus fuerzas, pero no se ponen de acuerdo en remar hacia la misma dirección. De ese modo no llegaran a ningún lado. Esto es lo que según algunos, desgraciadamente, pasa en México, en el interior de los partidos políticos y entre los partidos políticos entre sí: cada uno trabaja para su causa y el bien común del país no les interesa. La tercera característica del bien común es la moralidad. La justicia y la rectitud son fundamentales para el logro del bien común. Toda corrupción y todo acto político inmoral dañan el bien común y van contra el progreso del país.

Todo lo anterior se ejemplifica magníficamente con el vuelo de los patos salvajes: ellos avanzan en V para cortar mejor el aire, sustituyen al que va en la punta y cuando alguno se cansa es arropado por dos o tres y esperan para incorporarse a la siguiente parvada. ¡Qué gran solidaridad y subsidiaridad!