Un “perro negro” llamado depresión
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Un “perro negro” llamado depresión

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Un “perro negro” llamado depresión

12/06/2018

Era costumbre entre las nanas de los niños aristócratas en el Reino Unido, durante el siglo XIX, referirse a sus berrinches y cambios de temperamento diciendo que les había agarrado el “perro negro”. Churchill, que en su infancia había sido atendido por esas nanas, se refería a los episodios de tristeza que le aquejaban de cuando en cuando como el “perro negro”. Así, la referencia al perro negro –black dog– se ha vuelto en los países de lengua inglesa, sinónimo de depresión.

Los recientes suicidios del DJ y productor Avicii, de la diseñadora de bolsos Kate Spade y del chef y escritor Anthony Bourdain, han puesto el reflector de la atención pública sobre la depresión y sus consecuencias, en particular, el suicidio. Desde luego, la depresión no es algo que se haya desatado recientemente ni se ensaña particularmente con famosos; el “perro negro” ha acompañado siempre a la experiencia humana y puede atacarnos a todos en cualquier momento y sin que intervenga un motivo.

Una de las más antiguas referencias a la depresión –o melancolía, como le llamaban los griegos de la antigüedad–, se encuentran en representaciones gráficas de la trágica vida del héroe mitológico Orestes. En una intriga marital por el poder, su padre Agamenón es asesinado por su madre, Clitemnestra, que intenta también matar a Orestes. Este huye para salvar su vida y regresa años después para vengar a su padre matando a su propia madre. Después de la matanza, Orestes es atacado por demonios que le producen una profunda tristeza, con los rasgos típicos de la depresión: pérdida de apetito, fatiga crónica y exceso de sueño; falta de entusiasmo incluso para bañarse, llanto, y una sensación general de falta de esperanza y ganas de vivir. Hipócrates ya identificaba a la melancolía como una enfermedad.

La depresión ha sido parte de la vida de la humanidad desde siempre y su existencia es tan penetrante que se puede ver en muchas expresiones culturales. Nadie sabe bien a bien en qué momento se empezó a vincular un color, el azul –blue– con la tristeza, pero en inglés decir que se tiene blues es entendido como un estado de desconsuelo profundo, muchas veces provocado por una tragedia personal. Se dice que el “periodo azul” de la obra de Pablo Picasso fue producto de la depresión que le provocó la muerte de su amigo Carlos Casagemas. El género musical llamado Blues tiene ese nombre precisamente por el rincón deprimente al que lo arrastran a uno sus melodías, y las letras de sus canciones muchas veces aluden a tragedias personales: el fin de una relación, la muerte de un ser querido, la bancarrota, la cárcel, la enfermedad, el alcoholismo. Puede decirse que el Tango argentino-uruguayo –no me quiero meter en discusiones sobre su origen–, y el Fado portugués también son expresiones musicales de la miseria emocional.

Si bien la depresión nos ha acompañado desde siempre, por gran parte de la historia fue una enfermedad incomprendida. En la edad media era considerada un producto de la pereza y las personas deprimidas eran frecuentemente obligadas a hacer trabajos pesados. Más tarde, la depresión ha compartido el estigma de otras enfermedades mentales, lo que hace que muchas personas que sufren de depresión no se atiendan por miedo a ser considerados “locos”. Tal vez lo más enigmático de la depresión es que no hace falta que “algo” ocurra para ser arrastrados a la tristeza. Aunque las tragedias personales pueden ser detonantes de la depresión, el “perro negro” puede llegar sin que nadie lo invoque y llevar a las personas a un profundo sufrimiento, a sentir que nada tiene sentido, que la vida no vale la pena y que la muerte es la única forma de terminar con ese dolor.

El año pasado, a propósito del Día Mundial de la Prevención del Suicidio (10 de septiembre), el INEGI dio a conocer algunas cifras sobre el suicidio en México. En 2015 se registraron seis mil 285 suicidios (sin contar los intentos de suicidio), 5.2 muertes por cada 100 mil habitantes, de los cuales el 80 por ciento fueron hombres; aunque en personas de 24 años o menos, son las mujeres quienes más se suicidan. Es la segunda causa de muerte más alta entre jóvenes de ambos sexos (15 a 29 años de edad). La gran mayoría de los suicidios en México –como en los casos de los famosos Avicii, Spade y Bourdain– son por ahorcamiento.

Muchos de nosotros nos hemos encontrado alguna vez con sentimientos de desolación, en los que sentimos que nadie puede ayudarnos, que no hay esperanza. Muchos encontramos por nuestra cuenta una forma de controlar estos sentimientos. Churchill halló en la pintura de paisajes una forma de mantener al “perro negro” a raya. Cuando el “perro negro” me ha asechado, mi manera de controlarlo es manteniéndome ocupado, casi hasta la manía, saliendo a correr o bien, como aconsejaba el actor Anthony Hopkins, actuando como si no estuviera deprimido. Es increíble, pero eso a veces ayuda.

Hace poco la Organización Mundial de la Salud hizo un breve video de animación titulado I had a black dog, his name was depression (Tengo un perro negro, su nombre es depresión), en el que se explica muy bien la complejidad de la depresión. Es importante, si esta condición se aprecia como difícil de controlar, que se busque atención profesional y que pidamos ayuda. Todo indica que una combinación de terapia y medicamentos es capaz de controlar la depresión, incluso en casos severos. Es importante también que todos sepamos identificar en los demás las señales de la depresión y ayudar a quien lo necesita. Lo más trágico de la depresión y el suicidio es que en todos los casos, sin excepción, son problemas que pueden prevenirse y muertes que podemos evitar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.