La felicidad
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La felicidad

17/04/2018
Actualización 17/04/2018 - 14:58

En tiempos de campañas electorales, candidatos y partidos ponen a la venta sus propuestas sobre el futuro de la sociedad. Idealmente, en una elección cada candidato presenta de forma muy clara su oferta sobre cómo considera que ese futuro debe ser construido, y cuáles son sus opiniones sobre los temas que más preocupan a la sociedad.

Todas esas promesas, escenarios y ofertas están diseñadas para reunir el voto de los electores, y se definen de acuerdo con lo que cada candidato considera que son las propuestas que permitan atraer la mayor cantidad de votos. Y es a juicio de lo que los ciudadanos consideran que son las mejores propuestas como se determina el voto de cada uno. O al menos en teoría, así deberían funcionar las democracias.

Pero, ¿qué es lo que realmente quieren los ciudadanos? Cada persona tiene intereses específicos que se relacionan con su situación económica concreta, los problemas de su comunidad, su formación académica, la información que tiene sobre partidos y candidatos, su experiencia de vida, intereses gremiales, género, edad, y el peso de sus posiciones morales y religiosas. Pero así como los pecados capitales nos hablan sobre la causa raíz de las motivaciones de los pecadores, con independencia de posturas políticas específicas, en principio lo que nos mueve a todos, lo que queremos en última instancia, nuestra aspiración raíz, es la búsqueda de la felicidad.

Y a pesar de que la búsqueda de la felicidad es el objeto último de las sociedades, de las organizaciones de gobierno y de todo lo que hacemos como colectivo social, generalmente no nos preguntamos si somos ahora más felices que antes, o si las políticas públicas que apoyamos son las adecuadas para asegurar la felicidad buscada. Tampoco tenemos herramientas plenamente confiables para medir los avances o retrocesos en felicidad. No podemos afirmar, por ejemplo, que los progresos tecnológicos y económicos logrados por la humanidad desde el inicio de los tiempos, los cuales nos han asegurado los más altos niveles de bienestar material en la historia, nos han hecho más felices.

A nivel internacional se han hecho esfuerzos para vincular el trabajo de los gobiernos con la búsqueda de la felicidad. La publicación de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, en 2015, que cubren un amplio rango de temas relacionados con el desarrollo social y económico (pobreza, hambre, salud y bienestar, educación, etcétera) inició un debate precisamente sobre la felicidad y cómo se relacionan los 17 Objetivos –cuyos avances se miden con indicadores de bienestar material– con mayores niveles de bienestar 'subjetivo'. La ONU publicó el primer Reporte Mundial de Felicidad en 2012, y se definió que el 20 de marzo de cada año sería el Día Mundial de la Felicidad.

Sin embargo, no hay consensos claros entre especialistas sobre cuáles son las condiciones de vida que nos ofrecen una existencia más feliz, dado que los estudios sobre felicidad o bienestar subjetivo empezaron apenas hace algunos años.

Las encuestas sobre bienestar subjetivo que generalmente alimentan los rankings de felicidad entre países, están armadas con cuestionarios y preguntas que vinculan situaciones objetivas como salario, estado civil, salud y otros, con niveles percibidos de felicidad. Hay en estas encuestas hallazgos interesantes, como el hecho de que el dinero (¡realmente!) no genera felicidad y que las personas enfermas pueden ser perfectamente felices, siempre que dicha enfermedad no deteriore constantemente la condición de la persona, o si incluye dolor creciente. Estos estudios parecen confirmar las posiciones de los cursis, pues el amor expresado en la pertenencia a una familia con lazos fuertes, así como el matrimonio, parecen generar mayores estados de felicidad. Pero el hallazgo más importante de estos estudios es que la felicidad no depende de condiciones objetivas, sino de la relación de esas condiciones y nuestras expectativas. Dicho de una forma, cuando nuestras condiciones mejoran (en dinero, salud y amor, por ejemplo), nuestras expectativas también crecen, ahora queremos más, y quedamos insatisfechos al final. La mejora constante de nuestras condiciones objetivas que buscan los Objetivos de Desarrollo Sostenible, generaría en todo caso una carrera ascendente e interminable de insatisfacción.

Otro campo de desarrollo del conocimiento y de propuestas sobre la felicidad está en la bioquímica. Si la felicidad es resultado de un balance específico de compuestos químicos en el cerebro, es posible entonces eliminar la infelicidad por medio de un cóctel de compuestos que nos mantengan lejos de la tristeza, la insatisfacción y de condiciones como la depresión, a la manera como Aldous Huxley propone en Un mundo feliz. Una sociedad dopada de forma permanente, feliz y productiva. Pero como se sugiere en esa novela, una felicidad conseguida de esa manera sería más bien un infierno sin libertades, una jaula de oro de los sentimientos. Una posible respuesta al problema de la felicidad, respaldada por la literatura e investigaciones académicas, es ubicar la fuente de la felicidad en encontrar sentido y propósito a nuestras vidas. Es lo que argumenta Viktor Frankl en El sentido de la vida y lo que concluye el nobel Daniel Kahneman, quien en un estudio hecho con mujeres trabajadoras de Estados Unidos, en 2004, encontró que a pesar de que el día a día de la tarea que implica tener hijos genera una gran insatisfacción, la mayoría encontraba en la maternidad una fuente de felicidad. Buda diría que la fuente de la infelicidad es la búsqueda constante de sensaciones placenteras efímeras, que causa insatisfacción, inquietud y tensión, y que la felicidad sólo es posible en la renuncia a la búsqueda de sensaciones y sentimientos placenteros y, en última instancia, en abandonar los sentimientos, lo cual convertiría la búsqueda de la felicidad en una travesía interna, personal, independiente de factores externos.

Sabemos poco sobre la felicidad y realmente no sabemos si lo que hemos construido como sociedad nos ha hecho más felices. No sabemos si la tecnología y el bienestar material han aliviado nuestra infelicidad. No sabemos tampoco si las propuestas que hagan los candidatos van a acercarnos a la felicidad. Pero vale la pena preguntarnos sobre lo que podemos hacer y cambiar en nuestro entorno material y expectativas sobre el propósito de nuestras vidas y nuestro conocimiento interno. Tal vez encontremos pronto mejores respuestas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.