El cadete Tello y el sentido del deber
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El cadete Tello y el sentido del deber

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El cadete Tello y el sentido del deber

29/05/2018

Se ha vuelto imposible, desde que se estrenó la serie en Netflix basada en la vida de Luis Miguel, seguir la secuencia de las conversaciones sociales sin estar al tanto de lo que ocurrió en el capítulo más reciente. En el episodio estrenado apenas este pasado domingo, aparece un personaje que ha llamado la atención de los seguidores de esta serie. Se trata de un joven miembro de las Fuerzas Armadas mexicanas que destaca por su sentido del deber y ética de trabajo.

Lo que ha llamado la atención del público adicto a esta historia sobre este personaje, el cadete Tello, es su apego a la disciplina militar, su clara perspectiva sobre la diferencia entre lo permitido y lo no permitido, y que desde un origen que se propone en el relato como muy humilde, ha logrado cimentar en su carácter un edificio ético y de valores que lo elevan a una dignidad y una majestad moral que contrastaban con la liviandad del lascivo Luis Miguel. No podría decir más de este personaje sin revelar parte de la historia, así que dejemos ahí los detalles de la intervención del famoso cadete Tello en esta streaming-novela.

La disciplina es un aspecto fundamental, seminal en cualquier organización militar. Sin ella no puede haber ejércitos. La disciplina militar es precisamente lo que hace que un grupo de voluntarios, ensamblados de forma improvisada e incapaz de desarrollar acciones coordinadas, pueda transformarse en un ejército con la capacidad de actuar como un mismo cuerpo para crear una defensa o emprender un ataque colaborativo.

No hay mucho margen de ambigüedad en la disciplina militar, las órdenes se obedecen sí o sí. Las legiones romanas de la antigüedad mantenían la disciplina mediante un amplio abanico de premios al valor, la intrepidez y la bravura de sus soldados, y al mismo tiempo, contaban con un vasto repertorio de cruentos y discrecionales castigos para controlar los excesos, la cobardía y la desobediencia. En muchos casos, los castigos a los soldados eran aplicados por sus propios compañeros, como cuando el ejército de Craso se negó a entablar batalla contra los insurrectos comandados por el tracio Espartaco. Craso decidió ejecutar al diez por ciento de su ejército. Para ello, alineó a todos sus soldados y contándolos del uno al diez sucesivamente, ordenó que del uno al nueve mataran a golpes a quien le tocara ser el diez. Manlio Torcuato, por su parte, ordenó la ejecución de su propio hijo por abandonar su puesto en plena batalla.

Por definición, las indisciplinas en el ejército no son frecuentes, pues la disciplina es lo que hace que un ejército subsista. Pero si ampliáramos nuestro interés a cualquier tipo de organización, sería interesante preguntarnos por qué son tan frecuentes las transgresiones, los crímenes, la corrupción y en general las malas conductas en empresas y gobiernos. En muchos casos, las organizaciones humanas cuentan con reglas claras, escritas y no escritas; sin embargo, eso no previene que miembros de esos grupos se desvíen de la norma y falten a sus obligaciones.

Donald Palmer (Normal Organizational Wrongdoing, Oxford University Press 2012) propone dos vías para acercarse a la explicación de las malas conductas. Una de ellas, bastante aceptada hasta hoy, es tratar las violaciones a las normas como desviaciones, como algo aberrante pero que son acciones racionales que el individuo ejecuta con plena conciencia de que está haciendo algo malo, pero calculando que le beneficia. En este caso, quien viola una norma lo hace por libre decisión, valorando los posibles beneficios y sopesándolos contra la probabilidad de ser castigado. Esto a veces requiere de cálculos complejos que muchas veces fallan, pues como dice la literatura de ciencias del comportamiento, las personas tendemos a subestimar los riesgos de ser sorprendidos en la trampa. La incapacidad de hacer cálculos correctos sobre los riesgos de violar las normas puede ser una de las razones por las que la corrupción abunda en nuestro país, ya que México ha sido consistentemente uno de los países peor calificados en la OCDE en cuanto al aprovechamiento y aprendizaje de las matemáticas. La otra vía de análisis de las malas conductas es que estas no son fríos cálculos racionales, sino reacciones o impulsos en respuesta a un medio ambiente específico o a cierta cultura organizacional. Para este acercamiento, la violación a la norma no es una conducta aberrante ni excepcional, sino una simple reacción a ciertas condiciones dadas. En un ambiente en el que las reglas no son respetadas, las personas empiezan a perder referentes éticos y caen en un “tobogán resbaloso” en el que las reglas se erosionan y su observancia pierde sentido.

Ambas formas de ver el cumplimiento de normas no son excluyentes y ambos tipos de análisis, a fin de cuentas, reconocen la importancia de los mecanismos sociales de control de las conductas y de la relevancia de que esos controles sociales (leyes, la acción del Estado, la educación, las tradiciones, las reglas administrativas, la familia, la opinión pública, etcétera) establezcan distinciones claras entre las conductas que están bien y lo que está mal. El cadete Tello tuvo la fortuna de pertenecer a una institución como el Ejército mexicano, cuya existencia depende de la práctica de la disciplina y del desarrollo personal de valores como el cumplimiento, el autosacrificio y el honor. Si bien una sociedad plural y compleja como la nuestra no puede administrarse como si fuera un ejército, vale la pena revisar qué podemos aprender de lo que las Fuerzas Armadas han hecho para darle a la mayoría de sus integrantes la estatura moral que hace que sea la institución más admirada por los mexicanos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.