Opinión

Bellas imágenes

  
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Ceremonia, de la artista Claudia Fernández. (Cortesía)

En la Ciudad de México se muestran actualmente tres exposiciones, en distintos espacios, de artistas mexicanos que se dieron a conocer en la década de los 90. La primera exhibición, Ceremonia, de la artista Claudia Fernández, se presenta en el Museo Tamayo, y reúne una hermosa colección de objetos artesanales, en la cual la artista, a partir de estambres, cestas, objetos de barro, faroles, huaraches, sombreros y pan dulce, entre muchos otros, revaloriza una tradición milenaria que se ha transmitido de generación en generación. La exposición es hermosa, denota la factura de las artesanías y el ojo con el que han sido escogidas, aunque resulta peculiar el presentar estos objetos en un recinto reservado casi exclusivamente al arte contemporáneo.

¿Qué nos quiere decir Fernández? Sería simplista justificar esta exposición a partir del gesto duchampiano del ready made, en el que cualquier objeto que escoja un artista y decida introducir en un museo automáticamente se vuelve arte; la fractura entre artesanía y arte es una discusión profunda que lleva muchos años desarrollándose sin llegar a conclusiones definitivas. Fernández es una artista artista, hacedora, que trabaja acumulando imágenes que se convierten en series creando diversas Gestalts; como en la serie de pinturas abstractas que recuerdan a Josef Albers o Bridget Riley, la serie de fotos de logotipos de camiones, o la de las puertas de aluminio; las intervenciones donde recubría de peltre los objetos en un intento de crear un cosmos a partir de nuestro espacio circundante. La exhibición se hubiera enriquecido enormemente con la inclusión por parte del equipo curatorial de algunos trabajos de Fernández en las salas, estableciendo un diálogo o un puente con estos objetos para abordar la compleja y rica problemática entre artesanía y arte.

Los que mueren son los otros, de Artemio, se presenta en el MUCA. En la gran sala de exhibición, el artista instaló una fila de pequeños cuadros que ordenó cromáticamente, y en los cuales escribió frases encontradas en revistas, películas, o conversaciones casuales. Las obras forman un impecable y hermoso arcoíris que logra adaptarse al espacio de exhibición, en ellos leemos frases como “La felicidad es la ruina del mundo real”, “El dolor se transforma en más dolor” o “Jesucristo es un ready made”. Los visitantes hacen una elección medio inconsciente del color y del mensaje que leen, viéndose reflejados en los cuadros donde la frase queda sobrepuesta sobre su propio reflejo. La aportación del lenguaje como materia de arte es compleja e inabarcable, basten como ejemplo los ejercicios de investigación de Bruce Nauman en torno a las teorías de Wittgenstein, pero Artemio prefiere llevar esos cuestionamientos a un lugar más lúdico y hasta satírico, y la propia burla convierte a estos cuadros en un juego ansioso que busca hacer ilegibles los miedos y especulaciones metafísicas que introduce.

En el Museo Experimental El Eco se exhibe A propósito del borde de las cosas, de Luis Felipe Ortega, con una acción del mismo nombre en la que conviven un músico y su guitarra, requinteándole; un par de bailarinas enfundadas en trajes negros, y otro artista, José Luis Sánchez Rull, leyendo a Samuel Beckett, así como una fabulosa intervención arquitectónica que divide el patio con un muro negro.

Las tres muestras nos dejan colmados de bellas imágenes: un arcoíris, un muro negro y la lluvia, artesanías exquisitamente bien elegidas, sin embargo, estas imágenes reverberan y flotan sin llegar a anclarse en una realidad avasallante. ¿Dónde están la crudeza, la tensión, las preguntas incómodas, el dolor que nos rodea? Tal vez nuestra realidad ha terminado rebasándonos a tal punto que resulta imposible nombrarla, verla de frente y descifrarla.

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