Opinión

"Because I love dancing":
Merce Cunningham

    
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Merce Cunningham

En el ensayo romántico Sobre el teatro de marionetas del dramaturgo y novelista alemán Heinrich von Kleist -escrito en 1810- el autor se pregunta si los títeres y el titiritero superan al bailarín de carne y hueso. Kleist explica que el titiritero no sólo tiene control de los hilos que manipula, sino que gobierna el centro de gravedad del muñeco, operándolo con suprema precisión en un estado de ingravidez, creando movimientos imposibles para un ser humano. No es el control a lo que aspira una danza perfecta, según Kleist, sino a la contraposición de las fuerzas, de los cuerpos y de la atracción de la Tierra. La danza es desafiar la pesadez, liberarse de la gravedad.

En este viaje de la danza por aligerarse a favor de un arte más expresionista y pasional, emergen varias figuras innovadoras en la historia de esta disciplina, como Serguéi Diáguilev (creador de los ballets rusos alrededor de 1910), el maestro y coreógrafo americano George Balanchine y por supuesto Isadora Duncan, creadora de la danza moderna junto con Martha Graham. En esta lista no puede faltar Merce Cunningham, quien transformó por completo el arte del cuerpo en la segunda mitad del siglo XX.

A través de técnicas teatrales, el descubrimiento de la obra abstracta de Paul Klee, Kandisnky y el acercarse a las antiguas danzas de los nativos americanos, así como el estudio de los movimientos de animales salvajes y hasta el budismo zen, Cunningham dio forma a su vocabulario coreográfico que buscaba transmitir el movimiento puro, desnudando al baile de todos sus elementos superfluos.

Merce Cunningham nació en Centralia, Washington, EU, el 16 de abril de 1919. Hoy cumpliría 96 años. Estudió teatro y danza en la Cornish School de Seattle, donde conoció al músico John Cage, quien sería su mancuerna artística y sentimental hasta la muerte del último en 1992. De 1939 a 1945 fue el primer bailarín de la compañía de Martha Graham. Cunningham llegó en 1948 a la legendaria Black Mountain School, en Carolina del Norte, a dar clases de danza. En ese ambiente de libre interdisciplina, hizo amistad con los artistas Jasper Johns y Robert Rauschenberg, quienes construirían escenografías para los performances del coreógrafo. En 1953 fundó la Merce Cunningham Dance Company, cimentada sobre los principios de libertad, colaboración, el azar como presencia activa y el uso continuo de la tecnología como medio de exploración corporal.

El giro que provocó Cunningham en la danza se replicó en otras prácticas artísticas de la época. Sus coreografías carecían de un hilo narrativo, así rompían con la estructura clásica de los actos; la improvisación y la sorpresa siempre estaban presentes y no sólo para el público: en algunas piezas los bailarines salían a escena sin conocer la música, transformando las técnicas de ensayo y trabajo previo, apartándose el mismo Cunningham de los procesos de toma de decisión. También transgredió la relación con el espacio escénico al montar performances en espacios no destinados para danza y crear piezas de sitio específico, dejando claro que se puede bailar en cualquier lado.

Ejemplos de sus creaciones incluyen la Sixteen Dance for Soloist and Company (1951), Summerspace (1958), Winterbranch (1965) y Tango (1978). Al observar una obra de Merce Cunningham, no hay que esperar nada: “Lo que miras es lo que es”, siempre aconsejó el bailarín. En eso radica una forma de libertad. No necesitas saber qué pasa, puede ser cualquier cosa, en ese momento se unifican la libertad de la mente y la libertad de un cuerpo en movimiento.

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