Opinión

Batallas campales

 
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Batallas campales.

A Joseph Beuys (1921-1986), uno de los artistas que más marcó el siglo 20, le fascinaban las Torres Gemelas. Cuando visitó Nueva York por primera vez en 1974, las torres, que simbolizaban la gloria americana, acababan de ser terminadas. Beuys les tomó una imagen en 3D, le puso una capa de amarillo (después de este cambio cromático los edificios parecían dos barras de manteca) e inscribió en ellas los nombres de Cosmos y Damián; unos gemelos que nacieron en el siglo III después de Cristo, musulmanes que fueron convertidos al cristianismo y que fueron santificados tras haber sido torturados y matados en Siria por haber practicado la medicina sin cobrar. Con esta pieza Beuys introducía el conflicto entre cristianos y musulmanes. Pero el hecho de encomendar a ambos santos aquel símbolo de la acumulación y de la dominación del capital puede también ser visto como un acto de superstición que presagiaba la decadencia del capitalismo.

Beuys estudió arte (1946-1951) y más tarde fue nombrado profesor en la universidad de Düsseldorf, donde abogaba por la idea de que todos somos artistas, y buscaba descubrir una creatividad que pudiera ser aplicada a la vida diaria. En su práctica estableció un concepto de arte expandido que debía salir de sí mismo y abarcar lo social, lo político y hasta lo espiritual.

Desgraciadamente nuestra época parece abocarse a destruir esta premisa. En estos días se habla mucho de Trump, a quien no conozco, pero sí conozco el mundo del arte contemporáneo en Estados Unidos, que exhibe una arrogancia, una codicia y un oportunismo tal, y de pronto la gente se ve amenazada por la llegada del magnate a la Casa Blanca.

A algunos millonarios les encanta el arte pues les da conversación y una pátina de cultura, y esta pasión por lo bello ha asegurado su rentabilidad, al punto de convertirlo en una de las inversiones más seguras. Los artistas y los galeristas les devuelven la flor a los coleccionistas al no cuestionar los orígenes de sus fortunas, o al no recordarles algunos dilemas morales que conllevan hacer fiestas en sus yates, a escasos kilómetros de donde se hunden miles de migrantes.

Los millonarios forman parte de los patronatos de los museos, donde palabras como 'Palestina' están vetadas, y regiones enteras del globo son mencionadas rápidamente sólo para lavarse la conciencia.

Pero esa falta de reflexión viene de tiempo atrás. En 2001, mientras preparaba la exposición Sunday Afternoon, que abrió sus puertas al público días después del atentado de las Torres Gemelas, se respiraba la pasividad de la academia, de artistas e intelectuales, quienes no aprovecharon esta terrible circunstancia para generar una autoreflexión sobre su política exterior, pero sobre todo para hacer una introspección a su psique nacional, donde se había creado, también con la complicidad del mundo del arte, una plasta ideológica entre democracia, dinero, guerra, individualidad y libertad.

Hoy, cuando el statu quo neoyorquino y angelino, los egresados de las Ivy League y el mundo del arte se escandalizan de la victoria de la 'América profunda', resuenan fuertes las palabras de Beuys, quien decía que sólo a través de la libertad, la igualdad y la solidaridad podía iniciarse un proceso de sanación social.

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