Opinión

Batalla final por el oleoducto Keystone XL

Los grandes intereses del combustible fósil están ganando la batalla por la construcción del oleoducto gigante Keystone XL entre las contaminantes arenas oleaginosas de Athabasca, Canadá, y las refinerías en la costa texana del Golfo de México, luego de que el Departamento de Estado, a cargo de evaluar el impacto ambiental de la obra, señaló que incluso sería menos perniciosa que otras opciones y que tampoco frenará el desarrollo de la industria.

Como se recordará, el proyecto de 7 mil millones de dólares fue bloqueado con oportunismo por Barack Obama en 2012 con motivo de su campaña de reelección, al argumentar que necesitaba más tiempo para evaluarlo, medida que también le ahorró puntos en el índice de popularidad a la entonces canciller Hillary Clinton, quien recomendaría darle luz verde o descartarlo. Hoy el panorama político es diferente y según la oficina que encabeza John Kerry, cualquier decisión “no afectará de manera significativa el ritmo de extracción de petróleo en la provincia canadiense de Alberta o la refinación de crudo en la costa del Golfo”.

Expertos como Jeffrey Sachs, director del Instituto Earth en la Universidad de Columbia, resaltan lo obvio al apuntar que la vía de mil 897 kilómetros, además del riesgo que entraña para los acuíferos por un derrame, facilitará acelerar la explotación de Athabasca, que contiene la tercera reserva de crudo, después de Arabia Saudita y Venezuela, al bombear diariamente 830 mil barriles que aportarán a Canadá cerca de 2 billones de dólares en dos décadas.

Calentamiento

Todo ello, añade Sachs, cuando el mundo se encamina hacia un aumento de la temperatura de tres grados para fines de siglo, lo que obligaría a frenar todos los planes de combustibles fósiles no convencionales, como los de Canadá y los que han propiciado el auge energético en Estados Unidos, mediante la fractura hidráulica del subsuelo o la perforación en aguas profundas.

Apenas días después de que la cancillería estadounidense se pronunciara, una investigación de la Academia Nacional de Ciencias de EU confirmó que las arenas oleaginosas son más contaminantes de lo que la industria quisiera reconocer –sostiene que lanzan la misma cantidad de gases de invernadero que ¡Groenlandia!–, ya que sus emisiones de hidrocarburos policíclicos aromáticos son tres veces más altas que lo pensado antes.

Obama tomará una decisión final en 90 días, después de que la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y otras dependencias concluyan sus análisis. Las esperanzas recaen en la propia EPA, que en el reporte de Kerry destacó que el crudo canadiense será más nocivo para la atmósfera que el importado de México o Venezuela.