Opinión

Barbarie de la impunidad

 
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Penal Topo Chico

Somos testigos de una de las peores atrocidades que han ocurrido en una cárcel de nuestro país. Cuarenta y nueve muertos y 12 heridos en el penal de Topo Chico, en Monterrey, todos ellos de la manera más sanguinaria. Durante horas se mataron a golpes con palos, tubos y bates, con navajas y calcinándose.

El conflicto se desató por un pleito entre dos grupos de Los Zetas que disputaban el control del centro penitenciario. En las investigaciones que siguieron a la tragedia se estableció que los reos no cumplían con los horarios reglamentarios de la cárcel, que participaron en la riña con palos y tubos y que algunos funcionarios del penal estaban involucrados en el altercado. Según narraciones de familiares, algunos de los muertos eran irreconocibles por la violencia y sadismo con que fueron golpeados o cortados, o bien porque sufrieron calcinación.

Durante el operativo que realizó la Policía Estatal Fuerza Civil para retomar el control del penal se descubrió que en él había celdas de lujo, frigobares, televisiones digitales, saunas y acuarios, entre otras irregularidades.

Este incidente se asemeja al que ocurrió en el penal de Apodaca, Nuevo León, en 2012 cuando 44 reos fueron asesinados en un enfrentamiento entre integrantes del Cártel del Golfo, de Los Zetas y con el cual se encubrió la fuga de otros 30. En esta ocasión también había varios funcionarios penitenciarios involucrados.

Cuando ocurrió la matanza en Apodaca se temía que el incidente se contagiara a otros penales. En 2014, un grupo de investigadores de la Universidad Autónoma de Nuevo León presentó un libro donde se documenta que Los Zetas obtenían 15 millones de pesos al mes gracias a las actividades ilegales que les permitía su autogobierno en Topo Chico. Ese mismo año, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) reportó que ese penal tenía una sobrepoblación de 26 por ciento, le dio una calificación global reprobatoria de 5.72 y estableció que su falla principal era en las condiciones de gobernabilidad.

Ese reporte también alertaba sobre las deficiencias en los servicios de salud, de prevención y atención de incidentes de violencia, así como en el proceso de sanciones, a la insuficiencia de personal de seguridad y custodia, a la existencia de áreas de privilegios, objetos y sustancias prohibidas y a la violencia ejercida por algunos reos sobre el resto de la población.

Topo Chico es monstruoso y degradante como Ayotzinapa con sus 43 desaparecidos; San Fernando, Tamaulipas, donde murieron 72; o el Casino Royale de Monterrey donde murieron 52. Topo Chico es igualmente resultado de la irresponsabilidad y de la impunidad.

Irresponsabilidad de las autoridades estatales que en 2012 nada hicieron para corregir las deficiencias que señaló la CNDH. ¿Quién es responsable de la omisión? ¿Qué hizo la Agencia de Administración Penitenciaria de Nuevo León? ¿Dónde quedó el papel del Congreso del estado que a través de su Comisión de Justicia y Seguridad Pública debió dar seguimiento a las condiciones de funcionamiento de los centros penitenciaros del estado?

Mientras la tragedia de Topo Chico se opaca por la visita del Papa Francisco, se acumula más resentimiento, dolor y rabia entre mayores segmentos de la población agraviados. No es posible dar un paso adelante en la agenda de seguridad o en la de justicia cotidiana o en la de respeto a la dignidad humana que tanto ha profesado Francisco, si México es incapaz de resolver la tragedia de sus centros penitenciarios.

La parafernalia de la visita del Papa y los votos de devoción que millones de mexicanos han expresado, así como la esperanza que el pontífice despierta entre los más débiles y desposeídos, es letra muerta si como sociedad se deja pasar esta barbarie sin costos para nadie. En su mensaje de Cuaresma del año pasado, Francisco dijo que la cultura de la indiferencia es uno de las mayores tragedias de la sociedad moderna: “[…] ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia”.

Y la indiferencia, que es una enfermedad del corazón, es uno de los mayores alimentos de la impunidad política. La visita del Papa ha traído esperanza. Desafortunadamente poco hará para que tragedias como las de Topo Chico sean una oportunidad para devolver esperanza a los familiares porque los culpables, por omisión, quedarán impunes una vez más.

Twitter: @LCUgalde

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