Opinión

Banxico, desarrollismo
contra populismo

 
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Panorámica del edificio del Banxico. (Edgar López)

Después de la lluvia de estrellas y de ideas que nos recetaron los banqueros en su Convención, “llegó el comandante y mandó a parar”, como rezaba la canción del trovador cubano Carlos Puebla. Esta vez no fue un barbudo vestido de verde oliva, sino un banquero que todavía tiene las riendas del Banco de México y ensaya nuevos pasos en el danzón de la ciencia política contemporánea, emulando a sus congéneres del sector bancario privado quienes, encabezados por el fugaz politólogo de su antiguo presidente gremial, dispensaron una singular disección de los dilemas que ha de encarar el mundo en los años por venir.

Populismo contra liberalismo proclamaron los banqueros y, de acuerdo con sus visiones y versiones, no podía sino esperarse una contundente victoria de las 'libertades. El populismo es simplista dijo el señor Miaja, con soluciones que a la postre no rinden los frutos prometidos y esperados. Ergo, el populismo es malo y peor lo son quienes lo postulan y promueven entre las masas irredentas. Por su parte, el liberalismo, el del libre mercado y la irrestricta libertad de empresa, es lo santo y bueno y es por ahí por donde México y el mundo deben marchar. Y es aquí que el gober Carstens decide echar su cuarto de espadas y prometer, ni más ni menos que “Banxico será el dique al populismo”. Amparado en una muy peculiar versión de la historia económica de México, en particular la de la inflación, don Agustín nos ilustra que fue “el hartazgo de la sociedad de vivir en constante inflación lo que dio lugar a la autonomía de la institución (…) [como] respuesta al populismo que hubo” (EL FINANCIERO, 27/03/17, p. 1).

Ahora nos enteramos, gracias a Carstens, de que no fueron las devaluaciones en cascada que asolaron la época, ni la especulación masiva y hasta festiva contra el peso, ni la carga inaudita de las tasas de interés decididas centralmente, ni la austeridad suicida, causas que tuvieran que ver con la pesadilla inflacionaria de los años ochenta, sino el sobregiro del Banco Central, ejecutado autoritariamente por los gobiernos de entonces, lo que explica la decisión de otorgarle autonomía al Banco de México, no como resultado de una consulta popular o una rebelión de las masas apoderadas de las calles de la Condesa.

Se trató, nos explica, de una apresurada decisión presidencial que buscaba ofrecer prendas de seguridad y buen gobierno a los insaciables acreedores y sus peones, instalados en el Fondo Monetario Internacional, dispuestos a buscar salidas a la crisis de la deuda contrarias a lo que racionalmente había que hacer: montar una efectiva negociación entre el prestatario y los prestamistas que le permitiera al primero volver a crecer y usar una parte pactada de sus ingresos por exportación para importar materias primas y bienes de producción indispensables para retomar la actividad productiva. Nada de esto se hizo y no fue sino hasta la propuesta del señor Brady, secretario del Tesoro estadounidense, que México pudo empezar a respirar y a medio crecer.

Esta dinámica poquitera del crecimiento económico se ha vuelto una costumbre, casi una cultura, que ha llevado a formas perversas de puja distributiva y a conductas individuales y grupales que lindan con la anomia y cultivan la desazón y el cinismo como recursos de defensa simbólicos pero corrosivos de la cohesión social. La abierta renuencia de los partidos políticos a hacerse cargo, mediante el debate y el estudio de esta larga saga de cuasi estancamiento económico y mal empleo, ha minado las de por sí endebles bases de la credibilidad política y del sistema en su conjunto; sin duda, tiempos álgidos de pérdida de legitimidad y de caída libre en la lealtad y la disciplina interna. El resultado de esta nefasta combinación es la inestabilidad social y el estancamiento político, precisamente en momentos de emergencia como los que ha planteado el gobierno del presidente Trump a México. Lo que está contra la pared es el interés nacional cuya defensa debería unir a las más diversas e incluso encontradas fuerzas e interpelaciones.

Pero no ha ocurrido así. Estas fallas profundas de la organización estatal y la coordinación social reclaman una convocatoria del Estado y las fuerzas políticas a rediseñar un nuevo curso de desarrollo, y cuanto antes empezar a contar con las herramientas necesarias para propiciar una movilización del excedente en favor de la acumulación productiva, sin duda mediante la inversión privada pero también, sobre todo en un principio, de la inversión pública sacrificada hasta el extremo en el altar de una estabilización mal concebida que de extenderse puede dar lugar a otra 'política económica del desperdicio', como la aplicada en la primera mitad de los años ochenta.

Es ahí, por cierto, donde el gobernador Carstens y sus asesores pueden encontrar las fuentes de aquella inflación desatada, más que en un sobregiro espectral siempre mediado y sometido a la malhadada estrategia del ajuste ortodoxo para pagar la deuda. Quizá nuestros banqueros centrales podrían encontrar buenas e interesantes lecciones en otras memorias de Banxico, como las de los proyectos de don Rodrigo Gómez y Ernesto Fernández Hurtado para promover el equipamiento industrial o fomentar nada menos que el desarrollo turístico al hacer de Cancún una playa desierta, un portento del turismo internacional. Sin populismo a cuestas, estos proyectos iniciados por aquellos banqueros centrales, celosos como el que más de la estabilidad monetaria y de los precios, hicieron de Banxico un ejemplar banco de desarrollo, no para abatir al populista de la hora sino para empujar la economía a niveles superiores de avance. Y lo consiguieron.

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