Opinión

Banamex o la merma
de una institución

 
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Banamex

El Banco Nacional de México, después Banamex y ahora Citibanamex, era una institución icónica en el país. Era el banco de referencia para muchos temas (créditos, tarjetas, depósitos, empleos); no obstante, como todo el sistema financiero mexicano ha registrado una transformación profunda por factores internos y externos: la nacionalización de la banca en 1982, su reprivatización a otras manos en el sexenio salinista, la crisis financiera de 1995-1996, la 'extranjerización' durante la administración zedillista —particularmente relevante en el caso de Banamex—, y la ola de fusiones y adquisiciones desde ese año y que continúa con la recientemente anunciada entre Banorte e Interacciones hace unos días.

También el entorno regulatorio se modificó sustancialmente tanto a nivel nacional (Fobaproa, fortalecimiento de la Comisión Nacional Bancaria, adopción de estándares internacionales para los bancos) -después de la crisis de los 90- como a nivel internacional con una vigilancia operativa y contable mucho más severa por parte de los reguladores en prácticamente todo el mundo.

Para Banamex ese proceso de transformación ha sido para mal. De ser una institución en la que trabajar era un orgullo y con una sólida formación de recursos humanos —muchos de sus funcionarios entraron desde los niveles más bajos en el escalafón y alcanzaron puestos de dirección de primer nivel—, ahora los empleados viven en procesos permanentes de recorte, que se anuncian desde Nueva York sin que tengan que ver con la actividad en México.

Antes era un 'privilegio' tener cuenta en ese banco, hoy es un calvario. Su principal característica es la deficiencia generalizada de los servicios que otorga: más de 20 minutos en una llamada telefónica para poder hablar con una 'persona' y no caer en la circularidad de la marcación hasta que el sistema cuelga; aclaraciones de cargos no reconocidos y, peor aún, de fraudes cibernéticos o de cheques que tardan meses en resolverse o de plano no se resuelven; un tiempo promedio de espera en 'servicio a clientes' de sucursales que supera las dos horas, con lo que en la reciente evaluación de la calidad de la Condusef, Banamex se situó como el tercer peor calificado sólo después de Bancoppel y Banco Azteca. ¡Vaya honor!.

Como casi todos los bancos, las tasas que paga a sus depositantes son increíblemente bajas; por ejemplo, en lo que va de 2017 ha pagado 1.07 por ciento anual promedio por un depósito 'obligatorio' en Cuenta Maestra (o cobra comisiones), en comparación con una tasa de Cetes del orden de 7.0 por ciento anual. Ni así le sale el negocio: en 2016 Banamex registró una contracción de su utilidad de 12 por ciento con respecto a 2015 y en el primer trimestre de 2017 de 23 por ciento, aunque se mantiene como el 'principal activo' de Citi en el mundo. Además, en diversos segmentos su participación de mercado es cada vez menor a costa de bancos de similar tamaño pero también de los denominados bancos 'de nicho'.

Entre 2007 y 2016 la participación de Banamex en el mercado de crédito a empresas cayó de 15.8 por ciento del total a 12.4 por ciento y en créditos personales de 24.0 a 20.9 por ciento; no obstante, mantuvo su participación en vivienda y en tarjeta de crédito, pero en los números agregados de captación y financiamiento su participación cayó de niveles superiores a 20 por ciento —era el banco líder— a principios de la década a menos de 15 por ciento en el año pasado.

A lo largo de los años, Banamex también se retiró de mercados en los cuales no sólo era el jugador dominante, sino que había creado áreas de especialización importantes tanto para la institución como para su propia clientela, como los sectores agropecuario y turístico. Ello implicó no sólo ceder esos mercados a otras instituciones sino dilapidar un capital creado y almacenado durante muchos años.

Como otras instituciones en México, el caso de Banamex es ilustrativo de que no sólo se deterioran las públicas a partir de mala gestión y administración; también se puede acabar con las privadas.

El autor es socio de GEA Grupo de Economistas y Asociados.

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