Opinión

Balance papal

 
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Papa Francisco

El carácter predominante de la visita de Francisco ha sido su mensaje conciliador, pacifista, dialogante y de encuentro humano. Define al Papa Francisco esta actitud de reencuentro humanista, de reconciliación, de tolerancia y de dignidad. No podría ser de otra forma.

Para todos aquellos, tirios y troyanos, que en México esperaban o deseaban mensajes revolucionarios, de crítica extrema al sistema político, a la debacle de derechos humanos en México, se han quedado con una expectativa insatisfecha.

No condenó a la lucha contra el narcotráfico, pero si habló del flagelo que “anestesia las conciencias” y del “tráfico de la muerte”. No abordó frontalmente el tema de seguridad, pero sí señaló los riesgos que acechan a los jóvenes. Su mensaje en torno a la migración en la línea fronteriza fue esencial para la construcción de puentes, de diálogo y de encuentro, en contraposición a las voces oportunistas que llaman a la división, a la confrontación racial y a la edificación de muros.

Tal vez el mensaje más fuerte del Papa en México fue el que dirigió a sus propios colegas y “hermanos en el ministerio”. A más de 150 obispos titulares, auxiliares, eméritos y en retiro reunidos el sábado en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, les indicó el camino correcto para el ejercicio de su apostolado y de su labor pastoral. No queremos príncipes, sino pastores de sus fieles, les dijo con la suavidad de su lenguaje y de su tono, pero con la firmeza y profundidad del mensaje. “Si tienen que pelearse, peléense, pero como hombres, frente a frente, para luego irse a orar juntos” en un llamado enérgico a evitar las divisiones del episcopado. Un mensaje directo a la reciente confrontación pública por las cartas intercambiadas entre Norberto Rivera, cardenal arzobispo primado de México, y el muy cercano amigo del Papa, el cardenal Suárez Inda, arzobispo de Morelia.

El grupo de prensa vaticana que acompaña al Papa en todos sus viajes, y entre ellos algunos que lo han hecho por más de dos décadas, se sorprendieron por la “poca gente” en las calles de México para recibir a Francisco. Y es que muchos de ellos comparan la afluencia de esta visita con las de aquellas multitudinarias de Juan Pablo II. Era otro México, otra Iglesia, otro porcentaje demográfico de católicos en el país que ha disminuido de arriba de 90 por ciento a algo apenas rozando el 80 por ciento.

Por ello la importancia de su presencia en el sur chiapaneco, en la frontera con Centroamérica, pero también en la tierra donde otras religiones han crecido exponencialmente.

En ese punto en particular, en el encuentro con el mundo indígena fue especialmente relevante recibir el mensaje de los diáconos casados, ese punto de enlace entre la Iglesia y el evangelio, con las comunidades indígenas multiparlantes. Significativo “espaldarazo” o reconocimiento del Papa al pronunciar palabras en lenguas indígenas y presentar sus respetos a la Biblia al lado del Popol Vuh –libro sagrado de la creación en la concepción de culturas indígenas.

Cuando la madre soltera, la pareja de divorciados y casados nuevamente, tuvieron un espacio y el micrófono para hablarle al Papa, recibir su bendición y su abrazo, fue un momento conmovedor lleno de significado: recordemos que la doctrina de la Iglesia y la jerarquía por décadas ha rechazado estas expresiones sociales más presentes que nunca en una sociedad diversa. De forma simbólica el Papa –¿la Iglesia?– abrazó esas expresiones distintas de construir familia.

Los gobernadores y secretarios de Estado mexicanos contuvieron su inercia natural de hacer uso político de la imagen y la presencia del Papa, en esfuerzo continuo del equipo vaticano. Con todo, estuvieron muy cerca, tan cerca como para vigilar y supervisar que el representante vaticano no se “saliera del script”.

Más allá de los 43 y un supuesto encuentro con los padres que no sucedió, el gran tema ausente en los mensajes, discursos y homilías, fue la pederastia. En un país como el nuestro, origen y cuna del mayor criminal eclesiástico del último siglo –Marcial Maciel– y donde existen muchos presbíteros que han cometido excesos y abusos, cobijados y protegidos por el manto institucional, un renovado mensaje de condena y de rechazo hubiesen resultado reconfortantes para víctimas y familiares.

Por alguna razón, lo omitió por completo.

Mención especial merece la controversia sobre el Estado laico en México, cuando presenciamos el desfile de funcionarios federales y estatales en franca ruptura con el orden constitucional. No sólo asistiendo a celebraciones litúrgicas en calidad de su cargo público, sino que además extendiendo generalizaciones sobre el “país guadalupano” y nuestra “devoción a Su Santidad”. Ridículo y penoso espectáculo que no cuestiona las creencias individuales de cada persona, sino la exhibición pública de su fe desde el cargo público que desempeñan.

El papa Francisco representa –o eso queremos ver algunos– una luz de cambio y transformación al interior de una institución ancestral, caduca, desconectada de creyentes y feligreses del siglo XXI. Parece que él entiende esta distancia y por eso su insistente llamado a los obispos a dejar sus palacios y oficinas, para convertirse en pastores “cancheros”, de la calle, como dice Francisco.

Hacemos votos porque el tiempo y la salud le permitan continuar con ese trabajo indispensable de renovación.

Twitter: @LKourchenko

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