Opinión

Bajo crecimiento como consecuencia


 
El crecimiento económico es condición indispensable para el éxito de cualquier gobierno. La economía de México está en contracción: creció 0.03 por ciento el primer trimestre del año y se redujo 0.74 por ciento en el segundo.
 
Un Estado que es incapaz de generar crecimiento y oportunidades para sus habitantes, pierde credibilidad, autoridad y capacidad para aplicar la ley y para gobernar. La economía dificultará la de por sí difícil gobernanza del país.
 
Recuperar credibilidad para gobernar en un entorno externo adverso y con limitados recursos de política económica y social internas, obliga a buscar alternativas a los paradigmas neoliberales a los que se han adherido nuestros gobiernos desde hace 30 años, incluyendo el actual.
 
Los ejemplos a seguir deberían ser las naciones que afrontan mejor las adversidades actuales, gracias a que son relativamente equitativas.
 
La distribución justa del ingreso no viene después del crecimiento, sino que es condición preliminar para dinamizar actividades. A Lula le funcionó en Brasil.
Al seguir por el mismo camino, Peña Nieto dispone de una soberanía disminuida ante el exterior y tiene limitaciones reales para inducir el crecimiento.
 
La soberanía erosionada y la pérdida de instrumentos de política económica acentúan la inercia del país a seguir el paso de la economía internacional, que sigue sin los medios para sacar al buey de la barranca.
 
Es un modelo –como dice Lula da Silva- en el que “el gobierno transfiere la autoridad democrática que surge del voto popular –por ende, su responsabilidad moral y política ante los ciudadanos– a los técnicos y dependencias cuya tarea principal es permitir el libre flujo del capital especulativo” (El Financiero 27/08/2013).
 
Es lo que se llama financiarización de la economía, etapa capitalista de nuestros tiempos. Dice el ex presidente brasileño sobre la artificiosa expansión de los mercados financieros: “entre 1980 y 2006, el producto interno bruto mundial creció un 314 por ciento, mientras que la riqueza financiera aumentó 1,291 por ciento, según el Instituto Global McKinsey y el Fondo Monetario Internacional, sin incluir los derivados”.
 
Al adquirir vida propia sus ganancias, el capital financiero deja de cumplir su función como palanca de la economía real de las fábricas, el campo y los servicios.
 
La “modernización neoliberal” canceló instrumentos de política
 
Otra consecuencia obvia de la transferencia de autoridad del Estado a los mercados, es la atrofia de los instrumentos de la política para afrontar los desafíos que representa el modelo.
 
En México, la acelerada apertura comercial y financiera llevó al Estado a cancelar instrumentos de política económica y a dejar que en aras de la “modernización neoliberal”, desaparecieran cadenas productivas, se acentuaran las limitaciones en generación de empleos, se convirtiera a la economía informal en parte del orden estructural y se agudizaran las desigualdades.
 
Esa modernización extranjerizó los bancos, que prestan poco a las actividades productivas y han logrado, con sus créditos al gobierno y al consumo, que sus filiales mexicanas sean las más rentables de cuantas tienen en el mundo. Bancomer, por ejemplo, aportó en enero-marzo 30% de las ganancias del BBVA mientras que sus operaciones en España le aportaron la mitad, 16%. No cobran lo mismo en comisiones allá que acá.
 
Así llegamos a una situación económica en la que los indicadores fundamentales reflejan múltiples déficits. Por ejemplo, la salida de capitales durante el primer semestre de este 2013 alcanzó niveles históricos, al superar en 105 por ciento a los del año pasado. Las entradas de capital en el mismo periodo fueron 61 por ciento menores. El déficit de la balanza comercial también creció, igual que los índices de inflación y desempleo.
 
Si no cambia el rumbo, México crecerá mucho menos de su potencial y mucho menos de lo que requiere la sociedad. En 2013 no crecerá el PIB 3,5 como se calculaba a principios del año, sino 1.8 por ciento según la última corrección de la secretaría de Hacienda.
 
Para echar a andar motores internos de desarrollo hay que empezar por mejorar la distribución del ingreso ampliando al menos la cobertura de la seguridad social y acrecentando la inversión pública en infraestructura, inexplicablemente rezagada este año.
 
El objetivo de la política económica debería ser que México dejara de basar su competitividad externa en la mano de obra barata y apostara a la calidad del empleo.
 
Ese objetivo no empalma con la reforma energética, no porque no sea necesaria sino porque el planteamiento del gobierno es más un plan de negocios que un proyecto político de desarrollo. 
 
http://estadoysociedad.com