Opinión

Baja productividad ¿bajo crecimiento?


 
La economía de México ha crecido muy poco durante los últimos 30 años. De hecho, destaca en el mundo por su bajo crecimiento durante ese periodo. Este 2013 está creciendo menos que el año pasado.
 
El gobierno ha propuesto acelerar el crecimiento y mantener la estabilidad macroeconómica. El secretario Luis Videgaray, de Hacienda, se ha referido a esos como los objetivos estratégicos que guían la política económica en marcha y que están presentes en el Plan Nacional de Desarrollo que se presentó en mayo. 
 
La estabilidad macroeconómica, ya se sabe, está a cargo de la política monetaria del Banco de México. Acelerar el crecimiento de la economía es un reto mayor que exige desenmarañar la compleja trama de factores que lo han frenado.
 
Los hay estructurales como la dependencia comercial externa y lo estrecho del mercado interno de consumidores, y hay causas situacionales como la subvaluación reciente del peso.
 
El secretario Videgaray subraya que lo que ha frenado el crecimiento durante los últimos 30 años "es el crecimiento negativo (menos 0.7 por ciento anual) de la productividad".
 
Se refiere Videgaray a la productividad en conjunto, en el que habría que incluir factores como trabajo, capital, capacidades empresariales e inclusive, la eficiencia del gobierno.
 
La productividad aumenta cuando crece el producto más que los insumos empleados y disminuye si aumentan los recursos utilizados más que el resultado final.
 
Dos ejemplos: el gasto del gobierno creció 88% real entre 2001 y 2012, mientras que el PIB lo hizo en 27.6%. El gobierno emplea más recursos ahora que en el 2000 y muchos más de los que solventa el propio crecimiento, lo que significa que su productividad ha sido negativa.
 
El segundo ejemplo es opuesto: las empresas de planta productiva han reducido el uso de insumos para tratar de mantener un índice de productividad superior al del bajo crecimiento del PIB. La fórmula ha sido el abatimiento de los costos laborales, particularmente de los salariales. Se cumple así el requisito de producir lo mismo o un poco más con menores costos.
 
La depresión de las remuneraciones salariales tiene una larga historia en nuestro país. Desde 1989, cuando los salarios representaron el 35.23% del PIB, esa proporción ha disminuido de manera constante y para enero de 2012 se había contraído -según el INEGI- al 27.44%.
 
Menor proporción de salarios en un PIB estancado, con una Población Económicamente Activa que creció en más de 10 millones de asalariados, significa una menor masa de salarios que se reparte entre más gente, lo que resulta en remuneraciones de depauperación para la mayor parte de la fuerza laboral.
 
Dice el Informe sobre Competitividad Social en México 2012, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que solamente el 8.4% de la población ocupada en México gana más de 5 salarios mínimos.
 
Del resto de quienes cobran por su trabajo, 22.6% recibe entre 1 y 2 salarios mínimos y 21.9% gana entre 2 y 3 salarios mínimos. Es decir, el 44.5% de la fuerza laboral asalariada gana 5,800 pesos mensuales como máximo. Otro 8.2% de mexicanos no recibe ingresos por su trabajo.
 
Su mínima capacidad de compra delimita el mercado interno y lo peor es que ni la tendencia ni la política económica del actual gobierno, apuntan a la recuperación de la masa salarial.
 
El esquema de remuneraciones salariales expresa además, desigualdades y polarización social que tampoco tienden a corregirse.
 
Para que el empeño de la política económica en acelerar la productividad sirva como palanca de crecimiento económico equitativo, según manda la Constitución, tendría que incidir en beneficio del capital, pero también del trabajo.
 
Tendría que fomentar la capacidad innovadora de las empresas que repercute en la productividad laboral, y vincular los avances en ese aspecto con las remuneraciones salariales.
 
De lo que se trata, ha declarado el propio Presidente Peña Nieto, es de mejorar el ambiente de negocios, con marcos regulatorios eficaces y fomentando la competencia en todos los mercados.
 
El Secretario de Hacienda ha dicho que se "democratizará" la productividad, para que alcance a la mayoría de los sectores y de las empresas.
 
Para que fuera verdad, habría que amarrar las remuneraciones al trabajo con los avances en productividad; esa vinculación tendría que ser el complemento de una estrategia que se propusiera hacer que el mercado interno fuera un verdadero factor de fomento productivo y aliento a un mejor clima de negocios y de convivencia social.