Opinión

'Baby Driver': el cine ingenioso de Edgar Wright

 
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Baby Driver

El cine de Edgar Wright se caracteriza por un notable dinamismo en la edición así como una constante simpatía audiovisual. Los mejores trechos de Shaun of the Dead y Hot Fuzz (y ambas tienen trechos geniales a pasto) son el trabajo de un cineasta obsesivo con gran sentido del humor. Prácticamente no hay encuadre que no contenga chispas de ingenio. Como ya ha señalado el crítico Tony Zhou, Wright
siempre busca la forma más inesperada de narrar, emplazar y saltar de una escena a otra, siendo capaz de convertir una aburrida mudanza en un montaje divertido y ágil. Su obra es única. Nunca verán una película de superhéroes como Scott Pilgrim vs. The World, ni una de zombis como Shaun of the Dead.

No es difícil explicar el éxito de Baby Driver, su más reciente película, con el público y la crítica estadounidense. Cuando la oferta del cine de acción está dominada por secuelas de secuelas, franquicias y superhéroes intercambiables, una cinta como esta –claramente producto de una visión singular y no de un focus group- es una
bocanada de aire fresco. Aplaudirle no es tanto un acto de justicia como una suerte de obligación cinéfila, sobre todo para quienes, como yo, se niegan a ver la vigésima Transformers.


Los primeros minutos están entre lo mejor de Wright. Un trío de ladrones (Jon Bernthal, Jon Hamm y la mexicana Eiza González) asaltan un banco. Estacionado los espera Baby (Ansel Elgort), su chofer, un chico con una habilidad sobrenatural para conducir a alta velocidad, quien tiene la manía de escuchar música todo el tiempo, haga lo que haga, aunque esté huyendo de la policía. De esa forma, Wright empalma la vida de Baby con la canción que el personaje escoge en ese momento. En la primera secuencia, la canción es Bellbottoms y el resultado es un prodigio de acción. Lo que sigue inmediatamente después del asalto es también magnífico: un plano secuencia en el que las voces de la gente y los grafitis callejeros de Atlanta se mezclan con lo que Baby pone en su iPod de camino a una cafetería. Hay algo de veras gozoso en este arranque. Wright nos contagia su amor por la comedia, la música y, por supuesto, el
cine.

Baby Driver no logra mantener esa energía ni ese ritmo, en parte porque sus peculiaridades –una edición que va al compás de la banda sonora diegética- dan pasajes similares: el segundo atraco es inferior al primero y el tercero es menos emocionante que el segundo. Conforme avanza, lo que mejor funciona es lo que ocurre afuera del automóvil, en la relación que Baby sostiene con su padre adoptivo y con Debora (Lily James), una adorable mesera. A medida que el tiempo en pantalla se
inclina hacia las balaceras y las persecuciones, lo que vemos cansa, cosa rarísima en una película con Wright al volante. El desenlace se siente como el de The Lord of the Rings: lo que debería haber sido un punto final se vuelve otro y otro y otro punto y aparte.

Pese a que no cumple la promesa de sus primeros minutos, Baby Driver vale el boleto. Incluso una película mediana para los estándares de Edgar Wright rebasa a la competencia.

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