Opinión

Ayotzinapa, ¿en dónde estamos ahora?

 
1
 

 

Marcha Ayotzinapa

Se fue el GIEI, queda la PGR. Habrá mucha presión internacional –Estados Unidos, Europa, ONU– para que se esclarezca el caso Ayotzinapa. Será difícil darle carpetazo, “superarlo”, como pidió el presidente. No se podrá resolver únicamente con los métodos de la PGR, cuya reputación está por los suelos. Tampoco parece viable que el gobierno mexicano permita que intervenga otra institución extranjera. Una comisión en la que participen ciudadanos: la autoridad obstaculizó la labor del GIEI, con más razón hará de lado a una comisión local. Ya hay, de hecho, un grupo legislativo encargado del caso: eso y nada es lo mismo.

¿Entonces, qué sigue? La investigación periodística. Que los periódicos, revistas, radio y televisión, mexicanos o extranjeros hagan su trabajo. Los mexicanos necesitamos saber qué pasó. Por qué pasó. Quién lo coordinó. Nuestra democracia está carcomida por la incredulidad.

¿En dónde estamos ahora? Hay más de 130 detenidos y siguen cayendo. Hay una voluminosa investigación de la PGR (que será puesta en línea próximamente) y dos tomos de objeciones e hipótesis del GIEI.

La trágica noche de Iguala puede dividirse en dos. La primera: desde que los muchachos salen de la Normal de Ayotzinapa hasta que muchos de ellos fueron subidos en patrullas, para llevarlos a comandancias donde los entregaron a los sicarios de Guerreros Unidos. La segunda es oscura y tiene que ver con el destino de los estudiantes: ¿Fueron asesinados y quemados en Cocula? ¿Cuántos? ¿Se dividieron los normalistas en dos o tres grupos? ¿Cada comando los fue desapareciendo a su modo? O como dicen los padres: no están muertos, el Estado los tiene.

De la primera parte existe material abundante –en la investigación de la PGR y en reportes periodísticos– pero no suficiente. Se dice: la policía detuvo y entregó a los normalistas. Pero hizo mucho más que eso: bloqueó los accesos a Iguala, se coordinó para perseguir ciertos autobuses, y para balacear y matar estudiantes.

Esa noche en Iguala murieron tres normalistas: dos a resultado de una balacera y otro más torturado y desollado. Pudieron ser más. Luego de las primeras balas en Iguala (que mataron a seis personas), los estudiantes trataron de organizarse, llamaron a algunos medios de comunicación para dar una conferencia de prensa.

Acudieron seis periodistas. Los muchachos comenzaron a relatar lo ocurrido. De pronto, llegaron en camionetas encapuchados vestidos de negro y comenzaron a disparar a periodistas y estudiantes que salieron corriendo. ¿Por qué de forma coordinada las patrullas de Iguala tiraron a mansalva contra los normalistas? Si se trató de una acción coordinada, hay un mando. ¿Qué mando y qué instrucciones dio aquella noche? Desde el principio se habló de un misterioso coordinador que operó en una casa del centro de Iguala. Los estudiantes hablan de la participación de patrullas municipales y federales.

De la primera parte, de la que sucedió desde Ayotzinapa hasta Iguala, nos ofrece John Gibler un importante testimonio en Una historia oral de la infamia (Grijalbo, 2016), libro que recoge una serie de entrevistas, en su mayor parte, con los estudiantes sobrevivientes de aquella noche terrible. Se trata de un libro “comprometido con la causa”. Dedicado a aquellos que “siguen saliendo a luchar” y con una tesis que exhibe en su epígrafe: “La misma ley que toma medidas y hace los exámenes para decir quién es el asesino es la misma que comete el crimen”.

Ejemplo perfecto de la posición “fue el Estado”, conviene leer los testimonios que Gibler ofrece, aunque estén sesgados. Significativo es lo que dice del adoctrinamiento político, de las actividades obligatorias (boteo, secuestro de camiones); lo que apenas insinúa (la presencia del Comité y de sus secretarios, algunos de los cuales, a bordo de los autobuses, dirigían a los grupos que salieron de Ayotzinapa); y muy significativos también son sus silencios. Ni una palabra sobre la FECSM (Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México) organización sin la cual no se mueve un dedo en la Normal. Ahí se emitió la orden de ir a Iguala. Desarmados. A territorio de los Guerreros Unidos.

La mayoría de los muchachos que fueron a morir no sabían a dónde iban. Sí lo sabían algunos “secretarios” que iban con los muchachos y que ejecutaban las órdenes del Comité, es decir, de la FECSM. No hay responsables de ese lado.

Quedan muchas cosas por investigar. Labor de la prensa, de la Academia, de los ciudadanos. Ayotzinapa podría ser, y está muy lejos de serlo, la piedra fundacional de la completa renovación de nuestro sistema de procuración de justicia. Vale la pena intentarlo.

Twitter:@Fernandogr

También te puede interesar:

Hora de volver a los cuarteles

El optimismo razonable de Gabriel Zaid

Vota por mí