Opinión

Avestruces en la tragedia

    
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Sismo CDMX

Es sabido que las desgracias pueden sacar lo mejor de las personas. Los mexicanos recurrentemente muestran su nobleza, su capacidad de resistir, su enorme generosidad con los demás, su dolor ante la muerte y su solidaridad en la tragedia. Si buscamos un ejemplo de amor al prójimo, la Ciudad de México en estos días es una buena muestra.

También los desastres revelan lo que estaba mal o descompuesto previo al suceso. Pronto sabremos de las construcciones que no cumplieron las normas, de esos actos de corrupción que cuestan vidas. Así como hemos visto solidaridad de empresas pequeñas y grandes ante el terremoto, no tardaremos en saber de la ruindad de otros. Sin lugar a dudas, algo que han mostrado los terremotos en México es la distancia que hay entre los ciudadanos y su clase política. Y tiene sentido que eso suceda. La tragedia hace que todo se vea pequeño: las faltas personales, las frustraciones cotidianas, todo se vuelve mínimo ante la hecatombe general. Es en el esfuerzo colectivo con el que se carga ladrillo a ladrillo, en el que alguien sostenido por otro busca entrar en un hueco para rescatar una persona; cuando los perros encuentran vida, donde el humano no llega; cuando el soldado junto con cientos de ciudadanos saluda a la bandera y canta el himno al terminar las labores de rescate, es ahí donde cualquiera se pregunta por esos seres que son autoridad, que hacen leyes, que gobiernan y que disponen del dinero público. La respuesta, por supuesto, es lamentable.

Los primeros días –salvo el gobierno y el presidente, que tenían la obligación de hablar y estar comunicando– los pertenecientes a la clase política anduvieron silenciosos. Saben que irritan con sus palabras, que la gente desconfía de su falsa generosidad. Saben que son repudiados. No asomaban la cara porque saben que los verán como oportunistas. María Scherer los describe con aguda precisión: “son avestruces en la desgracia”.

El enojo público va de la mano con el dolor, así que comenzaron los cuestionamientos como el de que la Cruz Roja no tuviera gasas y los partidos políticos se van a repartir miles de millones de pesos el año que entra. Fue entonces que asomaron la cara los presidentes de los partidos y salieron a decir que quieren regresar todo el dinero del financiamiento público del año entrante. Hacen leyes que no cumplen, regalan lo que no es de ellos. Son incapaces del sacrifico personal. Parece que están 'apanicados' y se deshacen del botín en la huida. De seguir las cosas así, en cualquier momento vuelven a salir a decir que proponen desaparecer a los partidos y al Congreso (lo que la gente no vería mal, por cierto) y hasta su desaparición personal. Son capaces de cualquier cosa por un aplauso, ese es el problema.

Tienen culpa. Son complacientes entre ellos para el manejo de dinero, los partidos se han convertido en burocracias y máquinas de corrupción. Todos, incluido AMLO (ese sepulcro blanqueado), han abusado de los recursos públicos: los millones de spots que usan son ofensivos, aunque no les cuesten. Todos pagan nóminas que compran votos, piden moches. No entienden el enojo porque creen que todo es componenda. No tienen planteamientos propios, por eso se pasan de un lado a otro sin problema, arman frentes y coaliciones y les de igual quién los abandere con tal de que reparta las ganancias. Mejor que vuelvan a esconder la cabeza.

Twitter: @JuanIZavala

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