Opinión

Avanzamos

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CNTE. (Cuartoscuro)

Cambiar es muy difícil. La inercia de las costumbres, los intereses creados, la presión de las relaciones anquilosadas hace en verdad complicado tomar un rumbo diferente. Y eso ocurre en la vida personal y en la social, en donde el número potencia las dificultades.

México encontró un callejón sin salida en 1982, pero la decisión de cambiar el rumbo tardó unos años más. Aunque en las comparaciones con un mítico pasado ideal se usa ese año, en realidad poco cambió antes de 1986. Fue entonces cuando empezamos a abrir las fronteras, a actuar con responsabilidad en las finanzas, y a explorar el desconocido territorio de una economía libre del control estatal y corporativo.

Para 1993, habían caído algunos grandes mitos: el ejido, la enemistad con Estados Unidos y la Iglesia católica, pero no la sacralidad del petróleo, la narrativa revolucionaria o el capitalismo de compadrazgo. La reacción a las reformas de esos años fue brusca, y acabamos en una profunda crisis económica que, aunque abrió el camino a la democracia, detuvo el proceso reformador por tres lustros. Por diversas razones, éste pudo retomarse y terminar lo que faltaba de reformar. Nuevamente, grandes reacciones: de los rentistas empresarios, que se quejan en foros y medios de comunicación; de los rentistas sindicalizados, que se quejan en manifestaciones y vandalismo; de los políticos rentistas, que por un lado intentan saquear lo más que se pueda de una vez, y por otro repartir culpas entre todos.

Fueron muchas y muy profundas reformas, y sumaron muchos y poderosos enemigos. Si le suma usted un poco de estancamiento, un poco más de soberbia, y un mucho de cansancio e incredulidad de la sociedad, es fácil entender la crisis de legitimidad que enfrentamos. Algunos mexicanos prefieren creer en el crimen organizado, en el regreso al pasado, hasta en trasnochadas ofertas extremas, antes que imaginar que la actual turbulencia es parte del costo de la transformación.

¿O acaso alguien creía que el sindicato de maestros iba a aceptar subordinarse fácilmente? ¿O que su apéndice radical aceptaría perder poder y dinero? ¿O que después de cien años de depender de la corrupción ahora todos serían puros, milagrosamente? ¿O que aceptarían pagar impuestos quienes los han evadido por décadas? ¿O que regiones enteras del país que han vivido siempre fuera de la ley, serían un paraíso de la noche a la mañana?

Lo que debemos evaluar es si las reacciones, y la consiguiente caída en legitimidad, se explican por las transformaciones en curso o si hay algo más que las esté disparando. Además, hay que evaluar qué reacciones exigen respuesta inmediata, cuáles pueden administrarse y cuáles, de plano, posponerse. Eso, creo yo, hace el gobierno y hacen sus opositores, detractores, y enemigos. Por eso usted ve críticas al presidente en televisión, que antes no ocurrían; por eso ve a la CNTE en plena rebelión; por eso filtraciones, golpes, gritos y sombrerazos.

Yo sigo viendo un proceso muy interesante, en el que no sólo hemos quitado ya los obstáculos al crecimiento que arrastramos por décadas, sino que estamos discutiendo dos temas verdaderamente de fondo: la fortaleza del Estado y su control por la ley. Y los discutimos camino a encontrarles solución. Soy enfermizamente optimista.

Twitter: @macariomx

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